OPINIÓN

El sábado en que murió el socialismo

El PSOE debería salir de esta crisis convertido por fin en la izquierda democrática, funcional, nacional y éticamente responsable que la cuarta economía de la Eurozona se merece.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy EFE

Si un marciano se bajara de un OVNI en España y preguntase sobre el paraje en que había aterrizado, habría que explicarle que es un soleado y vocinglero lugar que lleva casi 300 días sin gobierno, porque sus políticos corruptos no logran acordar a quién le toca el cetro del líder, pero que el susodicho lugar tiene una economía boyante. Intentar explicar al marciano lo del chiringuito autonómico, el gallinero de idiomas, el terrorismo colega, el nacionalismo subvencionado, la mentira genética y demás idiosincrasias sería imposible, así que habría que mandarlo a tomarse unas tapas a la terraza más cercana. Mientras España persevera en su acefalia política, el Fondo Monetario Internacional estima que crecerá un 3,1% este año y un 2,2% el siguiente, lo que la consolida como la economía más dinámica de las grandes desarrolladas. La crisis de poder va acompañada, paradójicamente, de una mejoría de las previsiones del FMI, que ha aumentado medio punto lo calculado en julio para 2016 (2,6%) y una décima su pronóstico para 2017 (que era 2,1%).

El PSOE como puntal del bipartidismo

Cuando a comienzos de 2015 los titulares españoles proclamaban la caída del bipartidismo, ningún analista imaginaba que dos años después el Partido Popular se mantendría invicto mientras el todopoderoso Partido Socialista Obrero Español se inmolaba públicamente, sometido a la mofa y befa de la concurrencia. La explicación, sin embargo, es sencilla. Durante cuarenta años ha sido el PSOE quien movía los resortes del poder en España, con el PP a remolque. El desguace del bipartidismo posfranquista, por tanto, conlleva necesariamente el final del socialismo español (en su versión sociata, para entendernos). El PSOE debería salir de esta crisis convertido por fin en la izquierda democrática, funcional, nacional y éticamente responsable que la cuarta economía de la Eurozona se merece. Los viejos trucos de partido bananero tercermundista ya no los compran más que los jubiletas de carné, cuyos votos no dan para para mantener el socialist way of life como programa político apenas modificado desde los ochenta.

Cuando a comienzos de 2015 los titulares españoles proclamaban la caída del bipartidismo, ningún analista imaginaba que dos años después el Partido Popular se mantendría invicto mientras el Partido Socialista Obrero Español se inmolaba públicamente

La muerte del socialismo posfranquista

Al intentar hacer autoanálisis, los socialistas no entienden nada. Felipe González y Alfonso Guerra habían entrenado tan eficazmente a sus huestes en la estrategia del antifascismo salvapatrias que ahora −cuando toca convertirse por fin en una izquierda occidental− sus propios retoños son los enemigos, como esos hijos que degüellan a sus padres con la catana que los propios “viejos” les han comprado. “¡Felipe, burgués, el PSOE no es PP!”, vociferaban en Ferraz los sanchistas el sábado en que murió el socialismo posfranquista (¿o era simplemente franquista?). El día en que murió la música, hubiera cantado Don McLean. ¡Qué pena, con lo bien que lo estábamos pasando estos cuarenta años! Snif. Tras los interminables 15 minutos de Warhol de Pedro Sánchez, hasta que por fin le suicidaron en la batalla de Ferraz, queda un PSOE reducido a escombros y enorme boquete en el lugar donde debiera estar la izquierda democrática española. Tomen nota los regeneracionistas constitucionales, es decir, Ciudadanos. Si el riesgo del PSOE es la peperización, no la podemización, como asegura el socialista José Antonio Pérez Tapias, entonces el frentepopulismo se desvanece, porque el techo electoral de Pablo Iglesias no le permite asaltar los cielos de la Moncloa.

Nuestra democracia sigue siendo un simulacro lleno de ángulos muertos donde anidan todas las versiones imaginables de la corrupción

Se necesita urgente: una izquierda funcional

España tiene una marcada tendencia a perderse por vericuetos secundarios que la alejan del objetivo principal. Las coordenadas que han mantenido la corrupción en España no habrían resistido durante casi cuarenta años sin un contubernio de poderes nacionales. Nuestra democracia sigue siendo un simulacro lleno de ángulos muertos donde anidan todas las versiones imaginables de la corrupción. Es obvio que se precisan mecanismos de control y supervisión del dinero público, pero para extirpar el mal de raíz es imperativo renovar a las personas que llevan décadas instaladas en un sistema político concebido como instrumento de lucro. La quiebra del socialismo español que nos lega Pedro Sánchez resulta ser, lo decíamos al comienzo, un imprevisto que deja vacante el flanco izquierdo del bipartidismo español. El hecho de que Pablo Iglesias pretenda cubrir la plaza indica hasta qué punto se sobrevalora. Mariano Rajoy, experto observador de suicidios, permanece impasible. La coyuntura es, como esas confluencias celestes irrepetibles, una ocasión histórica. Dependiendo de cuál de los dos partidos emergentes sepa aprovecharla, España avanzará o retrocederá.


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