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China, un camino en la cuerda floja

Ninguna otra economía genera al mismo tiempo tanto asombro y escepticismo como China. Lo que el país asiático ha logrado durante los últimos 20 años prácticamente no se puede comparar con ningún otro país de su tamaño. En términos relativos, India y China mantenían niveles similares de producto interior bruto (PIB) en 1990. Hoy, sin embargo, el PIB chino ha cruzado la marca de los 11 billones de dólares, casi cinco veces el tamaño económico de la India, a pesar de que el crecimiento del PIB nominal de la India ha sido de alrededor del 10% durante gran parte de la última década.

El punto de inflexión en la trayectoria de crecimiento de China se produjo con su entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), a finales de 2001. La cuota del país en las exportaciones mundiales saltó de un 3% en 2001 a más del 13% en 2015, gracias a la competitividad de China, ya que las compañías han descubierto una nueva localización para producir sus bienes.

El tan comentado modelo de crecimiento basado en exportaciones afrontó un importante reto tras las crisis financieras de 2008 y 2009, cuando la demanda agregada de los países desarrollados se desplomó. Ante el estancamiento de los salarios y la elevada carga de deuda, los hogares de los países desarrollados emprendieron un período de varios años de desapalancamiento.

El firme enfoque de crecimiento que funcionó maravillosamente en la década de los 90 y de 2000 se ha convertido desde entonces en un hándicap para China, en cuanto a que las exportaciones han cedido el paso a las infraestructuras como el principal motor de crecimiento. Aunque no ha vuelto a repetirse el enorme estímulo a infraestructuras que se hizo en 2009, los pequeños incentivos de inversión aprobados puntualmente han llevado a una situación en la que la relación capital/producto se ha deteriorado a 6,5 en 2015 de un promedio de 3 en 2007, ya que la relación deuda/PIB se ha disparado más del 70% hasta el 260% durante el mismo período. Dicho esto, se avecina una acusada sobrecapacidad en industrias pesadas como las del acero, el cemento, el aluminio y el carbón, en las que los gobiernos provinciales han priorizado la producción y el empleo sobre la estabilidad.

La prueba definitiva

Los años 2017 y 2018 supondrán, probablemente, la prueba de fuego real de China. El auge del 'Trumpismo', sinónimo de proteccionismo, es sintomático de problemas que acechan a todos los líderes políticos: cómo crear empleos dentro del país y mantener a la inquieta población satisfecha. Incluso el Primer Ministro Modi está bajo escrutinio, a pesar de su gran victoria en 2014, por no haber podido crear el empleo suficiente para cubrir los diez millones de nuevos puestos de trabajo que India requiere cada año. En los próximos años, es probable que las barreras tarifarias globales aumenten en lugar de disminuir y las economías como China, que son las más beneficiadas en las décadas recientes, se enfrentarán a la mayor presión. Además, el modelo de crecimiento chino basado en la inversión también está alcanzando sus límites. Aunque los gastos más elevados destinados al desarrollo del metro y a proyectos medioambientales pueden ser útiles, no se puede decir lo mismo sobre los pregonados proyectos de acuerdos público-privados en el sector social donde las fuentes de ingresos son menos claras.

El desafío para el liderazgo en China es ser conscientes de que de los tres factores de crecimiento del PIB -capital, trabajo y productividad- dos de ellos casi se han agotado: el trabajo, por la caída de la población activa, y el capital debido a la sobreinversión. Por lo tanto, un aumento de la productividad es la manera de salir más fuerte de estos desafíos. Las reformas de la oferta que empezaron en 2016 son un paso positivo, aunque los recortes en la oferta necesitan ser más significativos e ir más allá de los sectores del acero y del carbón. El cambio de deuda por acciones, aunque es bueno para mitigar las cargas de intereses, no debería ser un pretexto para mantener vivas a las compañías zombi. Lo que es más importante, hay que abandonar la obsesión con los objetivos de PIB: los ciclos económicos son saludables ya que previenen la acumulación de excesos.

Dejando a un lado los temas de crecimiento, la estabilidad macroeconómica o del renminbi (RMB) serán plenamente vigiladas en 2017 y 2018. Los riesgos se originan más en el ámbito local que en el extranjero, pues la población china todavía ve al RMB vinculado al dólar en lugar de a una cesta ponderada de divisas. Un superávit mensual de 30.000-50.000 millones de dólares proporciona suficiente munición para la estabilidad del RMB. Sin embargo, es importante que las autoridades del gobierno, en su defensa demasiado entusiasta de las reservas de divisas extranjeras, no generen escasez de dólares y un innecesario sentimiento de pánico en el sistema.

La retórica alrededor del proteccionismo se ha intensificado aún más con la elección de Donald Trump. China se ha comportado de forma madura al defender su compromiso con la globalización en el Foro Económico Mundial de Davos. Sin embargo, esto debe ir más allá de las palabras; apuntar hacia la apertura real de los sectores y mejorar la capacidad de las compañías extranjeras para hacer negocios.

La próxima revolución industrial

A pesar de los obstáculos que suponen las barreras comerciales y la sobreinversión, hay aspectos bastante buenos en la historia de China para mantener el optimismo. El gasto en investigación y desarrollo se incrementó hasta diez veces en la última década y el peso de China en el registro de patentes mundial saltó del 4% en 2004 al 35% en 2014.

Este énfasis en ser el líder tecnológico en lugar de un imitador garantizará que el país esté al frente en la próxima revolución industrial de robótica y el internet de las cosas, tras 2020. Es en los años intermedios cuando el liderazgo chino tendrá que navegar con destreza por los agitados mares, actuando con madurez y manteniendo la calma ante cualquier provocación. 


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