OPINIÓN

Dugin es el enemigo

Conviene no quedarse en las capas superficiales de la derecha alternativa, tanto en Rusia como en los Estados Unidos, porque entre bastidores acecha el fantasma de Julius Evola, representado hoy por el liberticida Aleksandr Dugin.

Aleksandr Dugin: La Cuarta Teoría Política. El liberalismo como eje del mal.
Aleksandr Dugin: La Cuarta Teoría Política. El liberalismo como eje del mal. Youtube

No es la primera vez, ni será la última, en la que las sociedades humanas se vean sometidas a una fuerte convulsión ideológica que afecta a su autopercepción y a su modelo de organización en todos los terrenos. Esa convulsión siempre tiene su origen en el desgaste estructural del sistema vigente hasta entonces, agotamiento que obedece generalmente a su desconexión con la realidad cultural de su tiempo. Ésta, a su vez, se desarrolla en el marco establecido por la tecnología de interrelación, colaboración y distribución del conocimiento existente en cada época. No es casual, por lo tanto, que vivamos precisamente ahora el derrumbe del modelo socialdemócrata de Estado paternalista.

Ese modelo se ha caracterizado por un endeudamiento extremo y unos impuestos confiscatorios a todos los niveles de renta, ambas cosas destinadas a posibilitar una reasignación opaca y arbitraria de los recursos que mantiene en el poder a quien la dirige: la élite extractiva, la casta nucleada en torno a la macroorganización Estado y sus ramificaciones en la gran empresa bajo control indirecto pero efectivo del Estado. Es un modelo basado en una estructura social en red descentralizada, jerárquica, donde las interacciones entre los individuos se ven autorizadas, impedidas o condicionadas y distorsionadas por infinidad de nodos de paso obligatorio de diversos tamaños e intensidad. El Estado reina en una red así, y sus múltiples nodos propios articulan prácticamente el conjunto de la sociedad interviniendo cuanto en ella sucede.

Tanto las coletas y rastas de la izquierda alternativa como la rana Pepe y la aparente jovialidad de la derecha alternativa, enmascaran el simple regreso de los totalitarismos

El Estado socialdemócrata, que es el que tenemos en el mundo occidental desde 1945, se ha ido perfeccionando hasta producir una cuasidictadura cuyo abundante maquillaje de benevolencia y legitimación popular es cada día menos capaz de ocultar su dirigismo asfixiante y su inevitable corrupción. Pero, en ese mismo periodo, la revolución tecnológica ha ido empoderando al individuo incluso sin que se diera cuenta, y los nodos de paso se han ido disolviendo a un ritmo cada vez más vertiginoso en todos los terrenos (cultura, empresa…), hasta llegar a embestir al último de esos ámbitos: la política. La reacción del sistema ha sido bunquerizarse y caminar a ritmo frenético hacia un modelo prácticamente orwelliano, a sabiendas de que, al hacerlo, iría perdiendo primero el maquillaje y después el apoyo de gran parte de los súbditos.

Cuando la convulsión ocasionada por el declive del sistema agita las aguas, el fango del fondo asciende a la superficie. Adquieren así nueva vida los sedimentos depositados por el sucesivo descarte de sistemas anteriores de organización social, que obedecieron en su momento a cosmovisiones superadas y, por supuesto, menos compatibles aún que la socialdemócrata con la cultura de las sociedades actuales y con el marco tecnológico en el que se desenvuelve. Pero en este río revuelto pescan, y al principio pescan bastante, los nietos ideológicos de los viejos comunistas y de los viejos fascistas. En ambos casos se revisten de ropajes de libertad, pues no les queda más remedio si quieren captar la atención y el apoyo de la gente de hoy, la gente que precisamente cuestiona los excesos del estatismo socialdemócrata aunque no lo exprese así. Pero tanto las coletas y rastas de la izquierda alternativa como la rana Pepe y la aparente jovialidad de la derecha alternativa, enmascaran el simple regreso de los totalitarismos que asolaron Europa y el mundo hace un siglo.

Los ideólogos de este tradicionalismo recesivo incluso habrían horrorizado a conservadores convencionales como Thatcher o Reagan

En este contexto, resulta particularmente alarmante el ascenso de lo que internacionalmente se ha dado en llamar tradicionalismo, con o sin el prefijo “neo”. Y más alarmante aún es que sus versiones más lights hayan logrado incluso seducir a sectores minoritarios, “páleo” o simplemente ingenuos del liberalismo clásico e incluso del libertarismo. Estoy convencido de que esos sectores volverán a casa, escandalizados, tan pronto como se tomen la molestia de escarbar hasta el fondo para ver qué hay en él. En cualquier caso, la radicalización ya imparable del nuevo estatismo “de derechas” les va a obligar a elegir: la Libertad no es compatible con el orden arcaico que promueven los ideólogos de este tradicionalismo recesivo, que incluso habría horrorizado a conservadores convencionales como Thatcher o Reagan. La revisión histórica que inducen no se limita estas últimas seis o siete décadas de socialdemocracia, sino que cuestiona todo el camino recorrido desde el Renacimiento, y por supuesto la Ilustración entera y su logro máximo, que no fue la Revolución Francesa, sino la Americana.

Dugin ataca ferozmente la noción misma de individuo, a la que considera responsable tanto del liberalismo como del socialismo. Para él, sencillamente, los individuos no tienen derechos

Tal vez no sea exacto denominar fascistas o neofascistas a estos autores intelectuales del estatismo alternativo en la era Putin-Trump, porque se remontan a mucho más atrás y reivindican abiertamente elementos del feudalismo como las castas sociales, elementos del absolutismo como la exclusión total de los gobernados en el proceso de gobierno, y elementos de la teocracia como la imposición organizada de sus creencias y valores. Cuando uno no se queda en la llamativa superficie tuitera del movimiento neorreaccionario o Alt-Right y acude a sus fuentes, a sus pensadores de referencia, encuentra sobre todo la figura de Julius Evola, cuyo discípulo vivo más influyente es Aleksandr Dugin. Ambos comparten un rechazo extremo nada menos que a la modernidad en general (y eso incluye obviamente el capitalismo, la limitación del gobierno y otros cimientos básicos de la civilización actual). En su Cuarta Teoría Política —libro de cabecera de gran parte del putinismo pero también del trumpismo o al menos del influyente sector liderado por Steve Bannon—, Dugin ataca ferozmente la noción misma de individuo, a la que considera responsable tanto del liberalismo como del socialismo. Para él, sencillamente, los individuos no tienen derechos. Su colectivismo es absoluto y su programa político consiste en el imperio de “Eurasia” bajo el yugo ruso. Dugin no pasaría de ser un irrelevante nazi más (no lo digo yo, se lo llama él mismo) de no ser por la enorme influencia que al parecer ejerce en las altas esferas. Caracterizado como “Putin’s Rasputin”, este peligroso enemigo de la Libertad individual y del capitalismo de libre mercado está en nuestras antípodas ideológicas, exactamente igual que la extrema izquierda.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba