OPINIÓN

La pataleta europea contra la reforma fiscal de Trump

Las noticias que vienen de China desde abril confirman que la reforma de Trump, como la de Reagan en su momento, puede abrir una cierta etapa de competencia fiscal internacional que permita reducir los impuestos, al menos a las empresas.

La pataleta europea contra la reforma fiscal de Trump.
La pataleta europea contra la reforma fiscal de Trump. EFE

Finalmente, habemus reforma. Uno de los cambios normativos en materia impositiva más importantes de las últimas décadas, de la economía nacional equivalente al 25% del PIB mundial, la reforma tributaria de la Administración Trump, parece que se aprobará en pocos días. Todos los detalles son desconocidos al tiempo que se escriben estas líneas, pero el acuerdo parece un hecho. Prueba de ello ha sido las hipócritas advertencias desde los eurócratas de la UE y los cinco ministros de las economías más grandes de la Unión (Montoro incluido), amenazando a los republicanos de la posible ilegalidad y perjuicio de aprobar ciertas disposiciones, y de las últimas declaraciones y reformas que ha aprobado el Gobierno chino.

Impuesto sobre la renta personal

Una reforma fiscal de esta magnitud tiene una infinidad de cambios normativos de índole dispar. Tanto en el Impuesto sobre la Renta como en el de Sociedades existe una bajada de tipos nominales que deberá ser combinado con la multitud de modificaciones establecidas para saber si en términos netos será realmente beneficiosa para la población según sus personales características (los impuestos sobre la renta son muy casuísticos, fruto, precisamente, de la enorme complejidad que albergan y que ningún Gobierno quiere eliminar). A todo ello hay añadir los sistemas fiscales de cada Estado de la Unión, por lo que los efectos definitivos serán francamente variopintos. En cualquier caso, parece que la bajada tendrá una fecha de caducidad, porque en unos pocos años deberá anularse. Así es que no parece que haya sido una gran bajada fiscal en la imposición sobre la renta.

Impuesto sobre las empresas

El Impuesto sobre Sociedades es cuestión aparte. Siempre lo ha sido. Las personas, al fin y al cabo, tienen más lazos al territorio donde han nacido o con el que están más ligados cultural y vitalmente, por lo que les es más difícil huir a causa de estas cuestiones. Las empresas, sin embargo, sí pueden movilizar sus recursos, no sólo financieros, para trasladar su actividad a otros territorios. Y es precisamente este aspecto de la reforma el que más pegas merece, y de mayor gravedad.

Bajar el tipo impositivo del 35% al 21% es más que notable. Especialmente teniendo en cuenta a la potencia de la economía estadounidense

Desde luego, bajar el tipo impositivo del 35% al 21% es más que notable. Especialmente teniendo en cuenta a la potencia de la economía estadounidense. Catorce puntos porcentuales de reducción pueden suponer una gran cantidad de recursos en manos de las empresas cuyo efecto el Comité Conjunto de Fiscalidad del Congreso estimó en dos billones de dólares adicionales al PIB estadounidense en diez años (casi un punto porcentual de incremento del PIB al año a causa de esta reforma). Aunque parece que estas estimaciones vienen sesgadas a la baja al considerar en sus cálculos la economía estadounidense como una economía casi cerrada, sin posibilidad de financiar rápidamente desde el exterior ese nuevo crecimiento.

La hipócrita postura europea

Cifras aparte y, sobre todo, el inmenso déficit aparte que abrirá, la reforma supone una amenaza a los infiernos fiscales del resto del mundo. Tan es así que los ministros de las cinco economías más grandes de la UE, España entre ellas, remitieron una carta el miércoles al Secretario del Tesoro de EEUU, en un último y lamentable intento de suavizar la reforma. Patético porque claman contra unas posibles medidas que podrían perjudicar el libre comercio y provocar una doble imposición, cuando lo que realmente está claro que les preocupa es la bajada del tipo impositivo. Una hipocresía que salta a la vista si uno se asoma a los voraces sistemas fiscales europeos. A estas alturas creo que nadie verá a Montoro como adalid contra la sobreimposición.

