OPINIÓN

Se empezó aplaudiendo en las Cortes

Una vez rasgado el telón de la cortesía parlamentaria con los aplausos y abucheos es muy difícil regresar a la sensatez y, por el contrario, muy fácil que aparezcan profesionales del show.

Gabriel Rufián, durante su entrevista en el programa 'Chester in Love'.
Gabriel Rufián, durante su entrevista en el programa 'Chester in Love'. Mediaset

Se empezó aplaudiendo en el Parlamento y así los debates se hicieron mucho más entretenidos y vistosos. No solo eso, sino que los diputados puestos en pie en plena ovación ofrecían una imagen de mucha fuerza mediática. Parece que no tenga importancia pero esos entusiasmos, comprensibles y aparentemente inocuos, fueron el primer escalón de la merma de la calidad parlamentaria que hoy sufrimos. En el parlamento tiene el mismo derecho a la palabra el grande que el pequeño y avasallar no es un derecho. Para quitarle la razón al minoritario está el voto, pero nunca el ruido. Así debería ser. 

A aplaudir se va a los espectáculos, no a las Cortes, salvo que no se quiera distinguir entre ambos

A aplaudir se va a los espectáculos, no a las Cortes, salvo que no se quiera distinguir entre ambos. Puede que ese sea, justamente, el problema. El aplauso de los propios no parece algo tan grave pero es lo que empuja sin remedio al segundo escalón del deterioro, que son los pitos y abucheos de los contrarios, menos habituales pero irresistibles para los medios gráficos. Así, las ovaciones y pitos van sustituyendo poco a poco a las razones y argumentos e incluso compiten con los fríos y silenciosos votos que nunca tendrán el brillo y la presencia de un buen escándalo.

Y como dejarse caer por un tobogán es siempre tan fácil, detrás de esos aplausos y pitos vienen ¿por qué no? las camisetas, las pancartas, las banderas, los gritos desde el escaño, las palabrotas, los niños en brazos y toda suerte de ardides para hacerse con las portadas de los medios y ser trending topic en las redes, que es donde me dicen los que saben que está actualmente el ruedo de la política. Nunca mejor dicho lo de ruedo.

Cuando el debate parlamentario se hace espectáculo quienes vencen son los cómicos, los payasos, los hombres bala

Ahora ya no vale quejarse, porque una vez rasgado el telón de la cortesía parlamentaria con los aplausos y abucheos es muy difícil regresar a la sensatez y, por el contrario, muy fácil que aparezcan profesionales del show, que se harán con el santo y la limosna de la atención pública, simplemente atreviéndose a lo que los demás nunca osarían y, naturalmente, ganándoles. Cuando el debate parlamentario se hace espectáculo quienes vencen son los cómicos, los payasos, los hombres bala…quien acuda cortésmente vestido e intervenga con mesura, respeto y datos está vendido ante el showman, que acaparará toda la atención. Algunos de estos bufones, que no merecen ser recodados, los han tenido los partidos de siempre pero es ahora cuando han llegado los profesionales del escándalo.

La semana pasada su señoría el diputado Rufián, de ERC, arrasó en la Comisión Parlamentaria por el demoledor y eficacísimo medio de insultar al compareciente, sin dejarle ni hablar ni responder a sus preguntas ¿para qué? si no tenía intención de escucharle. Consiguió su objetivo plenamente, reforzó su imagen entre los suyos y acaparó al día siguiente todas las críticas en los medios, que hablaron muchísimo de él. Mal, pero muchísimo. Tanto hablaron que a algunos les quedó poco tiempo para ocuparse de lo dicho en la comparecencia. La función parlamentaria quedó eclipsada por el bullicio y Rufián ganó.

Hacía unos días que Iglesias también había utilizado una retahíla de improperios uno detrás de otro, al estilo del infantil: caca, culo, pedo, pis y así volvió a las portadas, a los informativos y a las redes sociales. Ganó también, poniéndoles muy difícil a los demás portavoces lograr cualquier atención mediática. 

Su objetivo no es que el Parlamento funcione -eso se la bufa– lo que buscan, y logran fácilmente, es notoriedad

Se equivoca quien piense que estas personas salen perdiendo con su actitud. Su objetivo no es que el Parlamento funcione -eso se la bufa- lo que buscan, y logran fácilmente, es notoriedad, visitas, portadas y likes. Ese es su objetivo. Ningún otro. Y el ruedo más eficaz con el que podrían soñar es un hemiciclo convertido en competición circense a ver quién la hace o dice más grande, porque ahí ganarán siempre.

Así estamos, pero todo comenzó cuando las bancadas de los partidos grandes se creyeron en el derecho no solo de votar y vencer sino también de adornar su poder con el espectáculo de los aplausos. Ahí empezó el tobogán.


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