OPINIÓN

Del imparable cambio tecnológico al imprescindible pacto educativo

Ante la imparable revolución tecnológica, tanto los padres como las propias administraciones debemos saber que la educación es el mayor regalo que podemos hacer a los más jóvenes.

Jóvenes y tecnología.
Jóvenes y tecnología. Samuel Zeller

El avance tecnológico es imparable. Quien quiera enfrentarse a él no tendrá más remedio, tarde o temprano, que reconocer su derrota. Y no ya porque vivamos en un mundo globalizado donde la competencia puede sacarnos del terreno de juego, sino porque la tecnología ha hundido profundamente sus raíces en nuestro estilo de vida. No asumirlo es mirar hacia otro lado. Es esconder la cabeza en un agujero de irrealidad. Ya no solo es la uberización de la economía. Es la simplificación de la vida misma por lo que muchos de nosotros estamos dispuestos a adquirir nueva tecnología. Y esto a pesar del coste social o humano que pueda suponer.

Cuenta la leyenda que allá por el siglo XVI, la reina Isabel I de Inglaterra mandó decapitar a un sastre que decía haber inventado una máquina que ahorraría mano de obra

Porque sin duda alguna habrá un coste. Cuenta la leyenda que allá por el siglo XVI, la reina Isabel I de Inglaterra mandó decapitar a un sastre que decía haber inventado una máquina que ahorraría mano de obra. Su invención, decía, permitiría obtener telas más baratas, de mayor calidad y al alcance de todos. La Reina creyó que, dado que la industria textil era una de las más florecientes de su reino, la protegería a esta y a sus trabajadores impidiendo no solo el uso de tal invento sino incluso impidiendo que su promotor siguiera con vida.

Ciertamente se trata de una leyenda. La reina Isabel no decapitó al inventor, William Lee, creador del Stocking Frame, una máquina para tejer medias. Lo que sí hizo, no obstante, fue denegar la patente, por lo que Lee se aventuró en Francia a desarrollar su nueva visión del negocio. Las razones que movió a la Reina Virgen a tomar tal decisión fue, desde luego, la de proteger a la mano de obra, especialmente femenina, que trabajaba en dicho sector productivo.

Lo cierto es que, desde el neolítico, desde que el homo sapiens se asentara en poblados para domesticar el cereal (o ser domesticados por dicho producto, según Yuval N. Harari) o el ganado, el desarrollo de la humanidad y su bienestar han ido de la mano del avance tecnológico. La tecnología permite hacer lo mismo con menos recursos, tanto físicos como energéticos, y tiempo. La tecnología ha permitido ahorrar tiempo en la fabricación de aquello que necesitamos y disponerlo así para otras actividades, como son por ejemplo ir al cine, salir de copas o simplemente pasear un domingo por el campo. Esto ha sido única y exclusivamente gracias a la mejora de la productividad y esta a su vez gracias al ingenio humano, mezclado adecuadamente con otros factores tales como las instituciones sociales, políticas y alguna que otra pizca de suerte.

Al igual que con la globalización, la introducción de las nuevas máquinas o procesos tecnificados tiene ganadores y perdedores

En todo este tiempo, sin embargo, al igual que la reina Isabel, siempre ha habido gente que ha contemplado con recelo los avances tecnológicos. En muchos casos se debió a fuertes creencias religiosas -máquinas inventadas por el diablo-. Otras veces porque, como argumentaba el desdichado señor Lee, se ahorraba mano de obra y esto, evidentemente, atentaba contra el sustento de aquellos que perderían su empleo por culpa de la maléfica máquina. Sea como fuere, siempre ha habido obstáculos para el desarrollo tecnológico.

La presentación esta semana del nuevo supermercado de Amazon (Amazon Go) ha reavivado el debate. Imagino a miles de cajeros y cajeras de supermercados cuyo estómago habrá dado un vuelco al ver tal “despropósito”. Y debemos entenderlo. No debe ser agradable pensar que tu empleo pueda estar amenazado por la tecnología. Al igual que con la globalización, la introducción de las nuevas máquinas o procesos tecnificados tiene ganadores y perdedores. Obviar esto último es irresponsable y peligroso.

