OPINIÓN

¿Por qué cayó el peso del empleo en la renta?

Nuevos tiempos, nuevas realidades hacen ver que el trabajo, nunca prescindible, sí al menos está siendo desplazado como nunca antes. Su peso se reduce, en especial aquellos empleos más sustituibles por el capital.

¿Por qué cayó el peso del empleo en la renta?
¿Por qué cayó el peso del empleo en la renta? GTRES

Siempre ha habido grandes maestros del suspense. Considero este mi género favorito, tanto en la lectura como en los ratos de cine. Me encanta cerrar un libro o salir de la sala de cine pensando cómo han jugado con nosotros durante tantas páginas o minutos, mostrándonos magistralmente un final que no era el esperado. Ya sea un anillo rodando por el suelo de una habitación que se hiela o las consecuencias de un acuerdo entre dos extraños en un tren, la resolución final de la trama consigue sorprendernos.

Si quisiéramos escribir un ensayo sobre la historia reciente de algunos agregados macroeconómicos, este tendría más de novela de suspense que de frío análisis de datos

Sé que no lo van a creer, pero si quisiéramos escribir un ensayo sobre la historia reciente de algunos agregados macroeconómicos, este tendría más de novela de suspense que de frío análisis de datos. Por ejemplo, ahora que hemos dejado atrás el 1 de mayo, muchos hemos reflexionado sobre el presente y pasado de la reivindicación obrera, de los derechos de los trabajadores o de su posición dentro de la economía moderna. No son pocos los que han coincidido, para bien o para mal, que el mundo ha cambiado, que la lucha es de otro tiempo y que los trabajadores deben asumir un nuevo rol en la economía y en la sociedad. Así pues, tenemos una víctima del devenir reciente de la economía en los países occidentales: los trabajadores. La pregunta obligada para todo detective macroeconómico es ¿cómo ha sucedido? y lo más importante, ¿hay un culpable?

En particular, uno de los hechos más conocidos y por ello más analizado en los años recientes es la caída del peso de la remuneración de los trabajadores en el VAB. Desde hace más de treinta años, el peso que el factor trabajo representa en el total de las rentas no ha hecho más que caer en la mayoría de países. Entre las explicaciones favoritas está, como ya sabemos, el cambio tecnológico, el aumento del peso de la inversión inmobiliaria, la amortización del capital fijo o el incremento de los beneficios empresariales, en particular el de las grandes corporaciones.

Sin embargo no es tan fácil encontrar un sospechoso en el que confluyan todas las pistas existentes y que terminen por hilvanarse elegantemente en una historia coherente. Muy probablemente ninguna de las anteriores razones sea realmente ni la única ni la última causa de lo ocurrido. Sin embargo, y como si de un comisario Vázquez se tratara, atando cabos y recomponiendo el puzzle podemos creer que la historia ocurrió muy probablemente de la siguiente manera.

La crisis de los setenta dio al traste con el modelo de crecimiento previo, el de los cincuenta y sesenta, donde el peso de las rentas salariales se mantuvieron en un cómodo nivel

La crisis de los setenta dio al traste con el modelo de crecimiento previo, el de los cincuenta y sesenta, donde el peso de las rentas salariales se mantuvieron en un cómodo nivel y donde el apacible matrimonio entre el capitalismo y Estado fraguó una luna de miel basada en un crecimiento vertiginoso de la productividad. Todo finaliza cuando la crisis de los 70 provoca la reaparición de fuerzas liberales que esperaban el momento propicio para reclamar la relevancia perdida décadas antes.

La adopción de políticas de ofertas junto con un nuevo paradigma de política monetaria consiguieron frenar la evolución de la inflación, manteniendo un camino de moderación que se prolongó durante más de treinta años. A esto ayudaron los precios de las materias primas. Este nuevo paradigma, basado en una nueva forma de entender el papel de los bancos centrales, vendía una consigna que desde entonces no hemos parado de repetir: que la moderación salarial es básica para la estabilidad de precios y que, en general, debe prevalecer sobre otros objetivos como el empleo. Este vendrá luego, se decía. Primero los precios. Todo sea por olvidar pasadas experiencias inflacionistas.

Mientras tanto, en los Estados Unidos y el Reino Unido se luchaba literalmente contra los poderes sindicales. Por el contrario, en la Europa continental se prefirió por “institucionalizar” dichos poderes. Se aturdió el sindicalismo de tal manera que, una vez domado, se desactivaron pasadas amenazas.

Poco a poco la política iba dando sus frutos. El crecimiento moderado de los salarios daba paso a crecimientos de precios cada vez más bajos y en consecuencia, junto con otros factores, provocaron una reducción secular los tipos de interés nominales. A menor inflación, menores tipos. Fácil.

