La tribuna de Gabriela Bustelo

La falsa revolución de Donald Trump

Acabado el show electoral de Trump, cae el telón y regresamos al mundo real, donde la Tierra sigue girando y la idea de una revolución antisistema encabezada por un ricacho apolítico y apoyada por los rednecks del Medio Oeste se antoja grotesca.

Donald Trump.
Donald Trump. EFE

El 9 de noviembre, aniversario de la caída del muro de Berlín, el hombre que ha prometido construir un muro para separar Estados Unidos de México se convirtió en el cuadragésimo quinto presidente de la nación más poderosa del mundo. Trump obtuvo un margen convincente según el sistema de voto indirecto del colegio electoral, pero Hillary Clinton ha ganado en número de votos (también en el Senado) y perdió por un margen estrecho en varios de los estados decisivos. El trumpazo ha dejado a buena parte del país en estado de shock, en especial a los medios de información y politólogos que ‒pese al precedente del Brexit‒ han fallado masivamente en sus predicciones. En 2016 se ha confirmado que la prensa occidental no solo está desconectada de la realidad, sino que sobrevalora su capacidad de alterar la realidad. “¿Cómo nos hemos podido equivocar tanto?”, lloriquean ahora los titulares de medios estadounidenses como New York Times, Politicoy Huffington Post. ¿Qué ha podido suceder para que un constructor multimillonario de 70 años sin experiencia política sea el presidente de la primera potencia mundial? La campaña electoral ha sido sucia, con el magnate usando su cuenta de Twitter para insultar a su oponente Hillary Clinton: “Esa mujer siniestra”, “Ladrona”, “Estafadora”, “Muy tonta”, “Débil”, “Atolondrada”.

América urbana vs. América rural

Sin embargo, el triunfo de Trump no es el preludio de un derrumbe del establishment político estadounidense ni es una revolución política mundial, como claman algunos, sino el resultado de una elección agotadora y reñida en la que Clinton le ha superado numéricamente en votos. Basta fijarse en las franjas del mapa ganadas por Clinton (costa noreste y costa oeste) para saber quién ha votado a Trump. Es en el centro del país donde el hoy presidente ha obtenido los estados que lo han colocado en la cima del colegio electoral (incluyendo Texas con sus 38 votos electorales).

A Trump le han dado la Casa Blanca los estadounidenses blancos, mayoritariamente sin estudios secundarios ni carrera

A Trump le han dado la Casa Blanca los estadounidenses blancos, mayoritariamente sin estudios secundarios ni carrera. A Clinton le han fallado las mujeres, tanto las blancas demócratas como las latinas y las afroamericanas. La candidata demócrata tiene una mochila política cargada de problemas como Whitewater, Bengasi, la guerra de Irak y el servidor privado de emails, pero su criptonita es haber seguido casada con el patológicamente infiel Bill Clinton (que al parecer emula a su ídolo John Kennedy). Una buena parte del electorado, incluido el femenino, considera a Hillary Clinton una cornuda consentidora, farsante y ambiciosa, pese a su brillante currículum, mejor que el de la mayoría de los candidatos. Trump, por el contrario, probablemente sea el presidente menos preparado de la historia de Estados Unidos, incluyendo a Ronald Reagan y a George W. Bush.

¿Un programa electoral incumplible?

Conviene huir de una lectura mesiánica de la victoria republicana como la panacea que curará las profundas fracturas socioeconómicas que dejó el crash de 2008. Muchos de los estadounidenses que han votado a Trump interpretan su eslogan “Make America Great Again” como un mágico regreso a la América Feliz de 1950, con familias estructuradas, bonanza económica, un aluvión de electrodomésticos ingeniosos y gofres con sirope para todos. El dato incontestable es que el GOP tendrá bajo su control la Presidencia, el Congreso y el Senado, lo que aporta al presidente recién estrenado un poder casi ilimitado para imponer su agenda política. No está claro que Trump vaya a ser capaz de cumplir las promesas electorales que prometió activar el primer día: revocar los decretos ejecutivos de Obama, eliminar el Obamacare, expulsar a todos los inmigrantes ilegales, empezar a construir un muro “impenetrable” en la frontera sur, sacar al país del Acuerdo Transpacífico (TTP), renegociar el NAFTA, proteger a los nonatos, eliminar la regulación financiera implantada tras el crash de 2008, llamar a todos los generales del ejército para que preparen un “plan contra ISIS” en 30 días, etc., etc.

Un obstáculo que tendrá que afrontar Donald Trump es la división del Partido Republicano

Un obstáculo que tendrá que afrontar Donald Trump es la división del Partido Republicano. Recordemos que le han desautorizado públicamente Colin Powell, Condoleezza Rice, Mitt Romney, Michael Bloomberg, John McCain, Jeb Bush y John Negroponte, por citar solo algunos. La tensión interna republicana está asegurada, tanto en el Congreso como en el Senado. Pero la posición de Trump como negociador es envidiablemente fuerte, porque no debe nada a nadie. Antes de jurar su cargo el 20 de enero afronta la colosal tarea de crear un gobierno con nombramientos de altos cargos en todos los ámbitos, desde el Consejo de Seguridad Nacional hasta el Departamento de Defensa y el Departamento de Estado.

Lástima que terminó el festival de Trump

Una vez acabado el show electoral de Trump, cae el telón y regresamos al mundo real, donde la Tierra sigue girando y la idea de una revolución antisistema encabezada por un ricacho apolítico y apoyada por los rednecks del Medio Oeste se antoja grotesca. El lastre estadounidense es la desigualdad económica creciente y la sensación generalizada de incertidumbre. En Estados Unidos subyace ‒como en Europa‒ la atolondrada mentalidad de una civilización cuyos principios filosóficos y espirituales han sido remplazados por baldías ansiedades materiales. El estilo de vida occidental ‒Made in USA‒ se basa en un consumo conspicuo, comparativo y defensivo, que genera una interacción social acelerada, sincopada, cada vez más incongruente. Mientras Occidente no se haga un examen de conciencia, es probable que los fenómenos de estilo Brexit se sucedan. La política no es el problema, sino el reflejo superficial de un profundo problema. Es poco lo que un presidente estadounidense puede hacer al respecto.


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