OPINIÓN

¿Una razón para financiar la educación de otros? El egoísmo

Creer que facilitar el acceso gratuito a los libros es injusto es consecuencia de un pensamiento simple y llano. Es creer que somos amebas que paseamos por un mundo donde nuestros impulsos primarios solo nos permiten comernos unos a otros. La competencia es buena, pero la colaboración también.

¿Una razón para financiar la educación de otros?  El egoísmo.
¿Una razón para financiar la educación de otros? El egoísmo. EFE

La gratuidad de los libros de texto es ya una realidad para los escolares de la Comunidad de Madrid. Este avance, existente ya en otras comunidades, representa un logro social. Que se facilite el acceso a los mismos a aquellos que anteriormente debían hacer un importante esfuerzo económico supone una mejora, aunque sea marginal, del bienestar presente y futuro de todos los madrileños. Porque es esta una mejora que beneficia a todos. Sí, incluso a aquellos que tengan que “aportar” recursos para que otros puedan “recibir”. Porque cuando la educación llega a todos, somos todos los que nos beneficiamos.

Todo lo que suponga facilitar y mejorar la educación de todos los españoles es una apuesta segura. Es una inversión en el bienestar general

Hay muchas razones que justifican esta afirmación. Por ejemplo, mejorar la educación es condición necesaria para tener instituciones públicas de calidad y, también, menos corruptas. Además porque el beneficio de la educación es económicamente positivo, tanto porque eleva los ingresos esperados como porque reduce ciertos costes sociales. Así pues, todo lo que suponga facilitar y mejorar la educación de todos los españoles es una apuesta segura. Es una inversión en el bienestar general de todos. 

Y es que últimamente ciertos grupos libertarios han calentado el debate sobre la justicia o injusticia de que algunos financiemos la educación de otros a pesar de que estos no se puedan procurar los medios para ello. Su principal argumento es que nada es gratis (chapó por este alarde analítico) y como nada lo es, los libros de estos niños deberán ser financiados por un Estado (nosotros) que en su maldad extraerá recursos, robará, de ejemplares y esforzados ciudadanos construidos así mismos sin ayuda de nada ni de nadie.

Pero a menos que reflexionemos con un escaso tercio de nuestro córtex frontal, podremos entender que este argumento es lineal, simple, ingenuo, limitado y absurdo. Representa una clara incapacidad para entender que los beneficios de una educación universal repercute en todos. Y sí, aunque esto implique que esta deba ser “gratis” para un amplio grupo de la población. Y sí, aunque los que hemos tenido más suerte, o hemos sido agraciados por el preciado don de la perseverancia, de la responsabilidad, del esfuerzo, sacrificio, o simplemente porque nuestros padres pudieron, o porque heredamos, por todo ello o por nada, financiar la educación de otros es bueno para uno mismo. Simplemente porque invertir en la educación de otros retorna en nuestro beneficio, incluso económico.

Es decir, si el egoísmo fundamenta nuestro análisis de la realidad, si es lo que guía o construye nuestro pensamiento, nuestro comportamiento, nuestra razón de ser, incluso en ese caso existen justificaciones por las que debemos facilitar la educación de los demás con parte de nuestros recursos.

Por ejemplo, en estos días hemos sido testigos de la aparición de nuevos presuntos casos de corrupción, esta vez incluso implicando a grupos políticos que supuestamente habían llegado a combatirlo. Otros han sido desestimados y otros han sido cerrados con absolución. La reciente moción de censura de Podemos tenía como eje articulador la corrupción del partido en el gobierno. En el CIS, la corrupción se sitúa como segundo principal problema en España tan solo después del desempleo. Y sin duda, la corrupción corroe y genera costes económicos y sociales.

No son pocos los trabajos que plantean la vinculación entre nivel educativo, calidad institucional y corrupción

Luchar contra la corrupción es complejo. Es evidente, en primer lugar, la necesidad de un control institucional óptimo y la fiscalización de las actividades públicas por las vías necesarias. Pero una buena política de lucha contra la corrupción es precisamente la inversión en educación. No son pocos los trabajos que plantean la vinculación entre nivel educativo, calidad institucional y corrupción. Por ejemplo, Piergiuseppe Fortunato y Ugo Panizza mostraron en un trabajo de 2015 que la relación positiva entre educación y democracia (y su calidad) está fuera de dudas. Mausumi Das, Adway De, Skand Goel y Tridip Ray muestran que a mayor y mejor educación mejor provisión de bienes públicos y menor corrupción. Por lo tanto, una política de largo plazo para luchar contra la corrupción puede ser invertir en una educación de calidad. El bienestar de todos mejorará con la calidad de nuestras instituciones.

Si esto aún no les convence, hablemos de dinero. Y es que educar es rentable económicamente, y lo es para todos. Si me disculpan el autobombo,  no hace mucho me publicaron un artículo junto a un buen colega y coautor mío, Walter García-Fontes. En este artículo estimábamos qué efectos tenía la educación en la renta de los individuos españoles. Nuestro análisis, uno más de una extensa literatura, pretendía estimar la rentabilidad, tanto individual como social, de mayores niveles educativos medios.

Un año medio más de estudios para la población española elevaría la renta total sobre un 9%

El elemento fundamental que explica que la inversión pública en educación es rentable son las externalidades. Estas implican que un año más de educación de un individuo no solo beneficia a este, sino a quienes conviven con él, tanto en lo personal como en lo laboral. Así, nuestras estimaciones determinan que un año medio más de estudios para la población española elevaría la renta total sobre un 9 %. Es decir, en lenguaje muy al gusto de los libertarios, la educación se financia por sí sola a largo plazo.

En el preciso instante que existen externalidades, el Estado no solo tiene la oportunidad sino la obligación de procurar esta financiación. Es un óptimo social. El hecho de que sea necesario internalizar estas externalidades, mediante subvenciones, justifica no solo la intervención sino la providencia de fondos públicos para satisfacerlo.

La necesidad de financiar con fondos públicos una educación universal solo es negada por aquellos que simplifican el debate

El cómo se haga es otro discurso, otro debate. Colegios públicos, privados subvencionados, cheque escolar, libertad de elección, cooperativas, programas, autonomías, etc. Estas cuestiones son el siguiente paso, la siguiente razón de intervenir (o no). Pero la necesidad de financiar con fondos públicos una educación universal solo es negada por aquellos que simplifican el debate, aquellos que no quieren entender que las externalidades deben entrar en la ecuación, en la lógica.

A esto sumen efectos positivos en seguridad, salud, etc. Todo son beneficios pues se reducen costes económicos y sociales. Elijan la razón, la que quieran. No hace falta siquiera hablar de derechos. Tienen muchas otras razones, incluso egoístas. No sean binarios.

Así que creer que facilitar el acceso gratuito a los libros es injusto es consecuencia de un pensamiento simple y llano. Es creer que somos amebas que paseamos por un mundo donde nuestros impulsos primarios solo nos permiten comernos unos a otros. La competencia es buena, pero la colaboración también. Colaboremos porque otros puedan tener aquello que debe ser lo más ansiado por todo ser humano, su educación.


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