OPINIÓN

El miedo es tendencia

Tantas alarmas, alimentarias o no, son síntoma de que el pensamiento mágico avanza, a despecho del que creímos un sistema educativo que universalizaría la afición por la ciencia y el conocimiento.

El miedo es tendencia.
El miedo es tendencia. Alexas Fotos

Hace unas semanas se destapó el escándalo de que los servicios secretos americanos eran capaces de escuchar y grabar las conversaciones privadas hackeando nuestros móviles y nuestros nuevas Smart TV. Algo tan gravísimo debería haber dado lugar a una crisis internacional de envergadura y a un cambio radical en nuestras costumbres cotidianas, sin embargo no fue así, la noticia duró un solo día en los informativos. Nadie ha vuelto a hablar de ello.

Es el último ejemplo que me viene a la memoria de algo horrible que remueve las conciencias y los miedos para desaparecer al poquísimo tiempo sin que nadie vuelva a acordarse de aquel espanto. ¿Recuerdan cuando todos los días los perros peligrosos atacaban y mordían a alguien? ¿Qué fue de aquello? ¿No hay ya razas agresivas? ¿Ya no muerden? En diciembre pasado se suspendió a causa de la lluvia una manifestación contra una supuesta conspiración que utilizaría avionetas para esparcir productos que impiden que llueva en el sur de España y arruinar así a los agricultores.

Estos días la conspiración que os envenena está en el azúcar y en el aceite de palma, peligros que ha tomado el relevo de la panga

Estos días la conspiración que os envenena está en el azúcar y en el aceite de palma, peligros que ha tomado el relevo de la panga, un pescado que de puro humilde solo ha aguantado unos días en el olimpo de los peligros contra la humanidad y que, a su vez, sustituyó a los ya casi olvidados ftalatos de los juguetes infantiles, las grasas trans o los parabenos ¿Se acuerdan?

La peligrosidad del wifi o de las ondas electromagnéticas de los móviles tuvieron su momento de gloria y aún mantienen su público de alarmadores pero tomen nota, que ya se avecinan las nuevas amenazas del glifosfato o el glutamato monosódico.

Ese miedo saltimbanqui, que pasa de una amenaza a otra sin quedarse en ninguna tiene mucho que ver con el desprecio por la ciencia. Tantas alarmas, alimentarias o no, son síntoma de que el pensamiento mágico avanza, a despecho del que creímos un sistema educativo que universalizaría la afición por la ciencia y el conocimiento. No ha sido así. Se ha impuesto la moda de vivir aterrorizados y sometidos a misteriosas conspiraciones que solo los ingenuos, o los maliciosos, desdeñamos.

Se ha impuesto la moda de vivir aterrorizados y sometidos a misteriosas conspiraciones que solo los ingenuos, o los maliciosos, desdeñamos

Parece cosa de risa pero no es ninguna broma que la patente del trigo transgénico sin gluten (apto para celíacos) desarrollada en España con fondos públicos por el Instituto de Agricultura Sostenible, perteneciente al CSIC, haya tenido que ser vendida fuera por resultar imposible desarrollarla en España, debido a la alarma social creada respecto a las nuevas técnicas de modificación genética.

Nuestro desprecio por la ciencia nos disuade de tratar de entender cómo funciona el móvil pero no nos impide usarlo, siempre que mantengamos hacia él un punto de superstición. Bien dijo Arthur C. Clarke (1917-2008) que “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y con eso nos hemos quedado, con un conjunto de tecnologías avanzadísimas que ni entendemos ni queremos entender y a las que tampoco le reconocemos siquiera el valor de provenir directamente de esa misma ciencia que despreciamos porque es compleja y no sencilla. Porque no nos da respuestas definitivas sino estimaciones razonables, porque nunca zanja las cosas de una vez por todas, como nos gustaría y como sí hace la magia.

El pensamiento científico, para el que no hay más autoridad válida que la evidencia demostrable, es la base sobre la que se constituyó la democracia y el progreso

Ese alarmismo pijo de occidentales bien comidos nos hace sentirnos más inteligentes y despiertos y abona así nuestro inveterado complejo de superioridad sobre la mayoría de la población del mundo, por más que ahora ya no se apoye, como hacía en otros tiempos, en la extensión de la religión verdadera y sí en el cuidado del planeta en el que somos la minoría guay, la que sí que sabe.

Lo que deberíamos saber es que el pensamiento científico, para el que no hay más autoridad válida que la evidencia demostrable, es la base sobre la que se constituyó la democracia y el progreso, mientras que la superstición y la magia han sido siempre las armas del hambre y de las tiranías, de todas. Puestos a tener miedo, que sea de eso.


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