OPINIÓN

Contrato social

He buscado por toda la casa el contrato social y no lo encuentro. Además, por más que trato de hacer memoria, no recuerdo haberlo firmado. Empiezo a sospechar que ese contrato no existe, que no es más que una vulgar patraña de los colectivistas.

Contrato social.
Contrato social. EFE

He buscado por toda la casa el contrato social y nada, por más que lo intento, no aparece. Además, aunque trato de hacer memoria con ayuda de rabos de pasa y expertos en hipnosis regresiva, nada: no recuerdo haber firmado tal cosa. Empiezo a sospechar que ese contrato no existe, que no es más que una vulgar patraña diseñada para inducir nuestro sometimiento más o menos voluntario al Estado. Por más piruetas que hagan los constitucionalistas y otros teóricos del sistema, ninguna obligación sobre el individuo es legítima si no parte de su previa aceptación consciente y voluntaria. Y en cuanto a las prohibiciones, en puridad tampoco son legítimas aunque por motivos prácticos haya que aceptar algunas, poquísimas, exclusivamente para que no se invada la propiedad y libertad de otro.

En ausencia de su aceptación individual, consciente y voluntaria, el supuesto contrato social no es sino un acto de coerción, tanto si el Estado es dictatorial como si es democrático

En ausencia de esa aceptación consciente y voluntaria, el supuesto contrato social es un acto de coerción, ya sea el Estado dictatorial o democrático. La coerción viola la soberanía exclusiva y suprema del individuo sobre su propiedad, incluido todo su patrimonio, los derechos que haya podido adquirir, y desde luego su cuerpo y el proceso biológico que en él se desarrolla y que llamamos vida. Nada de eso pertenece al Estado, ni a la sociedad, ni a otros individuos. ¿Cómo pueden salirnos los partidarios del sistema con que el contrato social nos obliga a poner nuestro patrimonio, nuestros derechos, nuestro cuerpo y hasta nuestra vida a la disposición del Estado? ¿Cuándo hemos firmado esa obligación?

Podríamos fantasear con un entorno previo a la vida, donde un funcionario nos iría preguntando cosas y tecleando opciones:

—Así que está usted aquí porque quiere vivir, ¿verdad?

—Sí, eso es.

—Bien, pues tenemos las siguientes modalidades de vida…

—Ya, ya estoy informado. Quiero la humana.

—Ah, muy bien. Pues vamos a ver, un momento… mire, el sistema me da las siguientes vacantes: Pakistán, Vanuatu, Luxemburgo y España.

—Luxemburgo.

—A ver, un momento… ¡vaya, acaba de ocuparse la última plaza!

—Bueno, pues España, qué le vamos a hacer.

—A ver, ¿me permite su carné de identificación cósmica? Bien, pues todo listo, a ver que lo imprimo… Ya está, firme aquí.

—Oiga, ¿cómo que firme? Pero… ¿y las condiciones?

—¿Cómo que las condiciones?

—Sí… ya sabe, si viviré libre o no… si estaré sometido a un Estado que me robe y me imponga infinidad de obligaciones y prohibiciones o tendré un alto nivel de libertad y soberanía personales…

—Vaya, nos ha salido tiquismiquis el previvo… No, si todos los días tiene que tocarme uno, vaya racha llevo. Seguro que es usted un libertario de esos. A ver, tenga esto. Es la guía de vida humana. Ahí le explican todo.

—Umm… aquí dice que “la firma de la solicitud de vivir implica la aceptación tácita del contrato social, el cual podrá variar dependiendo de la sociedad escogida y de la época que le haya tocado”. ¿Puedo ver ese contrato?

—Oiga, mire la cola que hay detrás de usted, y son las once y todavía no he bajado a desayunar. Sea solidario. A ver, aquí tiene el contrato social correspondiente a España en 2017, pero haga el favor de darse prisa.

—¡Uy, lo que estoy viendo…! Y acabo de empezar a leer. ¿Quién es el Montoro ese…? No sé si cambiarme a Vanuatu. A ver, por favor, el contrato social de Vanuatu…

—Vuelva usted mañana.

Pero fuera de esta fábula ni hay contrato ni puede haber aceptación libre y voluntaria. Y por lo tanto, no hay obligación activa alguna ni más prohibición que la de tomar o destruir la vida, libertad y propiedad de otro. Y todo lo demás son meros constructos mentales de los colectivistas para someternos.

¿Cómo pueden salirnos los partidarios del sistema con que el contrato social nos obliga a poner nuestro patrimonio, nuestros derechos, nuestro cuerpo y hasta nuestra vida a la disposición del Estado? ¿Cuándo hemos firmado esa obligación?

Como en todo, también en el colectivismo hay tipos y grados. Hoy pueden resumirse en dos: el colectivismo autoritario y el colectivismo demócrata. En un grupo de cien personas, los colectivistas autoritarios consideran óptimo que uno mande sobre los otros noventa y nueve. Un espadón que los tenga bien puestos y que tome las decisiones “correctas”, es decir, las que esos colectivistas autoritarios deseen. En el mismo grupo están los colectivistas demócratas, que quieren que la mayoría someta a las minorías —y por supuesto a cada individuo— y les imponga, igualmente, las decisiones “correctas”: las que esos colectivistas demócratas deseen.

Pero resulta que, para espanto de los dos grupos anteriores, también existimos los no colectivistas. Pocos, pero creciendo. De los cien, ya somos entre tres y cuatro si tomamos como baremo la última elección presidencial estadounidense, por ejemplo. No, no somos una mutación debida a un fallo del sistema. Somos el producto de la evolución cultural y tecnológica de nuestra especie, que hace cada día menos necesarias funciones como la intermediación, la planificación colectiva y centralizada, la representación grupal por parte de una élite interpretadora o la toma comunal de las decisiones.

Fue el Estado quien nos declaró la guerra la primera vez que nos extorsionó (impuestos), o cuando nos secuestró (servicio militar), o cuando nos estafó (dinero fiduciario)

Los no colectivistas rechazamos con lástima y repugnancia la coerción, por cuanto conculca la inalienable voluntad de la persona, que es soberana de sí y de lo suyo. Como nadie nos preguntó, como nada pudimos acordar ni firmar, las reglas que se nos pretende imponer tienen para nosotros un valor relativo, opcional, líquido. Nos encontramos en este mundo atenazados por un laberinto normativo cuya legitimidad cuestionamos. Cumpliremos por puro pragmatismo lo inevitable, pero siempre estaremos en busca de puertas traseras, lagunas, vacíos legales y alternativas para desembarazarnos de ese falso contrato social e irle ganando batallas al Estado colectivista, con el que estamos en guerra. Fue él quien nos la declaró la primera vez que nos extorsionó (impuestos), o cuando intentó manipularnos (enseñanza e información estatales), o cuando nos secuestró (servicio militar), o cuando nos estafó (dinero fiduciario) o cada vez que nos impone sus exigencias y los miles de prohibiciones que no protegen la libertad de otro individuo, sino los intereses espurios del Estado y de la élite —autoritaria o democrática— que lo regenta. Va a ser duro, pero esta guerra la vamos a ganar. El estatismo es un dinosaurio incompatible con el mundo que viene.


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