OPINIÓN

España, paradigma de la sensatez occidental

Los fragores del guerracivilismo nublan el entendimiento español, pero The Economist resaltaba hace una semana que “comparada con la mayoría de los países de Europa occidental, España comienza a perfilarse como una isla caracterizada por la estabilidad política”.

El Congreso, en una imagen de archivo.
El Congreso, en una imagen de archivo. Europa Press

Cuando quedan apenas dos semanas para que acabe el año 2016, España ‒supuestamente inmersa en una profunda regeneración‒, nos sorprende con una paradoja que otros países más chovinistas hubieran sabido vender bien. Enfrascada en un guerracivilismo viciado que le impide compararse con el mundo exterior, España cierra 2016 sin barruntar que durante este año ha conquistado un puesto envidiable en el escalafón occidental. Pese a tener en común con Estados Unidos una crisis financiera y un estallido de burbuja inmobiliaria sucedidos en 2007-2008, España muestra una madurez política sin parangón entre las grandes economías occidentales. Mientras este año Estados Unidos, Reino Unido o Italia han escenificado con sus resultados electorales la crisis de confianza que marca el abismo entre la ciudadanía y las élites del poder, España ha superado una parálisis política de 314 días consolidando su estabilidad política.

En esta ocasión no puede aplicarse el consabido soniquete del retraso histórico que suele resumirse con el “Spain is Different”

. El declive de la izquierda occidental tiene su paralelismo español en el ocaso del todopoderoso Partido Socialista, que atraviesa el peor momento de su centenaria historia con apenas 85 escaños. Pero al contrario que el Partido Demócrata estadounidense, el PSOE ha reaccionado con honestidad, admitiendo la fractura interna y sometiéndola a la opinión de propios y extraños mientras busca una solución. Su grave problema ‒mental, por así decirlo‒, es el prejuicio que le ha impedido durante décadas (y dramáticamente a partir de José Luis Rodríguez Zapatero) incorporar en la peculiar cosmogonía del socialismo español a su homólogo bipartidista: el Partido Popular. Las repercusiones nacionales de esta tara han sido infinitas, por lo que queda pendiente de resolución para el año entrante.

La política del estatus

El año 2016 ha escenificado en Occidente el comienzo del fin de la política tradicional, enquistada en su esquema de Derecha/Izquierda lideradas por políticos intercambiables procedentes de las filas de los partidos correspondientes. Tanto en Reino Unido como en Estados Unidos y en Italia, el electorado ha dado la espalda a los políticos que defendían el statu quo, optando ‒pese a la inseguridad económica‒ por opciones que pueden catalogarse como apolíticas o antisistema. Los vencedores del 2016 en Occidente han sido los líderes que se han identificado personalmente con los votantes. Es decir, que han recordado a los ciudadanos occidentales quiénes son, o quiénes eran antes de abrir las puertas a los sucesivos caballos troyanos que les han debilitado. Los candidatos ganadores han primado la identidad nacional sobre la prosperidad económica, estableciendo la política del estatus como nuevo signo de los tiempos. Este “Ser o no ser” unido al carisma individual del candidato es la fórmula de la nueva política donde la persona es el mensaje, en una reformulación posmoderna de Marshall McLuhan.

En España lo han entendido las mesnadas de políticos jóvenes y los votantes urbanos, consolidando el gap generacional resultante de la revolución informática y de la globalización. La impavidez de Mariano Rajoy ‒desacreditado con terquedad monocorde por la prensa nacional‒ ha convertido al político gallego en el vencedor por agotamiento del contrario. Conviene recordar ha sido con Rajoy en Moncloa cuando por primera vez en nuestra bisoña democracia han pisado poder neófitos como Albert Rivera y Pablo Iglesias, no surgidos de las élites tradicionales. Y es con este Gobierno conservador, fustigado desde su estreno por la izquierda y casi con más saña por una derecha que se considera burlada, cuando España se está comportando por primera vez como un país democráticamente maduro. Esto es doblemente meritorio teniendo en cuenta la pertinaz tasa de desempleo y las arraigadas secuelas de la crisis económica.

El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar

Sun Tzu

Los fragores del guerracivilismo nublan el entendimiento español, pero The Economist resaltaba hace una semana que “comparada con la mayoría de los países de Europa occidental, España comienza a perfilarse como una isla caracterizada por la estabilidad política”. Mariano Rajoy, aparte de reconfirmar el tópico de la cachaza gallega, ha demostrado la máxima de Sun Tzu “El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar”, o en versión galleta china, “Siéntate junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. En el terreno nacional le ha funcionado con el PSOE, con Podemos y quién sabe si con Ciudadanos. Si Rajoy sigue sentado a orillas del Manzanares como un sazonado maestro taoísta, verá pasar cadáveres del occidente y del oriente. Entre tanto España es hoy, ¡oh albricias!, uno de los países más sensatos del mundo.


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