Esta reducción de los tipos obedecía a la confluencia de más factores y no solo de la moderación salarial

Sin embargo y como he adelantado, esta reducción de los tipos obedecía a la confluencia de más factores y no solo de la moderación salarial. En primer lugar, y como también se explicó en su día, factores demográficos y su efecto sobre la oferta de ahorro presionaron a los tipos a la baja. Los flujos de capital, la integración de los mercados financieros, … A todo esto hay que sumar otras posibles razones y que recientemente se han puesto en descubierto, y que finalmente ayudaron a esta tendencia decreciente de los tipos. Y lo mejor, estos nuevos factores están estrechamente ligados, una vez más, a la moderación salarial.

Los economistas Peter Chen, Loukas Karabarbounis y Brent Neiman, en un análisis portentoso para un gran número de países entre 1980 y 2015, han descubierto que durante este período el ahorro global de las empresas aumentó hasta 5 puntos porcentuales de PIB de media. Estos autores afirman que dicho aumento se explica principalmente por el incremento de los beneficios empresariales, sin que haya aumentado de forma importante los impuestos pagados por las corporaciones ni los beneficios distribuidos. Todo ello ha permitido que en general las corporaciones y empresas de muchos países hayan acumulado grandes excedentes, o  “cash”. La consecuencia: la mutación de las empresas en entidades ahorradoras netas, algo excepcional antes de los años ochenta. Esta nueva posición financiera de las empresas ha ejercido, una vez más, una presión a la baja de los tipos de interés a largo plazo, lo que explicaría junto con las anteriores explicaciones esta tendencia en los últimos 30 años.

Los autores de este estudio reflexionan sobre las razones de este cambio. En la segunda parte del trabajo exponen su respuesta “favorita”: el cambio tecnológico.

El cambio tecnológico tuvo como principal consecuencia la caída del precio del capital, lo que permitió una mayor acumulación de este factor a costa de un factor trabajo que empezaba a verse desplazado

El cambio tecnológico tuvo como principal consecuencia la caída del precio del capital, lo que permitió una mayor acumulación de este factor a costa de un factor trabajo que empezaba a verse desplazado. Muchos empleos, “presionados” por la moderación salarial desde los ochenta, comenzaron a ser sustituidos ya desde los noventa en los Estados Unidos y algo después en el resto de países. Todo ello llevó a que, finalmente, y con el paso del tiempo, la remuneración de los trabajadores cayera como así lo hizo en gran parte del globo. Estos mayores excedentes fueron en parte absorbidos por los beneficios empresariales y, en consecuencia, elevó el ahorro de las mismas.

Pero aún hay más. Dicho aumento de la posición ahorradora neta de las corporaciones y la tendencia decreciente de los tipos a largo plazo obligaban a buscar deudores netos. Los incentivos de los mercados, y los errores de los bancos centrales, llevaron a un aumento del crédito y el endeudamiento que terminó por colapsar allá por 2007 y 2008. Los grandes desequilibrios de países como China o Alemania exacerbaron esta tendencia. Solo una breve interrupción en la tendencia descendente a largo plazo de los tipos pudo por sí sola pinchar la mayor burbuja conocida en la historia reciente. Una vez hecho el reajuste, el proceso continuó.

En realidad no hay un solo culpable. Lo ocurrido es una confluencia de varias circunstancias que enlazadas como una sucesión no lineal de causas y efectos, sazonado por una pizca de suerte, ha derivado en este punto en el que nos encontramos

En resumen, esta semana hemos celebrado un Primero de Mayo en el que de nuevo se han elevado voces de descontento. Nuevos tiempos, nuevas realidades hacen ver que el trabajo, nunca prescindible, sí al menos está siendo desplazado como nunca antes. Su peso se reduce, en especial aquellos empleos más sustituibles por el capital, lo que termina por explicar además el aumento de la desigualdad, con lo que cerramos la exposición de los hechos.

Sin embargo, quien les escribe concluye que en realidad no hay un solo culpable. Lo ocurrido es una confluencia de varias circunstancias que enlazadas como una sucesión no lineal de causas y efectos, sazonado por una pizca de suerte, ha derivado en este punto en el que nos encontramos. Podemos pensar que fue el cambio de paradigma de los bancos, el menor poder sindical o dos chicos en un garaje en Los Altos. No existe un solo culpable. La sorpresa es que, muy probablemente, fue el pérfido destino quien conjugó varios factores que, de otro modo o de forma aislada no hubieran tenido similar consecuencia. O quien sabe, lo mismo la historia es muy diferente.


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