OPINIÓN

Corea: ¿del milagro económico a la reunificación?

Todo el mundo admira el “milagro” económico de Corea del Sur, pero pende sobre él la amenaza permanente del régimen de Pyongyang. El nuevo presidente surcoreano, Moon Jae-in, tiene por delante el difícil reto de las relaciones con el tirano comunista Kim Jong-un.

Moon Jae-in, nuevo presidente de la República de Corea.
Moon Jae-in, nuevo presidente de la República de Corea.

Con frecuencia se exagera al hablar del “milagro” económico de un país. El primero de la serie, el alemán, no fue en realidad tan milagroso si atendemos a la magnitud del capital semilla que le dio vida: el Plan Marshall. Después vinieron otros “milagros” y hubo incluso quien creyó ver, con más ganas que realismo, un “milagro español” en nuestros ochenta-noventa, con los fastos del 92 como icono de la reinserción de España en el mundo normal. Ni fue para tanto ni fue tan autóctono porque hubo, sobre todo, una inmensa transferencia de dinero del contribuyente nordeuropeo, a quien algún europeísta le lavó el cerebro para que nos pagara autopistas y hospitales. Total, ya conduciría su coche de alquiler por las primeras cuando viniera de vacaciones a la Florida europea, y ya le tratarían la insolación en los segundos cuando se pasara con la tortilla y la sangría en el chiringuito playero.

El milagro surcoreano es la tenacidad sostenida durante generaciones para integrarse de lleno en Occidente, abrazar sin complejos el capitalismo o esmerarse en el progreso tecnológico

En general, los “milagros” han sido más un invento mediático que una realidad, pero sí hay algunos casos realmente meritorios. Pienso, por ejemplo, en el chileno, pero sobre todo en Corea del Sur. Quien repase la historia coreana desde la guerra iniciada en 1950 —cuando el Norte comunista atacó inopinadamente al Sur— no puede dejar de admirar cuanto se ha logrado del paralelo 38 para abajo. En los cincuenta, Corea del Sur no venía solamente de una guerra. Antes había soportado treinta y cinco años de ocupación japonesa que marcó a la sociedad coreana por su crueldad extrema —en especial contra las mujeres— y por el expolio de sus recursos. Pese a la incombustible resistencia coreana, sólo la derrota militar de Japón en 1945 impidió una definitiva anexión y la metódica disolución cultural del país diseñada por Tokio.

Al término de la guerra entre las dos Coreas, el Sur se había librado de caer bajo la dictadura comunista de Kim Il-sung, pero era un país en ruinas. Sin embargo, menos de siete décadas después, es una de las principales potencias industriales, tecnológicas, financieras e incluso del sector del entretenimiento, por lo que quizá en el caso surcoreano no sea tan exagerado hablar de “milagro”. Corea del Sur ya es la undécima economía del planeta mientras España, con similar problación, ocupa el decimocuarto puesto. Su milagro es la tenacidad sostenida generación tras generación en torno a unos objetivos claros y masivamente asumidos: integrarse de lleno en el mundo occidental, abrazar sin complejos el capitalismo, reconocer la importancia de la responsabilidad y la excelencia personales, alentar la persecución honrada del lucro económico y esmerarse en el progreso tecnológico.

Esa perseverancia explica que, en el Índice de Libertad Económica, Corea del Sur suba este año 2,6 puntos y ocupe el puesto 23, mientras la España de Rajoy baja cinco y debe conformarse con el lugar 69, por debajo de Azerbaiyán, Albania o Rwanda. Salvo por los caracteres hangul de la rotulación, caminar por Seúl no se diferencia de hacerlo por cualquier gran ciudad norteamericana o europea, salvo por dos cosas: la capital coreana es mucho más segura y está más limpia.

Los surcoreanos se han pasado un cuarto de siglo analizando la anexión de la Alemania ex comunista y haciendo cábalas sobre el proceso a seguir cuando el régimen del Norte implosione

No todo son luces. Una sombra actual es el peso excesivo de los chaebol en la economía y la persistencia de algunas barreras de entrada que los benefician. Otra, ya remota, fue el régimen autoritario de Park Chung-hee durante unos veinte años, en plena Guerra Fría. Pero la Corea del Sur que emergió a partir de 1979 y prevalece hoy presenta un proceso político ejemplar en su contexto regional. Como muestra, Park Geun-Hye, la hija de aquel dictador, que había sido elegida presidenta de la república en 2012, fue destituida hace pocos meses mediante un proceso parlamentario y judicial impecable. El motivo, un caso de corrupción bastante menos directo, a mi juicio, que el que presuntamente implica a Mariano Rajoy.

La península coreana lleva demasiado tiempo siendo un teatro de operaciones para el resto del mundo. El Sur está rodeado de potencias hostiles. No sólo lo es el régimen del Norte, que cada dos por tres amenaza con quebrar el armisticio y destruir Seúl, situada a sólo cincuenta y cinco kilómetros de la frontera. También lo son China y Japón. Por más que comercien con Corea del Sur, desconfían de su rápido progreso y, sobre todo, del que tal vez podría alcanzar en pocos años si se unificara la península. Al Norte de la misma, una Rusia recelosa de todo lo occidental es hoy el país más interesado en mantener el régimen dinástico-comunista de Kim Jong-un como buffer entre Vladivostok y el Sur. Es imperdonable que Vladimir Putin ayude al sátrapa de Pyongyang —ahora acusa a Occidente de “intimidarle”— e incluso capture y devuelva a los disidentes que escapan del comunismo por la frontera rusa.

El nuevo presidente Moon debe lidiar con un Norte desbocado, crecido por los aparentes avances de su programa militar y por la dejación de responsabilidades exteriores de Donald Trump

Los surcoreanos se han pasado un cuarto de siglo analizando la anexión de la Alemania ex comunista y haciendo cábalas sobre el proceso a seguir cuando el régimen del Norte implosione. Pero éste no se hunde porque existen demasiados intereses creados en torno a su continuidad. La dinastía de los Kim ha sabido jugar con esos intereses, algunos incluso occidentales. Japón, que recela de Corea tanto como la desprecia, no desea una unificación que fortalezca aún más su peso industrial y comercial mientras la economía japonesa sigue presa de un politizado mercantilismo crony que algún incauto confunde con el capitalismo. También hay voces en Corea del Sur que señalan los riesgos de incorporar de golpe a veinticinco millones de norcoreanos hambrientos y atrasados.

El recién elegido presidente Moon Jae-in no tiene nada fácil hacer un segundo “milagro” para lograr la ansiada reunificación de este país partido, pero siempre se ha destacado —como adalid de la llamada política del rayo de sol— por su énfasis en la mejora de las relaciones intercoreanas. Sin embargo, debe lidiar ahora con un Norte desbocado, crecido por los aparentes avances de su programa militar y por la dejación de responsabilidades exteriores de Trump, que conlleva un fortalecimiento geopolítico de Rusia bastante conveniente para Kim.


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