OPINIÓN

El error Montoro o por qué hay que reformar el IVA

Plantear una reforma del IVA nos permitiría tener un sistema fiscal más eficiente, transparente y suficiente. Pero para eso necesitamos un ministro de Hacienda que antes de pensar que el único que tiene razón es él, considere, al menos, la posibilidad de debatir otras opciones.

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro.
El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. EFE

Nuestro ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, nos ha asegurado que a pesar de lo que recomiendan el FMI, la Comisión Europea y la OCDE, no tiene previsto reformar el IVA para aumentar su recaudación. Más aún, el señor ministro asegura que estas recomendaciones son erróneas, cerrando cualquier posible discusión o debate. Sin embargo, debiera el señor ministro cuando menos considerar que con cierta probabilidad es él quien yerra. Desde luego no sería la primera vez. Al contrario que el señor ministro, y como ya he defendido en otras ocasiones, quien le escribe opina que sí sería una buena idea reformar este impuesto.

Mi objetivo hoy es pues defender mi opinión. Explicar por qué creo que es el señor ministro quien se equivoca. Para ello, voy a desarrollar mi argumento a través de cinco puntos enlazados, con los que espero clarificar las razones por las que muchos consideramos necesario elevar la recaudación por IVA.

1. El problema fiscal español es de ingresos, no de gasto

No voy a reproducir en este texto cifras consabidas y de común conocimiento, pero es evidente que el déficit de las administraciones públicas españolas se explica en gran parte por un desplome de los ingresos fiscales como consecuencia de la crisis de 2008. Podríamos argumentar que no tenemos una economía capacitada para la obtención de los ingresos necesarios con los que sostener un elevado gasto público. Pero ante esta argumentación existen varias cuestiones que hacen dudar que la misma sea coherente con la realidad. La primera de ellas, que nuestro gasto es inferior a la media europea, incluso inferior al de algunos países “comparables”. Segunda, que la evolución de los ingresos fiscales en España son mucho más procíclicos que la media europea, lo que demuestra un diseño deficiente que debe ser abordado. Tercero, que la baja recaudación se identifica especialmente en algunos impuestos y no necesariamente para el conjunto del sistema. Por lo tanto, el problema es evidentemente de diseño, algo que podemos solucionar si queremos.

2. La progresividad de un sistema fiscal debe valorarse en su conjunto

En segundo lugar, los sistemas fiscales deben ser progresivos (redistributivos) en su conjunto. Por ello es necesario que el sistema complemente adecuadamente impuestos progresivos, como el IRPF o patrimonio, con los de mayor carácter regresivo, como el IVA o los Impuestos Especiales. Además, para alcanzar tales objetivos es necesario dar protagonismo al gasto como herramienta de igualación de rentas. Por ello, debemos dejar de obsesionarnos si algunos de los impuestos son más o menos progresivos, y preguntarnos si lo es el conjunto del sistema.

Respecto a la posible reforma del IVA, su carácter regresivo no debiera ser un argumento en contra de aquellos que defienden la necesaria redistribución

Por lo tanto, respecto a la posible reforma del IVA, su carácter regresivo no debiera ser un argumento en contra de aquellos que defienden la necesaria redistribución. Más bien al contrario, puede ser un buen recurso con el que dotarse de ingresos extras con los que posteriormente mejorar la redistribución vía gasto.

3. Si el protagonismo en la redistribución es el gasto, debemos diseñar impuestos eficientes y que recauden el máximo posible

Pues bien, por todo lo anterior debemos rediseñar el sistema fiscal identificando qué impuesto es el más eficiente para optimizar los ingresos fiscales minimizando los desincentivos (eficiencia) que estos crean. Como ya expliqué en su momento en esta misma columna, un buen candidato para elevar los ingresos fiscales afectando lo mínimo posible a la actividad productiva es el IVA. Es un buen candidato porque tenemos recorrido para elevar ingresos (se recauda mucho menos que la media europea) y porque son este tipo de impuestos los que menos efectos perniciosos tienen sobre el comportamiento de los sujetos pasivos. Es decir, generan menos desincentivos, como sí parece ocurrir con los impuestos directos.

4. La ilusión fiscal

La pregunta es pues, ¿por qué ocurre esto? Hay varios trabajos en el campo de la Economía del Comportamiento que han tratado de identificar las razones de esta supuesta indolencia frente a ciertos impuestos. Así, algunos trabajos, como por ejemplo el de Tomer Blumkin, Bradley J. Ruffle y Yosef Ganun,  muestran con un experimento que los incentivos generados sobre los individuos en su decisión de ofrecer más o menos tiempo a trabajar está muy influenciado por el tipo de impuesto con el que se decide recaudar los ingresos públicos. Así, el impuesto sobre la renta tiene muchos más efectos perversos en la oferta de mano de obra que por ejemplo un impuesto al consumo. Por ejemplo, y en otro trabajo, Peter Ladner, Adam Looney y Kory Kroft encontraron en un nuevo experimento que los efectos de los impuestos al consumo son mucho mayores si estos son claramente percibidos por los consumidores. Aunque el trabajo está más pensado para ver cómo precisamente se pueden hacer más visibles, con el objeto por ejemplo de reducir el consumo de alcohol, lo contrario podría significar lo mismo: cuando no percibimos claramente los impuestos que pagamos por consumir un producto, nuestro comportamiento se ve poco modificado.

Los individuos reaccionan de una manera muy diferente a los impuestos indirectos comparados con impuestos equivalentes directos

Es decir, los individuos reaccionan de una manera muy diferente a los impuestos indirectos comparados con impuestos equivalentes directos. Es lo que tradicionalmente se llama la Hipótesis de Mill y que lleva a la llamada ilusión fiscal: la gente cree que paga menos de lo que realmente hace.

5. En consecuencia

Dicho todo lo anterior, el ministro de Hacienda debería reconsiderar su decisión y promover un nuevo diseño del IVA. Como señala el profesor de la Universidad Complutense de Madrid Jorge Onrubia en este magnífico trabajo, una reforma del IVA debería reformular los bienes y servicios incluidos en las categorías de reducidos y superreducidos, suprimir el Régimen Simplificado de estimación de cuotas a ingresar mediante módulos y, por último, eliminar la exención de los servicios financieros y que en la actualidad está en estudio por la UE pues no podría realizarse de forma unilateral. De este modo, el IVA podría “normalizarse” a parámetros europeos y elevar adecuadamente los recursos del sistema con los que hacer frente a los gastos necesarios.

Plantear esta reforma del IVA sería muy producente. Sería una reforma sine qua non alcanzar un sistema fiscal más eficiente, transparente y suficiente. Pero claro, para eso necesitamos un ministro de Hacienda que antes de pensar que el único que tiene razón es él, considere la posibilidad de debatir otras opciones.


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