La tribuna de Gabriela Bustelo

Discriminación rosa

Una mitad de la población mundial la componen hombres y la otra mitad mujeres. Pero según un estudio de la ONU, el sector femenino posee apenas el 1% de la riqueza global. Con sueldos considerablemente más bajos, las mujeres pagan más que los hombres por los mismos productos de consumo. No solo proporcionalmente a su menor liquidez, sino porque los precios de numerosos artículos destinados a las mujeres son más altos. Este desnivel se denomina “tasa rosa”, por tratarse a todos los efectos de un impuesto que afecta a las versiones femeninas de un mismo producto.

Las mujeres dan tanta importancia a su cuidado personal que las empresas capitalizan el hecho de que estén dispuestas a pagar más que los hombres

Precios rosas

Tras una publicación de la revista Forbes denunciando que las mujeres estadounidenses llegan a pagar al año 1.300 dólares más que los hombres por productos similares, el colectivo feminista francés Georgette Sand llevó a cabo un exhaustivo análisis comparativo de precios. El resultado fue preocupante: las mujeres llegan a pagar hasta un 75% más por el mismo producto. El mismo cepillo de dientes, la misma maquinilla desechable, la misma esponja, pero “feminizados” con el color rosa. Un desodorante de la misma marca sube misteriosamente de precio si está en la sección de cosméticos femeninos. Igual sucede con la crema hidratante, el champú y la colonia de baño que, aun siendo del mismo fabricante, se encarecen en sus versiones “para chicas”. Las diferencias mínimas en el proceso de producción y envasado no parecen justificar la variación. La tasa rosa sería, por tanto, una cuestión de marketing. Las mujeres dan tanta importancia a su cuidado personal que las empresas capitalizan el hecho de que estén dispuestas a pagar más que los hombres (pese a tener menos liquidez, ya que ganan sueldos más bajos). La diferencia de precio había pasado inadvertida durante décadas porque los productos afectados se colocan en estantes distintos. Pero la tasa rosa no solo afecta a los productos de higiene y a los cosméticos. Una mujer paga precios más altos en la peluquería, en la tintorería y también por determinadas prendas de vestir –como un pantalón vaquero–, cuyo sobreprecio puede ser considerable.

La mujer “normal”

Decía Hemingway que todo lo perverso tiene un trasfondo de ingenuidad. El universo de la moda, que ejerce una presión diaria sobre las mujeres occidentales, casi las obliga a invertir buena parte del sueldo en su aspecto físico. Las revistas femeninas tienen un papel esencial en este sadomasoquismo consciente que impone al cincuenta por ciento de la población mundial –el bando rosa que gana menos y paga más por los mismos productos– la obligación de la buena imagen. Una mujer occidental “normal” pasa toda su vida intentando conseguir una belleza física idealizada, como una mula que corre tras una zanahoria sin alcanzarla. La gran paradoja de este fenómeno es que no son los hombres quienes le imponen este proyecto de vida, sino que la mujer se lo impone a sí misma. Una de las falacias feministas más repetidas es la de culpar a los hombres de imponer unos determinados estándares de belleza, cuando las prescriptoras son las propias mujeres. La industria de la moda y las empresas fabricantes de productos femeninos sacan partido de esta ingenuidad femenina que probablemente tenga profundas raíces psicológicas, pero que se transmite culturalmente de madres a hijas desde que la humanidad existe.

La mujer occidental acepta formar parte de un gran gueto rosa con normas distintas de las del gran bando azul de los hombres

Élites y guetos

Esta búsqueda obsesiva de la perfección, que la psicoanalista alemana Karen Horney llamaba la “tiranía del deber ser” es el componente básico de la identidad femenina. Al formar un tándem diabólico con la industria de la moda, el feminismo ha agudizado esta monomanía. La mujer occidental se castiga cruelmente con una imagen sublimada de sí misma, un espectro quimérico con el que convive como una adolescente con un amor platónico al que no consigue olvidar. Enamorada de esa fantasmagoría, la mujer de hoy mantiene una relación de amor/odio con ese alter ego que sólo existe en su cabeza. En pos de una fusión imposible con un ser inexistente, lucha día tras día por ser hoy más perfecta que ayer, pero menos perfecta que mañana. Del mismo modo que acepta pagar la tasa rosa, la mujer occidental acepta formar parte de un gran gueto rosa con normas distintas de las del gran bando azul de los hombres. El Debate a Cuatro entre Mujeres emitido este jueves en Antena3 forma parte de esta discriminación rosa que las mujeres se imponen a sí mismas. En el bando de las mujeres hay 3.500 millones de personas y en el bando de los hombres hay 3.500 millones de personas. El bando azul se comporta como una élite y el bando rosa se comporta como un gueto.


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