OPINIÓN

Trump, el proteccionismo de todos

Esperemos no regresar al mundo post crack del 29 en donde se llegó a tener aranceles de hasta el 60% sobre más de 20.000 productos.

Donald Trump.
Donald Trump. EFE

Parece como si Donald Trump fuera un alienígena que hubiera irrumpido de la nada en el panorama político mundial dispuesto a dar un giro de 180 grados a la sociedad estadounidense y, en cierto grado, a las del resto del mundo. Pero su auge se explica en parte por las ideas que la mayoría de las sociedades occidentales han mantenido y cultivado durante las últimas décadas, aun a pesar de haberse puesto en práctica, y fracasar.

Más proteccionismo

Tras una primera semana en la que ha confirmado algunas de las promesas electorales, entre ellas, la retirada del Acuerdo Transpacífico (TPP) de libre comercio con una docena de países asiáticos, el mediático presidente ha asestado un golpe de trasnochado mercantilismo que nunca dejó de estar de moda.

No sólo ha sido el magnate, durante la campaña electoral, la propia Hillary Clinton se refirió a la NAFTA como un "error"

De hecho, no sólo ha sido el magnate, durante la campaña electoral, la propia Hillary Clinton se refirió a la NAFTA (el acuerdo con Méjico y Canadá) como un "error" (aunque lo considerara muy positivamente cuando fue vendido como un logro de su marido), pasó de considerar el TPP como el patrón oro de los tratados a oponerse a él y, finalmente, a proponer penalizar fiscalmente a las empresas que trasladaran su actividad afuera. Trump va más allá, y probablemente intente abandonar la Organización Mundial de Comercio y los grandes tratados, amén de imponer aranceles de en torno el 40% a Méjico o China.

Es curioso cómo parte de los analistas quiere minimizar el daño mercantilista de Trump arguyendo que en realidad, y así es, estos macro tratados no son libre comercio completo sino permitido y encorsetado por los Estados. Sin entrar en las consecuencias económicas de abandonar el TPP, que algunos estiman en 123 mil millones de dólares en 15 años y centenares de miles de empleos no creados, sólo hay que atender a las ideas mercantilistas en las que cree Trump para concluir lo que pretende: parcelar estos mega tratados en acuerdos bilaterales para incrementar su poder de negociación e imponer tales ideas al resto de Estados.

Trump, el resultado de nuestras contradicciones

Y es que, como digo, nuestras contradicciones nos han llevado, de nuevo, al surgimiento de un populismo más exacerbado. Trump quiere desregular la economía y bajar impuestos pero implantar acuerdos bilaterales y elevar aranceles, lo que supondrá implantar una variadísima retahíla de impuestos y crear toda una burocracia, legislación y judicialización del comercio (exterior).

Los políticos quieren favorecer la actividad económica pero al mismo tiempo la vilipendian

Los políticos quieren favorecer la actividad económica pero al mismo tiempo la vilipendian. La NAFTA (aprobado finalmente con Bill Clinton) o el TPP (impulsado por Obama) supone la reducción de aranceles pero también la regulación de multitud de actividades y con la intención de proteger a los trabajadores y sectores "estratégicos" (que dan votos) del capitalismo salvaje.

En el interior de los países también se ataca el comercio y se promueve el proteccionismo con fuertes impuestos y agresivas regulaciones que imponen barreras de entrada a los distintos sectores económicos (véase lo que cuesta crear una empresa o poder ofrecer un puesto de trabajo acribillado a impuestos).

Y viene de lejos: incluso la propia Constitución de Estados Unidos no sólo garantiza un poder fiscal total al Gobierno federal sino que expresamente capacita al Congreso a que regule el comercio exterior con otras naciones y con las tribus indias. Algo letal porque hizo posible que durante el siglo pasado éste otorgara casi plenos poderes al Presidente en este área. (Una prueba más de que las constituciones no son la salvaguarda frente al poder.) Se dice que la idea era permitir el libre comercio entre los estados. Sin embargo, el laissez faire todavía no estaba de moda, Adam Smith estaba por llegar, y los papeles federalistas y anti-federalistas reflejaban las ideas mercantilistas de la época. La idea, reconocida por Alexander Hamilton (véase el ensayo número 11), era cartelizar esta política pública para poder imponer aranceles al resto del mundo (quizá también nos suene a la Política Aduanera Común de la UE).

