OPINIÓN

¿Por qué no se reducen las diferencias regionales?

El apego a la tierra y a la familia es un activo, pero no es menos cierto que, a veces, se convierte en un hándicap.

La movilidad es la clave.
La movilidad es la clave. Europa Press

Para el próximo martes 17 de enero está convocada la Conferencia de Presidentes de las CCAA, en la cual se debatirán asuntos varios que les competen. Se hablará de empleo, de crecimiento económico, ciclo, y de los retos de la Unión Europea y cómo esta les puede afectar. Se hablará de financiación regional y dependencia. Se hablará de despoblación y servicios públicos. Será sin duda interesante lo que de ella pueda salir, y qué conclusiones podamos extraer.

Por esta razón, es un momento propicio para reabrir el debate sobre desigualdades regionales y su proceso de convergencia. Debate que encuentra en el análisis académico un buen referente con una ya larga tradición. Muchos estudios de economistas “regionales” han permitido entender las razones de las diferencias entre regiones, de su evolución así cómo comprender qué políticas podrían permitir reducir dichas disparidades.

Desde bien entrado los años ochenta, la convergencia entre las regiones españolas prácticamente no ha existido

Gracias a ello, desde hace décadas, tanto las administraciones españolas como las europeas han llevado a cabo un enorme esfuerzo para reducir estas disparidades. Sin embargo, la impresión que trasciende es que dichas políticas parecen no haber alcanzado un aparente éxito. Aunque sin ellas es muy probable que las diferencias hubieran aumentado, no es menos cierto que las regiones parecen mantener sus diferencias sin que en los últimos tiempos hayamos asistido a una reducción de las mismas.

Los datos son elocuentes. Desde bien entrado los años ochenta, la convergencia entre las regiones españolas prácticamente no ha existido. Desde hace muchos años y con los datos de la Contabilidad Regional de España, se calcula la dispersión del PIB per cápita regional para cada año, a través de una sencilla desviación estándar, lo que nos permite visualizar las divergencias entre regiones y su evolución en el tiempo. Para que se hagan una idea, esta desviación es simplemente una medida de lo “separadas” que están las regiones respecto a un punto medio o central, en este caso el PIB per cápita español. Así, si esta desviación es elevada o crece, significa que las diferencias son elevadas o aumentan respectivamente. Al contrario, si la desviación es baja o se reduce, significa que las diferencias entre regiones son escasas o que estas se reducen respectivamente. Es este pues un indicador interesante dada su sencillez y como punto partida de un debate y un análisis que posteriormente pretenda ir hacia una mayor profundidad.

Desde 1988 esta convergencia no ha existido

El gráfico adjunto muestra varias series. La línea azul representa la evolución de esta desviación estándar del PIB per cápita para las regiones españolas desde el año 1964. Ciertamente es un análisis a muy largo plazo, pero muy interesante para conocer, no solo la evolución desde dicho año, sino además en qué situación nos encontramos. La evolución de la desviación, también llamada convergencia sigma por el hecho de que mide convergencia o divergencia y porque sigma es la letra griega con la que solemos nombrar a la desviación típica, nos informa que en los años previos a los ochenta la convergencia fue intensa. Así, las diferencias entre regiones se redujeron de forma considerable en las dos décadas anteriores. Si transformamos el valor de esta desviación a 100 en el año 1964, en 1988 la divergencia era 60, es decir, un 40 % menor que tan sólo 24 años antes. Sin embargo, y como he adelantado, desde 1988 esta convergencia no ha existido. Desde entonces, las diferencias entre regiones se han mantenido en el entorno de 60. Llevamos pues casi treinta años en una situación de status quo. Visto esto, la pregunta pertinente es qué ha podido pasar.

Convergencia en PIB per cápita.
Convergencia en PIB per cápita. A.H.

Fuente: BDMores, Contabilidad Regional de España y elaboración propia (@manuj_hidalgo)

Para poder centrar el debate, en el mismo gráfico se dibujan otras dos líneas que nos pueden dar pistas sobre las causas de este estancamiento. El PIB per cápita, cuya divergencia regional se medía por la línea azul, se puede obtener a partir de otros dos ratios: la productividad y la tasa de ocupación. Para que lo entiendan, los ingresos por persona (PIB per cápita) dependen tanto del ingreso por trabajador (productividad) y del número de trabajadores que haya por persona (tasa de ocupación). Así, las diferencias regionales en PIB per cápita dependen de las diferencias en productividad y en tasa de ocupación.

