La tribuna de Gabriela Bustelo

Las revoluciones ya no son lo que eran

El ser humano, en condiciones óptimas de libertad y estabilidad económica, procura parecerse a los demás todo lo posible. Uno de los factores que definen el progreso es, precisamente, la homogeneización. En periodos de prolongada bonanza, el individuo occidental tiende a llevar una existencia rutinaria y complaciente, parecida a la de su vecinos de edificio, que a su vez se parecen todos a los inquilinos del edificio de al lado, y así sucesivamente. Esta homogeneidad voluntaria de las clases medias es –o era antes de la recesión– un gran triunfo del capitalismo democrático. Su reverso tenebroso es la igualdad obligatoria que la dictadura comunista quiso imponer por fuerza en los países donde ha llevado a cabo sus fracasados intentos. Si hay alguien que personifica esa imposible cruzada igualitaria es Josef Stalin, el trágico personaje que forjó la URSS. Durante el cuarto de siglo que pasó al frente de la Rusia soviética, mandó asesinar a 20 millones de personas. Para hacernos una idea, es casi la mitad de la población española.

Uno de los problemas que tuvo el régimen estalinista fue el de deshacerse de los cadáveres, nos cuenta el escritor británico

El problema son las personas

“Sin personas, no hay problemas”, dijo Stalin. “La muerte soluciona todos los problemas”. En su libro Koba el terrible, Martin Amis nos habla con sobrecogedora crudeza de esos millones de rusos a los que Stalin torturó, mató de hambre y exterminó. Uno de los problemas que tuvo el régimen estalinista fue el de deshacerse de los cadáveres, nos cuenta el escritor británico. En diciembre de 1918, cuando la dictadura soviética anunció, con la coartada de la crisis, su monopolio de la industria funeraria, los cuerpos se amontonaban ante los cementerios de las ciudades de todo el país. “Morir en Rusia es fácil en estos tiempos”, escribía un cronista de la época. “Lo difícil es que te entierren”. La cremación le era atractiva al régimen soviético, nos explica Amis, porque representaba un ataque frontal contra la religión ortodoxa, que entierra a sus muertos. Pero el campesino Stalin también valoraba la cremación como avance industrial que le aportaba todo un mundo de incineradoras y fuego devorador. Las personas son un problema. Las cenizas, no.

Nadie habla ya de la crisis

Esta ideología de la entrega incondicional a la revolución del proletariado, la de los fines justifican los medios, es la que defiende el partido comunista que ante la debilidad socialista, parece tener hoy la llave del poder de la izquierda española. Cuando en enero de 2015 Pablo Iglesias saltó a la primera fila de la actualidad española, llegaba con un argumento básico en la mochila. El mantra de la casta ha resultado ser tan potente como para transformar por completo el escenario político español. Es cierto –como dice Pablo Iglesias– que las cúpulas de los grandes partidos españoles (PP, PSOE y partidos nacionalistas) forman parte del régimen corrupto y caduco que ha impuesto en España un proyecto fracasado. Sin embargo, España cerró el 2015 jaleada por los economistas internacionales como el último milagro austero de la Zona Euro. Con un crecimiento apuntalado sobre una recuperación de la actividad laboral, un repunte salarial y un refuerzo de la inversión empresarial, España tenía todas las papeletas para consolidarse como la economía más rauda de la Unión Europea. Nuestro país apenas había empezado a recuperarse de la recesión, manteniendo altos niveles de endeudamiento tanto del sector público como el privado y un desempleo muy superior al previo a la crisis. Huelga decir que este esbozo de recuperación económica es inseparable de la estabilidad política.

Las últimas encuestas hablan del PSOE como tercera fuerza, superado por la coalición encabezada por Podemos

La política sentimental

El PP y el PSOE podrían haber pactado tras las generales del 20 de diciembre un gobierno de 213 escaños –al que Ciudadanos hubiera sumado sus 40– para reforzar la solidez institucional sin la cual es imposible que España se recupere. Lejos de hacer nada semejante, los dos líderes veteranos llevan seis meses deshojando la margarita como dos novios despechados mientras Podemos se rearma –rondando a IU– y Ciudadanos se desgasta en el intento de racionalizar el escenario. Si tras las generales de junio el PSOE se aliara con el PP (como si España fuese una democracia europea normal), Iglesias quedaría como jefe de una oposición debilitada. Si el PSOE quedase en segundo lugar y se negara a pactar con el PP por sus prejuicios habituales, podría abstenerse para dejar formar gobierno a PP con Ciudadanos y liderar una oposición constructiva. Las últimas encuestas hablan del PSOE como tercera fuerza, superado por la coalición encabezada por Podemos. Menos mal que las revoluciones ya no son lo que eran.

Fotografía: Josef Stalin en 1949. Autor desconocido. 


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