El resultado será gravar las empresas que compren a otras empresas de su grupo situadas en territorios de baja tributación

Es cierto que si la reforma finalmente se inclina por la propuesta acordada por los republicanos del Senado, aunque menos perjudicial que la versión de la Cámara de Representantes, va a suponer introducir una especie de impuesto o ajuste en frontera: no permitir la deducción de gastos intra-grupo y además aplicar un gravamen del 10%. El mecanismo de aplicación será más complicado que esto pero el resultado será gravar las empresas que compren a otras empresas de su grupo situadas en territorios de baja tributación (aunque la disposición no mencione "baja tributación").

Ojalá las críticas de los ministros europeos fueran todas como las lanzadas a esta propuesta, y no adolecieran de la hipocresía que muestran cuando acto seguido critican la reducción de impuestos que supondría, de aprobarse finalmente, el nuevo régimen de tributación de los ingresos intangibles obtenidos fuera de Estados Unidos, con un tipo impositivo muy bajo.   

El objetivo de los Gobiernos europeos es proteger sus sistemas fiscales cuando lo que deberían hacer es preocuparse en incrementar el nivel de riqueza, de actividad económica, de número de empresas y de empleo en sus países

Al final, obviando la parte técnica, resulta claro y desgraciadamente lamentable que los gobiernos de estos países europeos, incluido el nuestro, que han querido mostrar su pataleta por escrito, tengan por objetivo tratar de reducir la presión que la reforma de Trump ejercerá sobre ellos para que reduzcan el calor magmático de los infiernos fiscales en los que vivimos los europeos. Que el objetivo de los Gobiernos europeos sea proteger sus sistemas fiscales cuando lo que deberían hacer es preocuparse en incrementar el nivel de riqueza, de actividad económica, de número de empresas y de empleo en sus países, no supone más que el intento por mantener una cómoda situación de los enormemente gravosos Estados europeos.

Competencia fiscal internacional

Pero las noticias que vienen de China desde abril confirman que la reforma de Trump, como la de Reagan en su momento, puede abrir una cierta etapa de competencia fiscal internacional que permita reducir los impuestos, al menos a las empresas (es decir, a las personas que forman parte de ellas o se benefician de ellas, incluidas los consumidores y los pequeños accionistas). Y es que varios altos cargos del Gobierno chino ya reconocieron públicamente que sería imposible afirmar que la reforma del Gobierno republicano no tendría efectos en China y su sistema fiscal, y que habría que transformar esa amenaza en una oportunidad. Por de pronto, desde el 1 de diciembre, el Gobierno chino ha reducido los aranceles de 187 productos a menos de la mitad (hasta el 7,3%).

Si todos los países, los bloques de países más importantes comienzan a competir rebajando sus impuestos sobre sociedades, se llegará a no tener impuestos sobre sociedades

Y precisamente, esa es la última crítica, de fondo, que se le hace a esta reforma fiscal: si todos los países, los bloques de países más importantes comienza a competir rebajando sus impuestos sobre sociedades, se llegará a no tener impuestos sobre sociedades. Dejando de lado que esto sería una gran noticia de la que todos nos beneficiaríamos, lo cierto es que no tendría por qué ocurrir porque cuanto menor fuera el tipo impositivo de este impuesto, su importancia con respecto a otros factores se reduciría. Con niveles bajos de este tributo el factor institucional, la complejidad de la economía, la cultura empresarial, la facilidad de hacer tratos, los sectores en los que se está especializado y otros tantos factores cobrarían mayor relevancia y, por tanto, no habría tanta presión para reducir el gravamen sobre las empresas. La extensión de la economía mundial sobre la base de esos otros factores sería lo realmente positivo y beneficioso para todos. Y no lo que sucede actualmente, que las empresas se ven con la necesidad de proteger a sus consumidores, capitalistas y trabajadores (tratando de ser más eficientes y reducir la carga fiscal) de las voraces fauces de los fiscos europeos, y ya no tanto, del Tío Sam.


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