OPINIÓN

¿Quién se acuerda de los jóvenes?

Obcecarnos en un sistema de pensiones que va a estallarnos en nuestra cara a costa de no entender que las mejores políticas sociales son aquellas que faciliten el acceso a una vida laboral y personal plena a una juventud que pasa desapercibida es dispararse al pie.

¿Quién se acuerda de los jóvenes?
¿Quién se acuerda de los jóvenes? EFE

Exigir un sistema de pensiones justo y suficiente es necesario. Soliviantarnos porque la subida de las mismas de este año condene a los pensionistas en una clara pérdida de poder adquisitivo es razonable. Pero plantear un debate naif sobre las causas y las medidas que debemos implementar para evitar este aparente destino no es de recibo. Algunas propuestas como las que plantean subidas fiscales posiblemente sean necesarias. Pero basar todo el debate en esta u otra línea ingenua no resuelve el problema de base. Además de razones demográficas, la amenaza a la sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones tiene otras causas, a veces más difíciles de identificar y otras, de aceptar. Mientras tanto, obcecarnos con aliviar la fiebre y no atender a las causas profundas de la enfermedad puede perjudicar a quienes generan la riqueza, los jóvenes, y que es la única fuente de riqueza existente para que en un futuro podamos seguir disfrutando de un sistema de seguridad allá en nuestra jubilación.

España experimenta desde los ochenta crecimientos de carácter principalmente extensivo, no intensivo. Es decir, en una palabra: deficiente

En primer lugar, y a pesar de que España es un país con un crecimiento económico tradicionalmente elevado, cuando no estamos en una recesión, desde hace más de tres décadas apenas si lo hace con mejoras en su eficiencia. España experimenta desde los ochenta crecimientos de carácter principalmente extensivo, no intensivo. Es decir, en una palabra: deficiente. La productividad en España no mejora a los ritmos deseados y esto afecta, entre otras cosas, a la capacidad de nuestra economía para generar los recursos necesarios con los que, a posteriori, consolidar los repartos sociales que creamos justos como sociedad. No existe una conciencia política actual, y me atrevería a decir que tampoco social ni cívica, que trate de paliar este desastroso defecto de nuestra economía. Como he comentado en más de una ocasión, no existe ni un plan educativo con miras a largo plazo, ni una apuesta por el tejido productivo más allá de algunas políticas de menudeo presupuestario o de ayudas en el entorno de un capitalismo de canapés y palcos deportivos. Nada. Para más inri, la I+D se desatiende y la investigación en el entorno académico de excelencia, que no lo duden existe en España, es limitado cuando no menospreciado. Todo ello condena a los futuros trabajadores españoles a empleos de escaso valor añadido y salarios. Reduce las opciones de vidas laborales plenas en especial de quienes vienen desde entornos más castigados, con más y mayores obstáculos que sortear. Condena a buena parte de la juventud a un camino penoso en sus primeros lustros de mayoría de edad laboral.

Cuando algunas ideas reformistas saltan a los titulares de los medios de comunicación, la mayoría son tachadas de neoliberales, siendo combatidas con argumentos cada vez más pueriles y peregrinos

En segundo lugar, vuelta la burra al trigo (por mí), el mercado de trabajo, tan disfuncional, aberrante, monstruoso e injusto que tenemos en España es una clara opción política y del cual los diferentes gobiernos, democráticos o no, que este país ha tenido desde las últimas seis décadas, son los únicos responsables. Como he denunciado en muchas ocasiones, nuestro mercado de trabajo es una opción, es una restricción que nos imponemos como sociedad. Mantenerlo es, igualmente, otra opción. Aquí, nuevamente el debate es pobre, pues cuando algunas ideas reformistas saltan a los titulares de los medios de comunicación, la mayoría son tachadas de neoliberales, siendo combatidas con argumentos cada vez más pueriles y peregrinos, devaluando cualquier posibilidad de reforma seria.

Y es que un mercado de trabajo tan aberrante afecta directamente al bienestar general de la sociedad española, no solo por quienes se convierten en trabajadores pobres o por la secular precariedad que los amordaza. El mercado de trabajo condiciona al conjunto de la economía: afecta a la experiencia, a la productividad, a los salarios, …, y por extensión a nuestros derechos no solo como trabajadores sino además como futuros pensionistas. Pero perjudica especialmente a los jóvenes, quienes hoy deben satisfacer los ingresos necesarios para pagar las pensiones y que, además, muchos de ellos degeneran en trabajadores pobres y en consecuencia, en su momento, en jubilados pobres.

Una política social muy sesgada a las transferencias monetarias a los pensionistas desatiende a otros que necesitan igualmente de nuestra ayuda

En tercer lugar, debemos aceptar que es necesaria una reorganización profunda de nuestra política social, y que paradójicamente no ayuda precisamente a quienes más lo necesitan. Sin creer que no existen pensionistas que necesitan encarecidamente de la ayuda del sistema, no es menos cierto que una política social muy sesgada a las transferencias monetarias a este colectivo desatiende a otros que necesitan igualmente de nuestra ayuda.

Y es que alentando la solidaridad con nuestros mayores nos olvidamos que desatendemos la solidaridad con los jóvenes. Siendo pragmáticos, estos son quienes más ayuda necesitan, pues son aquellos que generarán la riqueza del futuro, serán los que pagarán las pensiones del futuro. Debemos repensar nuestras prioridades. Obcecarnos en un sistema de pensiones que va a estallarnos en nuestra cara a costa de no entender que las mejores políticas sociales son aquellas que faciliten el acceso a una vida laboral y personal plena a una juventud que pasa desapercibida (electoralmente desde luego) es dispararse al pie. Volviendo al principio, las pensiones las pagan la riqueza generada por quienes un día nos formamos y pudimos acceder a un mercado de trabajo ya complejo y difícil entonces.

Debemos hacer un ejercicio intenso de revisión de lo que entendemos por solidaridad

Debemos hacer un ejercicio intenso de revisión de lo que entendemos por solidaridad. Debemos enfocar nuestras políticas sociales a los niños, a la educación, a la conciliación. Debemos valorar la innovación, el poder de las pequeñas y medianas empresas por refundar el tejido productivo español. Debemos potenciar la creación de grandes empresas facilitando el camino para el crecimiento de las que vienen desde abajo. Debemos ofrecer un retiro justo a quienes ya ofrecieron todo, pero sin extraer el aliento de los que venimos por detrás. Si no entendemos esto, estaremos condenados a vivir una tercera edad muy lejos de ser dorada.


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