Siempre ha sido así, siempre ha habido damnificados que han tenido que buscar sustento en otros empleos. Siempre ha habido quienes han tenido que re-inventarse o re-educarse como consecuencia de la tecnología. Podríamos pensar que siempre ha sido así y que siempre lo será. Pero esta vez, como si la historia se resistiera a repetirse, hay algo diferente en el ambiente. Parece que esta vez las consecuencias parecen ser algo más originales.

La introducción de la máquina de vapor y los grandes telares en la primera revolución industrial tuvo un efecto igualitario, aunque en un principio apelotonara a los trabajadores en la parte más baja de la distribución de la renta

La introducción de la máquina de vapor y los grandes telares en la primera revolución industrial tuvo un efecto igualitario, aunque en un principio apelotonara a los trabajadores en la parte más baja de la distribución de la renta. Esta primera revolución provocó la desaparición de talleres y gremios especializados. Una pequeña clase media que sobrevivía a lo largo de los siglos gracias a la herencia de derechos y a un férreo control de entrada. La tecnología sustituyó al capital humano. Las nuevas industrias empobrecieron a gran parte de estos artesanos, destruyeron empleo altamente cualificado, llevándolos a convivir en la búsqueda del pan con aquellos nuevos proletarios, no cualificados, y que llegaban del campo en busca de una mejor vida en las nuevas ciudades industriales.

Aquella revolución industrial, que creó a la nueva burguesía capitalista, avanzó y mediante los mismos procesos de desarrollo tecnológico, permitió que aquellos sacrificados fueran poco a poco integrándose en el bienestar que la mejora tecnológica había permitido. Que el crecimiento de la productividad había permitido. Además, la orientación cada vez más social de los gobiernos ayudó a la integración de estas nuevas clases sociales mediante la implementación de ayudas redistributivas.

En esta porción de historia que nos toca vivir, el cambio tecnológico está siendo sin embargo más áspero. A diferencia de igualar por la parte media baja como ocurrió durante el siglo XIX, en este caso favorece la polarización. A diferencia de anteriores revoluciones, beneficia a aquellos con cualificación, principalmente cognitivas, frente a los que no las poseen. La tecnología complementa la cualificación. Mientras, aquellos que aprendieron sus tareas a base de repetirlas han perdido o van a perder su empleo, por lo que su nivel de vida no mejorará a menos que consigan reciclarse. Si a esto unimos los efectos de una globalización y de una revisión del papel del Estado y de sus políticas de redistribución, tenemos como consecuencia un cóctel de fácil interpretación.

No preparar a la población para el cambio que no solo ya se está produciendo, sino que seguro continuará, será permitir que la desigualdad aumente

Frente a esto solo nos queda una esperanza: la educación. Por un lado, en un interesante trabajo, Daron Acemoglu explica cómo es el capital humano, en parte educación, lo que fomenta la adopción de nuevas tecnologías. Pero no solo facilita la mejora tecnológica, sino que la hace más inclusiva. La literatura más reciente nos dice que, primero mediante la sustitución de tareas rutinarias y luego mediante el impulso de tareas cognitivas basadas en la computerización, los ganadores de este proceso de cambio serán aquellos más preparados.

Por otro lado, los diferentes informes PISA nos ponen de manifiesto que queda mucho trabajo por hacer y que además existe una enorme desigualdad territorial y por nivel de rentas en España. No preparar a la población al cambio que no solo ya se está produciendo, sino que seguro continuará, será permitir que la desigualdad aumente en muchas de sus dimensiones posibles. Las consecuencias de ello serán seguramente dañinas para la economía, la convivencia e incluso para la propia democracia.

Por todo ello, es fundamental adoptar políticas educativas que tengan presente este cambio. Tanto los padres como las propias administraciones debemos saber que la educación es el mayor regalo que podemos hacer a los más jóvenes. Es lo que les hará libres. No porque sepan quién fue William Lee, que también, sino porque les permitirá adquirir habilidades que puedan utilizar en cualquier situación, estén previstas o estén por venir. La educación debe formar a la gente en capacidades cognitivas y no cognitivas. Ese debe ser el objetivo. Ofrecer tales enseñanzas debe ser la responsabilidad de las familias con sus hijos, y la de quienes tienen la responsabilidad de ofrecer educación para con sus alumnos. El Estado debe ofrecer un marco legal y social que lo facilite. No pueden fallar como llevan haciéndolo treinta años. Debemos exigir un pacto de Estado para la educación que tenga en mente los retos que el futuro nos depara. Un pacto global, razonado pero ambicioso, ¡ah!, y estable.


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