Pues según estos datos, la convergencia en productividad parece haber continuado al menos hasta 2008, eso sí con una menor intensidad en los años previos a la crisis. No parece por lo tanto que la mejora del tejido productivo de las regiones menos avanzadas se haya frenado como podría derivarse con lo contado anteriormente. Esto es importante en el debate, pues no parece que las políticas regionales aplicadas no hayan tenido cierto éxito. No hay duda que pudieran haber sido mejores y más efectivas, pero no podemos afirmar que las diferencias en los tejidos productivos no hayan seguido reduciéndose hasta casi el día de hoy. Todo ello a excepción hecha del efecto que la Gran Recesión parece haber creado. Aunque esta evolución en los años recientes tampoco es de extrañar.

Sin embargo, la tasa de ocupación claramente diverge desde finales de los ochenta. Desde entonces, las diferencias en tasa de ocupación regional han oscilado, pero siempre en valores elevados comparado con lo observado en las décadas anteriores. Por lo tanto, la no convergencia regional se explica prácticamente en su totalidad por la divergencia en tasa de ocupación. La nueva pregunta es ¿por qué ha sucedido esto?

Una región con elevado desempleo exportaba mano de obra desempleada a regiones con menor desempleo, provocando la convergencia en tasa de ocupación

Es complicado encontrar una respuesta, pero existen candidatas. Sabemos que hasta bien entrados los ochenta, los movimientos poblacionales (migraciones) entre regiones eran intensos. Sin embargo, las migraciones se frenaron en dicha década. Antes, en los sesenta y setenta, estas migraciones entre regiones ayudaron a la convergencia. Una región con elevado desempleo exportaba mano de obra desempleada a regiones con menor desempleo, provocando la convergencia en tasa de ocupación y por ello en PIB per cápita. Sin embargo, este mecanismo paró en seco en los ochenta. Las diferencias en empleo se han mantenido muy estables entre las regiones. ¿Por qué dejaron de fluir las migraciones entre las regiones españolas? Existen varias posibles respuestas.

En primer lugar, el mismo estado de bienestar reduce los incentivos a la movilidad. Su consolidación durante la década de los ochenta puede explicar paradójicamente el mantenimiento de las diferencias regionales en renta. En segundo lugar, las bajas expectativas de encontrar empleos bien remunerados reducen de nuevo los incentivos de búsqueda, más aún si esta implica movilizarse a otra ciudad o región. El elevado peso de la temporalidad puede ser una explicación. En tercer lugar, la red de apoyo familiar en los ochenta y desde entonces no es la misma que en los cincuenta y sesenta. En cuarto lugar y quinto lugar, la rigidez del mercado de trabajo o el cambio en la estructura de la riqueza, con una sociedad más sesgada por la propiedad que reduce además la movilidad del factor trabajo. En sexto lugar, y como me recuerda mi estimado Jorge Díaz, la creación de diecisiete administraciones regionales pudo generar una atracción de mano de obra regional que sin ella muy bien hubieran necesitado salir a otros lugares en busca de empleo. Todo ello, y posiblemente más explicaciones, han podido provocar que las diferencias en tasa de paro se mantengan en el tiempo, impidiendo la convergencia en tasa de ocupación.

En definitiva, si debemos llevar cabo una verdadera política territorial que permita disminuir las diferencias regionales en términos de PIB per cápita deberíamos dedicar parte de ellas a incentivar la movilidad con políticas laborales, de ayuda a la movilidad, reconsiderando la política de vivienda, etc… Políticas de apoyo a la producción y de la actividad son necesarias, pero es un error creer que solamente así se solucionarán las divergencias. El apego a la tierra y a la familia es un activo, pero no es menos cierto que, a veces, se convierte en un hándicap. Todos debemos valorar lo que nos conviene, y a veces, aquello que es mejor para nosotros no lo tenemos cerca de casa.


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