La tribuna de Gabriela Bustelo

La tiranía de la democracia

Viajar va camino de quedarse demodé. Lejos de gustos o caprichos, esta tendencia tiene explicaciones racionales. Los aficionados a recorrer el planeta hablan de “ver mundo”. Pero hoy día vemos más mundo en media hora navegando por Internet que en la media hora invertida en llegar al aeropuerto para salir al extranjero. El turismo, aparte de requerir tiempo y dinero, nos aporta menos datos que la peregrinación virtual. Las fotos que podamos sacar del Taj Mahal, por ejemplo, serán peores que las que nos ofrecen centenares de webs dedicadas al templo indio. Internet, sin embargo, no es el único factor importante. La autodefensa de Occidente ante el terrorismo islamista ha convertido los viajes en avión en una pesadilla. Si antes un aeropuerto era un oasis internacional animado por el glamur de las tiendas duty-free y los mundanos empleados de las compañías aéreas, hoy es un lugar sombrío marcado por las colas interminables, los estrictos controles de seguridad que exigen quedarse casi desnudo y los retrasos casi inevitables que produce este permanente estado de alarma. El miedo a volar es tal que, pese a ser un medio de transporte muy seguro, las aerolíneas han perdido un 20% de clientes en los últimos años. Las estadísticas aseguran que por cada 10 millones de pasajeros se produce una muerte y que el riesgo de coincidir con un terrorista a bordo es mínimo. Sin embargo, es frecuente plantearse durante un vuelo la posibilidad de que uno de los vecinos de asiento sea una bomba humana. “Cada vez que me bajo de un avión lo catalogo como otro intento de suicidio fallido”, intenta ironizar sobre el asunto el director de cine Barry Sonnenfeld.

La antorcha de la democracia española la ha llevado la izquierda encabezada por el PSOE, con una actitud defensiva y victimista

Minorías todopoderosas

Una de las grandes paradojas occidentales es que la gran mayoría deba sacrificarse, con cada vez más frecuencia, para satisfacer a los grupos minoritarios. En la España actual, la resignación del electorado mayoritario ante unas minorías políticas descontroladas apunta por momentos hacia una imbecilidad nacional congénita. Tradicionalmente denostada como tiranía de las mayorías, la democracia parece haberse transformado en una tiranía de las minorías. Al frente de estos déspotas democráticos plenamente integrados en el sistema están las élites políticas, pero existen otros clanes de prescriptores ideológicos con enorme poder, entre los que podríamos citar a grupos tan dispares como los académicos de la RAE, los creativos publicitarios, las editoras de revistas de moda o los gurús de las redes sociales. En España la democracia como sistema de gobierno intachable es un dogma sacrosanto, pues la dictadura de Franco contribuyó a crear una actitud reverencial hacia este sistema político perseguido por el régimen. La antorcha de la democracia española la ha llevado la izquierda encabezada por el PSOE, con una actitud defensiva y victimista que, convenientemente reforzada en momentos puntuales, había servido no solo para ganar elecciones, sino para ir creando en la derecha un complejo de inferioridad mantenido hasta hoy. 

Cuando una mentira se repite infinitas veces no se convierte en una verdad, sino en un dogma

Falsa minoría agraviada  

Esta izquierda española anclada en la ideología, con comportamiento de minoría agraviada sin serlo, es un pesado lastre para un país con voluntad de mirar al futuro. La diferencia entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, decía Einstein, pues todos existen de forma simultánea. La izquierda española, incapaz de asimilar el pasado y aterrizar en el presente para afrontar el futuro, sigue fiel a su versión tuneada de la democracia, cuyo sectarismo ha dado al PSOE grandes éxitos políticos y económicos durante cuatro décadas. Cuando ciertos periodistas españoles hablan del intento de resucitar a Franco, no están expresando un temor, sino una esperanza. Corrían los alegres ochenta cuando Alfonso Guerra se inventó el eslogan más poderoso del PSOE: la derecha es franquista y antidemócrata, mientras la izquierda es antifranquista y demócrata. Treinta y cinco años después, el epigrama guerrista está en plena vigencia, compartido con entusiasmo por Podemos, que lo ha reforzado con su consigna de la “casta”. Cuando una mentira se repite infinitas veces no se convierte en una verdad, sino en un dogma. Mientras España no sepa luchar contra la propaganda socialista, los medios y buena parte del electorado la seguirán dando por buena. Orwell, que pasó buena parte de sus 47 años de vida obsesionado con la mentira, lo dijo mejor que nadie. Cuando el engaño es masivo, decir la verdad es un acto revolucionario. Solo la verdad, repetida una y mil veces, un millón de veces si es necesario, puede salvar a España.


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