OPINIÓN

La revolución digital adelanta al Estado

La confianza que nos ofrecía el Estado concediendo o negando unas estrellas doradas en la puerta de cada establecimiento hotelero se ha trasladado ahora a las páginas y aplicaciones turísticas.

La revolución digital adelanta al Estado.
La revolución digital adelanta al Estado.

Los comentarios han sustituido ya a las estrellas de los hoteles”. Esa afirmación, expresada en un encuentro público celebrado en Madrid la pasada semana, resumió muy bien el cambio que la revolución digital está suponiendo en las formas de consumo, compraventa y utilización de los recursos disponibles, sean estos coches, motos, hoteles, profesores o incluso servicios tan aparentemente convencionales como el suministro eléctrico.

La confianza que nos ofrecía el Estado concediendo o negando unas estrellas doradas en la puerta de cada establecimiento hotelero se ha trasladado ahora a las páginas y aplicaciones turísticas. Lo mismo está sucediendo en otros sectores en los que los comentarios de los compradores y usuarios sustituyen ventajosamente el valor que antes tuvieron los inspectores públicos.

Estamos asistiendo nada menos que a la apropiación privada y colectiva de funciones que hasta ahora ejercía en exclusiva la Administración aplicando su autoridad

Si vemos este cambio como simples consumidores tal vez solo percibamos la comodidad, la rapidez o la credibilidad estas nuevas herramientas, pero lo cierto es que estamos asistiendo nada menos que a la apropiación privada y colectiva de funciones que hasta ahora ejercía en exclusiva la Administración aplicando su autoridad, mejor o peor, como garante de nuestros derechos. 

Y no se trata de una simple tendencia, sino de un auténtico tsunami, por imparable. Ninguna revolución tecnológica de las que ha conocido la humanidad se ha producido a la velocidad en que nos está llegando la digital. Uno de los ponentes del encuentro reconocía que “no hay en realidad expertos porque todo cambia a una velocidad tan grande que no da tiempo a que los haya”.

La revolución digital que solo estamos empezando a vivir tendrá, sin duda, consecuencias enormes y muy difíciles de predecir

La revolución digital que solo estamos empezando a vivir tendrá, sin duda, consecuencias enormes y muy difíciles de predecir, pero una de ellas ya está siendo, precisamente, que los propios consumidores compartimos y nos informamos de forma cercana y masiva, gracias a las nuevas tecnologías y que, a través de ellas, podemos comprar, vender, prestar, alquilar e incluso determinar indirectamente el éxito o el fracaso de un establecimiento físico convencional. Los modos de control del mercado tradicionales, oficiales, reglados y punitivos de la Administración Pública que, tampoco lo olvidemos, se crearon originariamente para defendernos a los consumidores se han sustituido de hecho por likes, corazones o comentarios.

Esta rotura del monopolio público es mucho más seria de lo que puede parecer a primera vista porque obliga al Estado a repensar cuál debe ser su función y su obligación en una sociedad en la que la tecnología abre posibilidades nuevas, tanto para el uso eficiente de las cosas y la difusión de los servicios como también para el abuso contra las personas y el fraude contra las empresas. 

Y, por si fuera poco, todas estas nuevas posibilidades están irrumpiendo de lleno en sectores regulados que, con toda lógica, protestan, como hacen los taxistas o los hoteleros, tan bien adaptados ambos a las tradicionales condiciones de hipercontrol público como inermes ante la avalancha de la economía colaborativa o las plataformas tecnológicas que hacen que la regulación que dábamos por indiscutible parezca ahora mastodóntica, lenta e ineficaz. 

Rebasado tecnológicamente por izquierda y derecha, el Estado se encuentra ante la inevitable necesidad de recuperarse del susto y redefinir su papel

Rebasado tecnológicamente por izquierda y derecha, el Estado se encuentra ante la inevitable necesidad de recuperarse del susto y redefinir su papel, determinando y regulando la parte que sí le correspondería vigilar y controlar, pero sin impedir que la economía digital despegue, entre otras cosas porque ya es imparable. No va a ser fácil. 

Hace unas semanas vi a un hombre en el metro leyendo un periódico de papel, de los de pago. Me sorprendió no poder recordar desde cuándo no veía a alguien haciéndolo, pero sí me acordé de mí mismo cuando compraba y cargaba con todos los de Bilbao y algunos nacionales. No fue hace tanto -pensé- y sentí vértigo.


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