La tribuna de Gabriela Bustelo

La Casta de Europa

En mayo de 2015, hace poco más de un año, Yanis Varoufakis clamaba por sacar a Grecia de la Eurozona. Tras haber pagado la deuda griega de 750 millones de euros al Fondo Monetario Internacional con el fondo de emergencia que cada país tiene depositado en el propio FMI, el entonces ministro de Finanzas heleno lamentaba que la Eurozona estuviera tan “mal construida”, porque una vez dentro, salir es imposible “sin una catástrofe”. En abril de 2016 Varoufakis –ya dimitido, pero opinante– se ha proclamado anti-Brexit, asegurando que la salida de Reino Unido de la Unión Europea propiciaría su desintegración. Su país, en contraste, abomina del proyecto europeo. Según un sondeo de Pew publicado el 7 de junio de este año, Grecia encabeza la lista de países euroescépticos, con más de un 90% de la población opuesta a la política económica y migratoria de la UE. En la antípoda está nuestro país: España encabeza el anti-Brexit europeo, con 74% de la población favorable a la UE y 64% partidaria de la permanencia de Reino Unido. Recordemos que en 2014 –el año anterior a la crisis griega, la UE sufrió estoicamente la crisis española, resumida hoy por la Comisión Europea en un par de párrafos laudatorios, asegurando que España ha empleado solamente 38.900 millones de euros del programa de asistencia financiera que contemplaba hasta 100 millones.

En Reino Unido la creciente sensación de estar pagando los platos rotos se suma a la crisis migratoria

PIGS y Eurocracia

La prensa británica ha tratado con condescendencia estas “asistencias financieras” de la UE (rescates, para entendernos) a países miembros necesitados. El acrónimo PIGS –cerdos, en inglés– se emplea sin reparos en los titulares referentes a los empobrecidos países periféricos: Portugal, Irlanda, Grecia y España. [La “S” del plural es la “S” de “Spain”.] En Reino Unido la creciente sensación de estar pagando los platos rotos se suma a la crisis migratoria, a los atentados del Estado Islámico –todos contra Occidente en su conjunto– y a la firme convicción de que la eurocracia lo lastra todo con la hiperregulación y la sectaria corrección política. La imagen de la UE como élite caprichosa y corrupta –la Casta europea– tiene dos lecturas pro-Brexit: 1) para la izquierda los intereses corporativos de Bruselas impiden hacer reformas sociales y 2) para la derecha el estrellato decadente de Bruselas resta soberanía al Reino Unido. El ex-alcalde londinense y diputado conservador Boris Johnson ha vendido en su campaña a un Winston Churchill supuestamente anti-UE y la operación Brexit le ha salido bien. Pese a su conocido mote de “Bufón”, Johnson es ahora un firme candidato a Primer Ministro.

Una Europa de segunda

El Brexit es un portazo sonoro a una Europa esquizofrénica, anquilosada y débil con la que los británicos no quieren tener nada que ver. La salida del Reino Unido es un torpedo baja a la UE a segunda categoría, poniendo en jaque su existencia y su futuro. La UE debería reaccionar con autoridad, por una vez, para evitar una cascada inminente de huidas: Francia, Holanda, Dinamarca, Suecia, Hungría, Grecia. Pero más allá del mastodonte abotargado de Bruselas, la crisis europea es el declive de una civilización cuyos fundamentos histórico-culturales se han suplantado por mezquinas y dispersas aspiraciones individuales. Occidente sufre todavía los efectos secundarios la insoportable levedad de los ochenta, caracterizada por la adoración del presente, el desprecio del pasado y la omisión del futuro. Treinta y cinco años después, esa euforia posmoderna pretende coexistir con el paro, la informatización, la desintegración de la familia como pedestal de la sociedad, la pérdida de la fe religiosa y la epidemia de individualismo.

El inesperado Brexit podría insuflar vida en el mustio

voto del miedo del Partido Popular

El Brexit español

España, país notoriamente incapaz de pactar ningún tema nacional (gobierno incluido), se ha unido como una piña contra el Brexit. A escasas horas de unas segundas elecciones generales protagonizadas por la corrupción, el bipartidismo moribundo y la sombra alargada de Podemos, el inesperado Brexit podría insuflar vida en el mustio voto del miedo del Partido Popular. Tras llegar con retraso a la UE, España se acabó significando como lastre y hoy abandera un europeísmo melancólico. Como es sabido, el director de orquesta Wallace Hartley siguió tocando el himno “Nearer, my God, to Thee” con su banda de ocho músicos mientras el Titanic se hundía en las glaciales aguas del Atlántico un fatídico día de abril de 1912. Un siglo largo después, España es uno de los frenéticos violinistas europeos.


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