La tribuna de Gabriela Bustelo

What is Catalonia?

Podríamos decir que la corrección política, estudiada hoy en las academias de protocolo, es la diplomacia global. Todos, antes de abrir la boca, nos damos un baño de autocensura para no ofender a las personas que nos rodean. Pero mientras la epidemia de hipocresía solidaria se extiende como un reguero de pólvora, la diplomacia está en sus horas más bajas. Los tiempos del enviado que llegaba a palacio con un mensaje atado con una cinta roja (y que a menudo pagaba con su vida el contenido de la misiva) quedan ya para los lectores de Dumas y Pérez-Reverte. La red tecnológica que conecta el mundo actual es tan amplia y tan veloz que cabe plantearse qué hacen a diario los empleados del cuerpo diplomático español, uno de los más numerosos de Europa, con 120 embajadas distribuidas por el mundo. La misma duda se aplica a los 55.000 eurofuncionarios de la UE.

Según fuentes de la Generalitat, quedan apenas 14 meses de periodo transicional hacia un eventual “Estado catalán”

La diplomacia catalana

Cataluña, obstinada en internacionalizar su plan secesionista, concede una importancia primordial a la política exterior, dotada de un presupuesto anual de 50,9 millones de euros. Raül Romevaquiere reforzar la actividad de las embajadas catalanas, pese a que el Tribunal Constitucional suspendió en febrero pasado las competencias que el Govern atribuyó a su departamento de Exteriores. Según fuentes de la Generalitat, quedan apenas 14 meses de periodo transicional hacia un eventual “Estado catalán”, etapa que el ejecutivo autonómico quiere emplear para aumentar su representación en el mundo y en las organizaciones internacionales a fin de divulgar la relevancia de Cataluña y reforzar la internacionalización de su economía. Puigdemont ha fijado la acción exterior como una de las “estructuras de Estado”, hasta el punto de que es el primer gabinete que tiene un Conseller de Exteriores. El Ministro español de Asuntos Exteriores en funciones, Manuel García-Margallo, ha dicho en alguna ocasión que estas embajadas son ilegales y que la Ley Catalana de Exterior podría ser anti-constitucional por ir en contra de la propia Ley de Acción Exterior española.

Catalanes por el mundo

¿Y cómo ven los extranjeros a los catalanes? Uno de los personajes clave de la novela con que se estrenó Gary Shteyngart en 2003 ‒El manual del debutante ruso‒ es un estadounidense de origen catalán llamado Jordi. Las pinceladas que nos perfilan a este floridano de primera generación son tan negativas que rozan la incorrección política. El retrato físico arranca catalogando a Jordi por exclusión: “Ni siquiera se parecía a Picasso, que es lo que quieren todos los catalanes”. La siguiente perla es ésta: “Parecía un judío de mediana edad, dueño de una empresa textil”. Sí, de mediana edad, pero “más cercano a la jubilación que a los buenos tiempos”. Y la traca final nos llega con un rostro lleno de “esas arrugas que salen al tomar demasiado el sol” y un demoledor “aunque andaba deprisa, lograba exhibir sus relucientes mocasines de piel de avestruz, como orgulloso de sus méritos”. Vamos, que el floridano-catalán de Miami viene a ser un cruce entre Julio Iglesias y Carod Rovira, o así.

El concepto de la diplomacia catalana es, sin duda, innovador. Mar Ortega, la “embajadora” de Cataluña en Berlín, llegó al cargo sin hablar alemán

Marca Catalonia

Cuando el personaje Jordi abre la boca, exhala lo siguiente: “Siempre he querido ir a España. Si ma mare fos Espanya jo seria un fill de puta. ¿Sabes lo que significa eso? ‘Si mi madre fuese España, yo sería un hijo de puta’. Eso es lo que opino de los españoles. Son unos latinos paletos, y punto”. Reflexionando sobre este fragmento de la novela de Shteyngart, tal vez lo más notable sea la cantidad de información que maneja este escritor americano-ruso nacido en 1972 sobre la idiosincrasia del catalán medio. En su descargo se puede decir que el neoyorquino de primera generación que protagoniza la novela, un obvio alter ego, tampoco sale bien parado. Sería interesante enviar a Shteyngart al 360 de Lexington Avenue, en Nueva York, donde está la delegación del Cataluña en Estados Unidos, a cargo del estadounidense Andrew Davis, un bostoniano de 35 años, becario del nacionalista Institut Ramon Llul y que habla catalán además de francés. Mientras la Gran Recesión está obligando a todos los países del mundo a reducir sus cuerpos diplomáticos –cada vez menos relevantes con la globalización–, Cataluña tiene intención de seguir abriendo delegaciones internacionales. El concepto de la diplomacia catalana es, sin duda, innovador. Mar Ortega, la “embajadora” de Cataluña en Berlín, llegó al cargo sin hablar alemán.


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