La tribuna de Gabriela Bustelo

Hacia el post-nacionalismo y más allá (II)

Si el nivel de contaminación política se pudiera medir, es probable que España diera cifras peligrosas para la supervivencia. La disparatada cota de politización actual jamás podría haberse alcanzado sin una voluntad sistemática y deliberada por parte de los partidos nacionales, aliados durante casi cuarenta años con sus homólogos autonómicos. Pero si hubiera que elegir a un solo individuo como culpable de esa toxicidad política que hoy emponzoña el país entero, un firme candidato sería Jordi Pujol, el primer gurú de un nacionalismo identitario que ha sabido imponerse con enorme éxito mediante la manipulación de la población y el chantaje al resto de los partidos. Ahora, cuando al fin España se echa las manos a la cabeza ante la beligerancia del secesionismo catalán, conviene recordar que todos los Gobiernos españoles han pactado veleidosamente su política con las autonomías más potentes que, no contentas con exprimir a España desde hace décadas, han acabado por tratar al país propio como un enemigo que merece la destrucción. Huelga decir que el prolongado sometimiento de España a la depredación nacionalista ha contribuido generosamente a la ruina económica en que nos encontramos.

Cuando Zapatero dio un espaldarazo de socialista solidario a la secesión, poco imaginaba estar asestando la estocada definitiva a la nación catalana

El abrazo de la muerte

Mientras los dirigentes políticos del PP y el PSOE han sido complacientes hasta la náusea con una Cataluña supuestamente agraviada, concediendo exigencia tras exigencia a la insaciable región, la máquina de Pujol seguía funcionando a todo gas, manipulando y robando, manipulando y robando, imparable. Cuando Zapatero dio un espaldarazo de socialista solidario a la secesión, poco imaginaba estar asestando la estocada definitiva a la nación catalana, cuya existencia es inseparable de la España que la mantiene, con su cúpula de corruptos incluida. (El abrazo de la muerte de Zapatero merece un libro o, al menos, otro artículo.) Este miércoles ‒a una velocidad catalogada por los medios como vertiginosa, pero que debiera ser la habitual‒ los once magistrados correspondientes del Tribunal Constitucional han declarado nula y contraria a la Carta Magna la resolución soberanista aprobada por el Parlamento de Cataluña el pasado 9 de noviembre como inicio de un proceso de desconexión con España.

El nacionalismo patalea moribundo

Conforme el nacionalismo catalán se enquista, la insistencia de los separatistas en proclamarse demócratas es un escarnio añadido, pero la trayectoria a corto plazo de este proceso es previsible. Cualquier materialización de la resolución secesionista se topará con la desautorización del Constitucional, por lo que todo acto de insubordinación deberá ser considerado como tal. Si el Estado se achanta ante la prolongación agónica de este desafío anticonstitucional unilateral, peligra la pervivencia de España como nación. Recordemos que este enfrentamiento impostado por el catalanismo espurio y cebado con propaganda durante décadas, no tiene el apoyo de ningún país ni institución occidental. Estos días hemos podido contemplar cómo funciona una primera potencia occidental que sabe lo que significa ser una nación cuando más de setenta diputados laboristas han apoyado en el Parlamento británico a Cameron (votando contra Corbyn) en su iniciativa de atacar las bases del Estado Islámico en Siria. Plantear algo semejante en España solo podría hacerse en una novela de ciencia-ficción.

La nación disfuncional

España, en cambio, es una nación disfuncional que lleva décadas pagando y poniendo los medios para su propia destrucción. Ahora, tardísimo ya, cuando el nacionalismo feroz se pavonea con el hacha en alto, habrá que recurrir a esa ley que compartimos con quienes pretenden despreciarnos por cumplirla. Cada vez son más los españoles que aceptan la cruda realidad: el catalanismo no es una realidad histórica reprimida por el estado español, como cacarean los independentistas, sino un muy lucrativo negocio corrupto montado por Pujol hace 35 años con el vendible nombre de Nacionalismo. 

La crisis se está llevando por delante el montaje corrupto a lo que durante cuarenta años hemos llamado pomposamente La Democracia Española

El desguace español

Las últimas encuestas indican que el emergente Albert Rivera habría arrebatado al socialista Pedro Sánchez el segundo puesto de cara a las generales. El actual PSOE –cuyas señas de identidad son el maniqueísmo, el espíritu antidemocrático y el guerracivilismo– parece representar una hostilidad que cada vez atrae menos a votantes propios y ajenos. El escenario político se ha precipitado de tal modo que muchos no perciben la profunda transformación que se está operando ante nuestros ojos. La crisis, esa luz cegadora que todo lo desnuda, se está llevando por delante el montaje corrupto ‒nacionalismo incluido‒ a lo que durante cuarenta años hemos llamado pomposamente La Democracia Española.


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