La tribuna de Juan Pina

Europa vs Google

Primero me escandalicé, pero rápidamente me di cuenta de que aquello era una estupidez soberana —es decir, estatal—, y al final terminé riéndome de la ocurrencia. Corría el año 2005 y el motivo de mi alarma inicial había sido leer en algún periódico que el gobierno francés se disponía a encargar, con dinero de los impuestos, un motor de búsqueda en Internet para competir con Google. Al país de Chauvin le horrorizaba que, a la hora de buscar información, la gente acudiera a una empresa americana y, por si fuera poco, ¡privada! —exclámese este adjetivo con gesto de santa indignación y una pizca de asco—. París pretendía liar a los alemanes y a la Unión Europea para que le acompañaran en su cruzada contra ese anárquico sindiós que era Internet. Había que meter en vereda la peligrosa tecnología que permitía a la gente interrelacionarse sola, ofrecer información indiscriminadamente y consumirla a voluntad, todo ello sin filtros ni controles del Estado (¿habrase visto semejante horror?). Francia acudía al rescate de la civilización y de todos nosotros, y su misión concreta era conseguir que, al buscar cualquier cosa en la red, se nos presentaran los resultados oportunamente catalogados —si no cribados— por un ingenio estatal que estableciera la Verdad, asignara la importancia cabal a cada cosa y, llegado el caso, ¿por qué no?, retirara el nihil obstat a cuanto pudiera resultar dañino.

Francia seguía resentida por haber perdido, unos quince años atrás, la batalla imposible de someter la información en la era digital

Francia seguía resentida por haber perdido, unos quince años atrás, la batalla imposible de someter la información en la era digital: su Minitel se deshizo como un azucarillo ante la pujanza de Internet, una red mucho más libre y, por lo tanto, mucho más útil y mucho más capaz de generar prosperidad y progreso. El más centralizador de los Estados había perdido la batalla, sí, pero no la esperanza de estatalizar el nuevo universo digital a la primera oportunidad. Afortunadamente, ni Berlín ni los demás socios europeos vieron clara la necesidad de construir semejante pirámide, a la que los franceses pretendían destinar unos recursos ingentes. Se habría tratado, seguramente, de miles o millones de veces la cantidad con la que Sergey Brin y Larry Page iniciaron la andadura de Google, porque así es como hacen las cosas los Estados. Total, el dinero público no es de nadie, como sabemos por las doctas enseñanzas de Carmen Calvo, esa genia de las finanzas públicas —a ver, que si se puede decir “miembra”, pues “genia” también, ¿no?—.

Una década más tarde, por fortuna, el ultramegahipercojobuscador europeo sigue durmiendo el sueño de la grandeur en algún cajón del Elíseo. Sin embargo, la Europa del eje francoalemán; esta prusiana Europa de orden, de estamentos, de jerarquías; esta Europa refractaria a los movimientos espontáneos en la cultura, en la sociedad o en la economía; la Europa bruselense de coche oficial y vuelos en business a costa del contribuyente —porque ellos lo valen—; esta Europa decadente que se resigna, pobre, a ser la antítesis de Silicon Valley en el espejo de la Historia; la Europa oficialista y controladora, de la movilidad social escasa, del capitalismo a raya y de la economía jurásicamente planificada; la Europa que ha perdido el tren de la nueva red social distribuida y asiste a su propio funeral tecnológico pero, eso sí, con el boato y la solemnidad que tanto le molan; en definitiva, esta Europa nuestra que por tan mal camino nos lleva, indolente ante la pujanza de otras regiones que sí han entendido el presente y sí tienen hambre de ganar el futuro… esta Europa, decía, sigue en guerra con la empresa de Mountain View.

La Comisión acusa a Google de prácticas monopólicas y yo me pregunto si los Estados que la conforman se habrán mirado al espejo antes de soltar semejante majadería

La Comisión acusa a Google de prácticas monopólicas y yo me pregunto si los Estados que la conforman se habrán mirado al espejo antes de soltar semejante majadería. Casi invariablemente, las situaciones de monopolio o de oligopolio se deben a la intromisión del Estado. Es la sobrerregulación para beneficio de unas pocas empresas, o directamente la exclusión legislativa del mercado para un sector entero, la que crea respectivamente oligopolios o monopolios. A nadie se le impide desarrollar un algoritmo de posicionamiento de resultados de búsqueda mejor que el de Google, ni indexar miles de millones de páginas, ni tampoco abrir un sitio para que la gente busque. Pero el “abuso de posición dominante” por parte del Estado… ese nunca se cuestiona.

Al grito de “Santiago y cierra Europa” (no sea que entre el futuro), Bruselas acusa también a la empresa californiana de no borrar de su caché los archivos que, según el sesudo y socialdemócrata pensamiento único comunitario, infringen el más reciente de los engendros incorporados al elenco de derechos positivos: el llamado “derecho al olvido”. Es de admirar cómo hemos podido llegar a dar por bueno el supuesto derecho a que los demás hagan algo que nosotros queremos, en este caso eliminar información de dominio público legítimamente recolectada. Pero esto es muy típico del marco de Derecho antijurídico en el que hemos caído, donde prolifera toda suerte de nuevos “derechos” a obligar a otros a algo —con asombrosa sofisticación en ocasiones—, mientras se menoscaban los derechos civiles básicos frente al abuso de poder estatal, y mientras se reduce y estrangula el derecho fundamental a la propiedad, haciendo de ella, como mucho, una mera posesión.

Europa sigue aborreciendo el riesgo de innovar y sigue despreciando el capitalismo de libre mercado, que es el sistema de economía política más solidario

Europa sigue aborreciendo el riesgo de innovar y sigue despreciando el capitalismo de libre mercado, que es el sistema de economía política más solidario: el único en el que para prosperar hay que satisfacer de alguna forma las necesidades de otros. Mientras tanto, y pese al insidioso entrometimiento estatal a ambos lados del Atlántico —incluyendo a la NSA estadounidense—, las empresas TIC más innovadoras hacen por nuestra especie mucho más que los Estados. No subo a Google a ningún altar, ni me gustan algunas de sus prácticas —por ejemplo, su transigencia con las imposiciones del régimen comunista chino—, pero ello no me impide reconocer que su aportación a la humanidad ha sido enorme. Y, particularmente, me parece encomiable el gran proyecto conjunto de Google y otras empresas llamado Singularity University. Esta magnífica institución académica es hoy un destacado impulsor de la ciencia, la tecnología y la libertad frente a las fuerzas de los Estados y de sus mitos aún persistentes, orientados siempre a sujetar al individuo.


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