La tribuna de Juan Pina

Embestidura

Mariano Rajoy añadió el jueves una desfachatez más a su indigno historial de marrullerías cuando aceptó el encargo del rey para interpretarlo luego ante los medios como le dio la gana. Demostró así por enésima vez que ni le importa el rey, ni las instituciones, ni tampoco la constitución, cuyo estricto cumplimiento exige en cambio airadamente cuando la obligación es de otros. A Rajoy sólo le importa salvarse él. Le importa mantener el control de un partido procesado por destruir las pruebas de graves delitos de los que, presuntamente, él y gran parte de la cúpula se habrían beneficiado económicamente durante años. Y le importa seguir en la presidencia del gobierno a cualquier precio para, entre otras cosas, emplearla como escudo, porque no es lo mismo defenderse de ciertas situaciones desde su casa que desde la Moncloa, con Interior, el CNI y la fiscalía remando a favor de obra.

Si se acepta ser nombrado candidato a la presidencia se tiene que acudir al parlamento para que los representantes de la sociedad voten. Y punto

Hay una fina línea que separa la creatividad institucional, útil cuando de verdad hay vacíos, del desacato al espíritu de la carta magna, perpetrado mediante la lectura superficial de su letra, como si fuera el Marca. Mire, señor Rajoy, aquí no valen medias tintas: si se acepta ser nombrado candidato a la presidencia del gobierno, se tiene que acudir al parlamento para que los representantes de la sociedad escuchen su programa y voten. Y punto. Y no hay más. Y si se pierde esa votación, pues se pierde. Que no se cae por ello el cielo. La aversión de Rajoy al parlamento casi recuerda a la de Nicolás Maduro o Daniel Ortega.

¿Para esto quería el PP controlar la mesa de la cámara baja, y para esto le secundó incomprensiblemente Ciudadanos, demostrando así cuánto valía en realidad su compromiso con el equilibrio de poderes? ¿Para que ahora diga Ana Pastor que le dará “un tiempo” a quien la puso en el cargo? A ver, ¿qué tiempo ni qué tiempo? Usted, señora presidenta del Congreso, tercera autoridad del país, tiene la obligación de convocar el pleno de investidura al nombrar el rey un candidato, y no puede “dar un tiempo” que no le pertenece. ¿Quién pone el límite a ese tiempo? Porque, con esa torticera interpretación normativa, Rajoy podría quedarse indefinidamente “consultando” y gobernando mientras tanto en funciones, por decreto, sin control parlamentario, mandando sin más como a él le gusta. Pero, ¿qué clase de trampa de tahúres nos quieren hacer Rajoy y Pastor a todos? Ya fue excesivo el mes que le dio Patxi López a Sánchez, y el PP exigió entonces, con razón, que el pleno se convocara de forma inmediata. ¿Cuánto tiempo le va a dar Pastor a Rajoy? Porque Rajoy tiene un concepto del tiempo diferente del que tiene el resto de la humanidad, y más cercano al de los relojes blandos de Dalí.

En el momento de escribir estas líneas, unos días antes de su publicación, tengo para mí que si Ana Pastor no convoca el pleno de investidura para esperar a lo que su señorito tenga a bien mandarle, estará prevaricando. Y que si la Oposición llevara esta situación insólita ante una Justicia digna de ese nombre y pidiera medidas cautelares, la presidenta del Congreso sería severamente reprendida y se le ordenaría convocar el pleno. Espero y deseo que cuando se publique este artículo, la mala broma del jueves, más propia de El Jueves, se haya quedado en un vulgar globo sonda, pero no parecen indicarlo así las primeras comparecencias de dirigentes del PP.

Si Ana Pastor no convoca el pleno de investidura para esperar a lo que su señorito tenga a bien mandarle, estará prevaricando

Si en verano de 2013 —cuando lo de “Luis, sé fuerte”—, el Grupo Popular del Congreso hubiera cambiado de primer ministro, cosa habitual en los sistemas parlamentarios, quizá hoy no estarían hechos unos zorros el PP y el país. En estos tres años, el PP incluso habría podido consolidar un nuevo líder. Como no sustituyó a Rajoy, el PP entero es su cómplice. Lo que pasa es que en realidad no hay en Génova 13 un partido político (una institución privada con procesos internos normales), sino una camarilla omnipotente e incuestionable que no gusta al resto de dirigentes, pero ante la que todos agachan la cabeza porque también ellos tienen mucho que callar.

Mariano Rajoy es el tapón que bloquea la formación de un gobierno presidido por alguien del PP. Pero bloquea mucho más. Bloquea la urgentísima limpieza y renovación totales del principal partido del “centroderecha” —por así llamar a una forma de socialdemocracia que es, en realidad, la imagen especular del PSOE—, que corre ya un serio riesgo de descomposición y de condenas judiciales que podrían incluso conllevar su extinción jurídica. Y bloquea también las grandes reformas que no pueden seguir aplazándose, porque el edificio del 78 amenaza ruina. Si tras tomar la candidatura de manos del rey, Rajoy da ahora una bochornosa espantada y no la somete a investidura, incurrirá en serias responsabilidades y se hará acreedor del más absoluto desprecio. Además, podría facilitar así una compleja coalición de los demás, incluidos los extremistas que él mismo alimentó, por más que Sánchez niegue aún esa opción.

Lo más sensato sería que el PP prescindiera de este primer ministro zombi

En un sistema parlamentarista europeo no está escrito en el firmamento que la mayor minoría deba formar parte del gobierno. Con frecuencia no ocurre. A estas alturas, lo más sensato sería que el PP prescindiera de este primer ministro zombi, le apartara de la escena y formara un gobierno de coalición con Ciudadanos, con la ausencia de algunos diputados socialistas en la investidura y presidido por algún político popular limpio —alguno aparecerá, escarbando— o por un independiente. A Italia no le fue mal con un técnico. Lo que no tiene sentido es ir a elecciones sólo para darle otro balón de oxígeno al cadáver político de Rajoy, para conseguirle unos cuantos escaños más y la opción de una nueva “embestidura” contra las puertas de La Moncloa para ver si esta vez se abren. Porque si no lo hacen… ¿qué? ¿A por las cuartas, las quintas, las sextas…? Ya basta, Mariano. Deja paso de una maldita vez a alguien mejor.


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