OPINIÓN

Terrorismo y campaña electoral

Lo que mueve todos estos atentados islamistas es una religión entendida en su más extrema expresión que se cree poseedora de la única verdad revelada y la que, por consiguiente, no admite ni la libertad, ni la ciencia, ni la opinión, ni la diversidad.

Terrorismo y campaña electoral.
Terrorismo y campaña electoral.

El terrorismo no ha irrumpido en la campaña electoral británica. De eso nada. Los dos tipos cuyas caras aparecen estos días en toda la prensa no se han inmolado para que Theresa May saque dos puntos más o pierda cinco contra Jeremy Corbyn. Tampoco la salvajada del Manchester Arena tenía ese objetivo.

Es algo completamente obvio, sin embargo, conviene decirlo porque si uno sigue columnas y tertulias parecería que no es así; que detrás de estos atentados suicidas hubiera una elaborada estrategia, fruto de mentes retorcidas y previsoras, para influir en la marcha de la inminente elección parlamentaria del Reino Unido.

Lo mismo pasó con el atentado de Estocolmo, que no iba contra ninguna acción política concreta de Suecia, aunque algún enterado lo insinuó. Tampoco el yihadista sobrevenido que inauguró el uso de camiones como arma letal en Niza estaba pensando en Hollande, ni en Macron, ni en Le Pen, ni en nada de eso. Lo mismo que los asesinos de Bataclan o el de la feria navideña de Berlín.

Sin embargo, la tendencia a convencernos a nosotros mismos de que el mundo entero y sus habitantes todos giran en torno a nuestras particulares y localísimas preocupaciones de portada y noticiario nos lleva a escuchar tras cada atentado pseudoanálisis alucinados que solo pueden ser producto de nuestro engreimiento. Ese que nos hace pensar que tenemos que ser siempre el centro del mundo. 

No son nuestras preocupaciones, por universales que nos parezcan, el motivo por el que los terroristas islamistas matan muriendo

Un antiguo y destacado militante de ETA, de los juzgados en el Proceso de Burgos, que luego se significaría nítida y largamente contra el terrorismo que él mismo había practicado, me decía hace años que una cosa que le sorprendía muchísimo de “sus tiempos de pistolero” (así lo expresaba) eran las sesudas interpretaciones que los medios y los políticos hacían de los atentados, cuando la verdad -reconocía- era que ellos los realizaban más o menos donde, cómo y contra quien podían. Era la “interpretación estratégica” inventada y publicada a toro pasado lo que les ofrecía a los terroristas el barniz de calidad y de profundidad de la que carecían por completo.

No son nuestras preocupaciones, por universales que nos parezcan, el motivo por el que los terroristas islamistas matan muriendo. No son nuestras acciones, interiores o exteriores, lo que les impulsa. Aunque ellos saben bien que estaremos siempre dispuestos a creernos que somos los peores demonios del mundo, mientras se nos reserve el lugar central en él.

Lo que mueve todos estos atentados islamistas es una religión entendida en su más extrema expresión que se cree poseedora de la única verdad revelada y la que, por consiguiente, no admite ni la libertad, ni la ciencia, ni la opinión, ni la diversidad. Sobre todo, es eso. Y no podemos decir que los europeos lo desconozcamos porque horror causado por el fanatismo religioso no nos ha sido históricamente ajeno. 

De nosotros, los europeos, les molestan muchas cosas, pero especialmente la democracia

Nos atacan exactamente por lo mismo que asesinan por decenas a los coptos en Egipto, por lo mismo por lo que ponen bombas y matan a centenares de musulmanes en el Kabul que no controlan. Les sobra todo el mundo que sea diferente a ellos o no comulgue exactamente con la versión concreta, abrasadora y explosiva de su fe. 

De nosotros, los europeos, les molestan muchas cosas, pero especialmente la democracia, esa misma que nosotros tantas veces nos permitimos despreciar y que ellos simplemente odian, porque es justamente lo contrario de lo que propugnan.

La paradoja es que, después de esos atentados cometidos por personas fanatizadas hasta el punto de morir orgullosos de matar incluso a niños, nunca faltan entre nosotros los analistas dispuestos a explicar y explicarnos las razones y los motivos de la sinrazón, otorgándoles la transcendencia y el valor que no tienen. Lo mismo que pasaba a menudo con los atentados de ETA.


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