OPINIÓN

¿Papá o mamá?

Cuando a comienzos de 2015 se anunciaba el colapso del bipartidismo, nadie predijo que apenas dos años después el vapuleado Partido Popular seguiría en pie mientras el aparentemente inmune Partido Socialista Obrero Español quedaba hecho trizas.

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en La Moncloa.
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en La Moncloa. EFE

Conforme España se aproxima a cumplir un año de limbo político, las encuestas sobre unas terceras elecciones generales parecen coincidir en su vaticinio de un PSOE severamente afectado por el desgaste del partido y el descrédito de la izquierda occidental. La presencia de Podemos también es un factor a tener en cuenta, pero la crisis económica española −con una tasa de paro todavía entre las más elevadas de la UE− es el principal generador de votantes del partido morado. Prueba de ello es la táctica que emplea Pablo Iglesias cuando cree estar perdiendo apoyos, una radicalización que le funciona entre los cientos de miles de españoles descontentos desde hace casi una década. No le funciona, en cambio, con la izquierda constitucionalista (que escenificó el sábado 1 de octubre en Ferraz su desacuerdo con el PSOE ultraizquierdista de Pedro Sánchez) y su intención de dejar gobernar al PP para que España supere la hemiplejia política observada con preocupación por los líderes y analistas del mundo entero.

La reducción a escombros de la izquierda democrática española ha sido celebrada por muchos en España como el triunfo de una guerra ideológica, cuando el gran problema nacional es la propia confrontación en sí

La reducción a escombros de la izquierda democrática española ha sido celebrada por muchos en España como el triunfo de una guerra ideológica, cuando el gran problema nacional es la propia confrontación en sí. Cuando a comienzos de 2015 la prensa y los políticos emergentes anunciaban el colapso del bipartidismo, nadie predijo ni escribió que apenas dos años después el vapuleado Partido Popular seguiría en pie mientras el aparentemente inmune Partido Socialista Obrero Español quedaba hecho trizas. Pese al machaque diario que la prensa española dedica al PP, “el partido más corrupto de Europa” según los informativos y las redes sociales, el Partido Popular no solo es el partido que merece la confianza de un mayor número de españoles, sino que ha ganado tres elecciones generales consecutivas y todo indica que aumentaría su número de escaños en las siguientes que se celebraran.

Peperización vs. Podemización

La demonización de la derecha en España es tal, sin embargo, que los socialistas como José Antonio Pérez Tapias ven al PSOE sucumbiendo a la peperización, no la podemización. Mientras en España seguimos clasificando todo −justicia, educación, cultura, amor, amistad, deporte− con los viejos sellos “facha” o “rojo”, la campaña electoral estadounidense ha demostrado que un candidato políticamente inclasificable como Donald Trump puede ser un tan rival potente como para poner en jaque a una veterana democracia occidental. El peligro del PSOE es la peperización, aseguran los mismos que catalogan a Ciudadanos como un partido de fachas o un PP disfrazado de regeneración.

¿Somos de izquierdas o de derechas?

Hace tres años, cuando cumplía 170 desde que nació en Londres en 1843, el prestigioso semanario The Economist publicó un artículo titulado “¿Somos de izquierdas o de derechas?”, donde pretendía sacar de dudas a los seguidores de la revista que llevaban años haciendo la misma pregunta. El texto se dirigía, según explicaba, a los lectores acostumbrados a la segmentación izquierda-derecha, que no acaban de entender el posicionamiento político de la revista. The Economist se proclamaba favorable a la libertad de empresa, la desregulación y la privatización, pero también al matrimonio gay, a la legalización de las drogas y a las democracias no monárquicas.

En un país donde se ha politizado todo la despolitización es una batalla ardua, porque los españoles politizados no son conscientes de su problema

The Economist lo fundó a mediados del siglo XIX James Wilson, empresario británico que se definía como un liberal clásico de la escuela de Adam Smith. Esta base intelectual, a la que se añadirían después las ideas de John Stuart Mill y William Gladstone, ha guiado al semanario desde sus comienzos, teniendo como principio la oposición a toda restricción de la libertad económica o personal de un individuo. Una vez establecido esto, la línea editorial no es dogmática. ¿Derechas o izquierdas?, preguntaba el artículo retóricamente. Ninguno de los dos, se respondía a sí mismo. En España estas explicaciones recuerdan a las de Ciudadanos, el partido regeneracionista al que se quiere colgar el cascabel político a toda costa. En un país donde se ha politizado todo −desde la justicia, la educación y la cultura hasta el amor, la amistad y el deporte− la despolitización es una batalla ardua, porque los españoles politizados no son conscientes de su problema. The Economist, según ha hecho público en febrero de 2016, ha superado sus 170 años de existencia y el transvase del formato papel al digital sin problemas. Si la ideología no forma parte de la solución, será que forma parte del problema.


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