La tribuna de Gabriela Bustelo

La izquierda y su idolatría revisable

El rifirrafe entre Felipe González y Enric Juliana a propósito de la entrevista que el expresidente socialista concedió a La Vanguardia –con sendos desmentidos de ambos y una onda expansiva de largo alcance–, ha servido para constatar en directo la toxicidad de la política española amañada durante cuatro décadas por los partidos tradicionales, con ayuda de la prensa veterana. La manipulación de nuestro idioma es tal que Felipe González se ha tenido que tragar el sapo de una entrevista maquillada en la que supuestamente daba su beneplácito a una reforma para reconocer a “Catalunya como nación”. En el posterior debate se han llegado a manejar cinco expresiones para referirse al estatus especial de la autonomía catalana: “realidad nacional”, “identidad nacional”, “nación de naciones”, “comunidad nacional” y “nación política”. 

A muchos españoles se les ha caído la venda de los ojos, por lo que ahora ven claramente el montaje que han estado refrendando con su voto una y otra vez

La feroz izquierda europea

Gracias a los partidos emergentes, a muchos españoles se les ha caído la venda de los ojos, por lo que ahora ven claramente –con un sentimiento entre el horror y la furia– el montaje que han estado refrendando con su voto una y otra vez, desde el inicio de nuestra democracia. Tal vez sean los militantes de izquierdas quienes se sienten más estafados, en la medida en que el igualitarismo que les han vendido ha resultado ser el “Todos somos iguales, pero unos más que otros” de Orwell. En esto España se homologa con Europa y en concreto con Francia, donde el presidente socialista François Hollande es ya el hazmerreir nacional, con un 80% del país en contra, según las últimas encuestas. Lastrado por una izquierda tan poderosa y feroz como la española, el país galo lleva años luchando –en vano– por restablecer su posición hegemónica en Europa. 

Francia, el modelo del PSOE

Buena parte de los economistas internacionales coinciden en señalar que Francia perdió hace tiempo el derecho a considerarse un país europeo serio como Reino Unido o Alemania. Convertido en el eslabón más débil entre los países europeos de primera categoría y los de segunda, sobrelleva un gasto público desaforado, ha batido su récord de deuda y no logra reducir el 10% de desempleo desde hace quince años. Francia conserva su puesto como quinta economía mundial, pero Hollande parece haber dilapidado la labor de Sarkozy, con la estatización y el gasto público como ejes de su política económica. 

Piketty pretende ahora desgajarse del desastre económico francés, alegando que su reforma fiscal no se ha llevado a cabo

Podemos ficha a Piketty

El gurú económico del partido socialista francés ha sido Thomas Piketty, el experto en desigualdad para quien la progresiva acumulación de capital en manos de los más ricos genera un “capitalismo patrimonial” solo frenable con impuestos progresivos y, en concreto, con un gravamen especial para los más adinerados. Piketty pretende ahora desgajarse del desastre económico francés, alegando que su reforma fiscal no se ha llevado a cabo, pero su libro “El capital en el siglo XXI” ha calado hondo en los líderes de Podemos. Esta semana Pablo Iglesias ha anunciado la incorporación de Piketty a un Comité Internacional de Expertos que va a asesorar a su partido en cuestiones económicas. 

Vive la France?

Pese a la pérdida de prestigio de Francia, la izquierda española parece mantener incólume su admiración por el país vecino. Tanto el primer ministro francés Manuel Valls como la alcaldesa de París Anne Hidalgo –franceses nacidos en España (Cataluña y Cádiz, respectivamente)– suelen mandar mensajes de apoyo a España. Estos amables gestos parecen nimios, sin embargo, en comparación con la veneración intelectual que siente la progresía española por todo lo relativo al país vecino, desde mayo del 68 hasta la excepción cultural, pasando por el Festival de Cannes y la moda parisina. Por su parte, el presidente Hollande alertaba a principios de año sobre el posible carácter radical de Podemos. Y Sarkozy empleó el socialismo español como argumento electoral negativo, alertando de que Hollande sería un Zapatero a la francesa en caso de salir elegido, augurio cumplido solo en parte, porque el actual presidente francés parece un venerable estadista al lado de nuestro presidente antisistema. 

España resiste sola en su idolatría gala, asombrando a propios y extraños

Coherencia política

La decepción que ha producido Hollande es tal que muchos podrían querer quitarse la frustración volviendo a votar a Sarkozy, con quien Francia recuperó la visibilidad internacional. Su firme alianza con Merkel contribuyó a la estabilidad de la Zona Euro, imprescindible hoy más que nunca dada la prolongada debacle griega. Además, es un político coherente, que se atrevería a afrontar la crisis de los refugiados sin melindres buenistas. Entre tanto, España resiste sola en su idolatría gala, asombrando a propios y extraños con su cerril perseverancia en la elección del ídolo equivocado.


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