Su 'America First' es tan absurdo que si se cumpliera a rajatabla sería lo mismo que querer exportarlo todo

Vemos a Trump como una rara avis, pero es tan fruto del sistema que instituciones tan protegidas y subvencionadas como los actuales sindicatos le aplaudieron efusivamente cuando éste les anticipó en su reunión este lunes que iba a acabar con el TPP.

También se le ve como un outsider, al fin y al cabo no es un político, es un empresario exitoso. Todo lo cual se desvanece desde el primer momento en el que lanzó sus promesas electorales y, como todos ellos, su único objetivo es asegurarse los votos para su próximo mandato. Es decir, compra de votos mediante sus políticas, establecimiento de su propia red clientelar, por ejemplo entre los trabajadores del medio oeste americano o los de las factorías de Detroit. Es lo que utiliza el populismo, no sólo en tiempos de crisis, también en bonanza. Trump se ha servido de parte del pensamiento dominante actual.

El absurdo mercantilismo

Su America First es tan absurdo que si se cumpliera a rajatabla sería lo mismo que querer exportarlo todo, y no importar nada. La idea, con tanto respaldo, de proteger a los trabajadores de, en este caso, la industria del automóvil merecería ser repensada después de la historia que utiliza David Friedman para explicar el libre comercio: hay dos opciones para producir automóviles, una, en las factorías de Detroit, y la otra, en los campos y cultivos de Iowa. ¡¿Cómo?! Sí: se prepara el campo, se siembra el trigo y se espera unos meses. Luego se manda ese trigo con unos barcos a un sitio que se llama Japón y esos barcos vuelven con coches (la teatralización es mía). Proteger a los trabajadores de las fábricas de Detroit es atacar a los trabajadores de Iowa, pero como decía el siempre mentado Bastiat, lo que se ve y lo que no se ve juega un papel de primer orden en las políticas públicas, la democracia y el poder (de ello se aprovechan nuestros, constantemente, respaldados políticos).

Esperemos no regresar al mundo post crack del 29 en donde se llegó a tener aranceles de hasta el 60% sobre más de 20.000 productos

Trump se defiende en que no quiere comerciar con naciones que produzcan basándose en el "ahorro del trabajo" (labor-saving) vía salarios bajos eminentemente. Un despropósito porque no sólo el comercio exterior sino todo comercio, por definición, pretende ahorrar trabajo en el sentido de ser más eficientes. Podríamos lograr ipso facto más que el pleno empleo si decidiéramos dejar de intercambiar y dedicarnos a producir todos nuestros propios alimentos individualizadamente. Pero esta absurdidad no permitiría que, con la división del trabajo, del capital y del conocimiento, es decir, del comercio, cada uno se especializara en una actividad y con ella poder ser más productivos para tener más bienes y servicios al alcance, y elevar el nivel de vida.

Y, siguiendo a Friedman, el comercio, interior o exterior, es una forma de tecnología: vendemos y compramos tecnología (Estados Unidos puede vender tecnología de la información y comprar automovilística). El mercantilismo (de Trump), por tanto, no es más que un trasnochado ludismo, que se está revitalizando, también, con el miedo a que los robots nos quiten el trabajo (igual que los inmigrantes, otra gran contradicción: los favorables a la inmigración no quieren liberalizar el mercado interior para poder absorberla, y, al contrario, parte de los desfavorables a la inmigración, como Trump aparentemente, apuestan por impuestos bajos y desregulación -mención aparte el tema de la seguridad-).

Conclusión

Esperemos no regresar al mundo post crack del 29 en donde se llegó a tener aranceles de hasta el 60% sobre más de 20.000 productos, con una consiguiente contracción del comercio mundial del 60%. Pero con la deriva intervencionista que los gobiernos y sociedades han experimentado desde hace décadas y, especialmente, durante la crisis, no sorprende que terminen aplicándose políticas contra el mercado libre, pues esa evolución política siempre se dará mientras no resolvamos las mencionadas contradicciones.


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