La tribuna de Gabriela Bustelo

La utopía, la distopía y el pop

En 2006 el expresidente estadounidense Jimmy Carter aseguró que conocía 125 países del mundo y que en buena parte de ellos el Imagine de John Lennon es casi un himno nacional. Cuando en 1971 el entonces ex Beatle lanzó el tema en solitario, fue un éxito inmediato. Con los años se ha convertido en un clásico versionado casi a diario, desde Joan Baez, Elton John, Lady Gaga y Randy Crawford hasta los músicos callejeros de todas las ciudades del mundo. En Año Nuevo de 2015 UNICEF grabó una versión mundial de Imagine producida por David Guetta, en la que participaron –por citar solo algunos– Katy Perry, Angélique Kidjo, Priyanka Chopra, Pau Gasol, Kim Yuna, Ban Ki-moon, Anthony Lake y la astronauta Samantha Cristoforetti (cantando desde la Estación Espacial Internacional), con coros de niños de Bulgaria, Filipinas y Jamaica. ¿Y qué es lo que nos vende Imagine? Pues el viejo sueño hippie de la igualdad: un mundo sin países ni fronteras, sin creencias ni idiomas, sin propiedad privada ni dinero, sin avaricia ni hambre. Si preguntáramos a los progretas del mundo entero qué opinan del tema No.1 de Lennon, nos dirían con un suspiro que es el himno global de la izquierda, la auténtica “Internacional”. Pero imaginar es gratis, que diría aquel, porque hoy, apenas cuatro décadas después, la utopía zurda de los setenta está hecha trizas. En el siglo XX la materialización comunista del igualitarismo ha sido el reverso tenebroso del ingenuo paraíso que nos vendía el Beatle más politizado de los cuatro.

¿Alguien puede imaginar al presidente Obama proclamando que Estados Unidos no es una nación?

La vieja izquierda

En cuanto a la vieja izquierda, ha vivido tiempos mejores. Occidente atraviesa su peor crisis desde la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. El viejo continente no levanta cabeza, con la Eurozona sufriendo tasas de crecimiento negativas, niveles de desempleo sin precedentes (sobre todo entre los jóvenes) y un aumento dramático de la pobreza y la desigualdad. Por si esto fuera poco, Occidente entero se agrieta por los conflictos identitarios y culturales. El resurgir de los radicalismos y la xenofobia, el impacto de la integración europea sobre los pilares de la identidad nacional, la crisis migratoria y el terrorismo islámico avivan una paranoia generalizada que agrava la desunión y fortalece los nacionalismos. El desencanto con la democracia y la suspicacia ante los partidos políticos y las instituciones va en aumento, con fenómenos como el Brexit y personajes como Donald Trump contribuyendo al desconcierto general. En 2016 Occidente –en las antípodas del Imagine de Lennon– es un mundo abotargado y grosero, una jaula de grillos dominada por la polarización, la desigualdad y el egocentrismo. En España nos encontramos con la paradoja de unos partidos nacionalistas enemigos del bien común, pero mantenidos económica y políticamente por los dos grandes partidos veteranos. En cuanto a personajes españoles que simbolicen la decadencia de la izquierda occidental, tenemos al expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Retando su propio país, que le había elegido democráticamente, puso en duda la legitimidad constitucional del concepto de nación al apoyar unilateralmente el nacionalismo catalán. Habíamos comenzado el artículo hablando de imaginación. ¿Alguien puede imaginar al presidente Obama proclamando que Estados Unidos no es una nación, exigiendo eliminar al Partido Republicano y apoyando la independencia de Texas?

Madrid sería un país europeo pequeño, rico y pacífico; un Luxemburgo con sol y cultura latina; un paraíso español

Un ardid para Madrid

Algunos se preguntarán, al hilo de las utopías políticas, si no es lícito imaginar otros mundos mejores o peores. Por supuesto que sí. La ciencia-ficción ha pasado de subgénero a género literario por la capacidad adivinatoria de genios como Swift, Verne, Huxley, Orwell y Arthur C. Clarke, entre otros. Una novela de ciencia-ficción española podría plantearse, por ejemplo, la Comunidad de Madrid independizada del resto de España y convertida en una nación soberana, como pretenden, en última instancia, las autonomías con idiomas propios. Madrid es una de las regiones españolas con más crecimiento, inversión y dinamismo económico. Si fuera un país europeo dedicaría sus impuestos íntegramente a mejorar la calidad de vida de sus habitantes, librándose de las deudas y caprichos de las autonomías. En Madrid se habla sin complejos el español, idioma que emplean 500 millones de personas en el mundo y el segundo más importante de Occidente. Madrid sería un país europeo pequeño, rico y pacífico; un Luxemburgo con sol y cultura latina; un paraíso español. A ver si va a ser Lennon el único con imaginación.

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Imagen: John Lennon y Yoko. Nationaal Archief, Den Haag.


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