OPINIÓN

Pinceladas sobre la inflación

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La inflación ya es positiva. Este fue el titular de hace algunos días cuando conocimos que el dato adelantado de la tasa de crecimiento interanual de los precios cruzó la frontera del cero por primera vez desde 25 meses atrás, con la única excepción de tres meses con crecimientos positivos. Para muchos, este dato exorciza el peligro de la deflación. Para otros, esta cifra es la constatación de que ciertas políticas funcionan. Para otros, ni lo uno ni lo otro.

Tal variedad de apreciaciones se deben a que difícilmente podemos encontrar una variable macroeconómica que suscite más debates y demuestre más confusión que la inflación. Existen enormes mitos sobre qué es la inflación, sobre qué mide exactamente y sobre sus efectos en el resto de las variables macroeconómicas. Algunos de estos errores son conceptuales, otros son teóricos y otros, simplemente técnicos. En parte, la culpa es de los mismos economistas, pues he de confesarles, no sin vergüenza, que aún no comprendemos la totalidad de su naturaleza y causas. Sin embargo, no todo es oscuridad. En la entrada de hoy me dispongo a describir con cinco pinceladas algunas facetas de la inflación, desde su carácter técnico (qué mide y cómo lo hace) hasta sus consecuencias macroeconómicas.

Primero: ¿Qué mide la inflación? La inflación es una tasa de crecimiento. Compara los niveles de un índice de precios en dos momentos diferentes de tiempo, y lo relativiza al dato del primero de ellos. En función de los períodos que comparamos tenemos una inflación intermensual, otra interanual, otra del período que llevamos de año y todas aquellas que nos interese, siempre y cuando fijemos un momento de inicio y otro de fin.

En la segunda mitad de 2015, especialmente entre julio y septiembre, los precios energéticos cayeron un 11 %. Esto provocó una caída del nivel de precios medio en España

La particularidad es que la tasa de crecimiento de la inflación más usada es la interanual. Esta compara el nivel de precios de hoy, por ejemplo, con el nivel de precios del mismo día de justo un año antes. Pero el nivel de precios de hoy es la suma de pequeños incrementos o decrementos de precios acumulados en un año. Dicho en otras palabras, el nivel de hoy depende de todos los cambios en los precios acumulados en el último año. Por ello, la tasa de crecimiento interanual de los precios, la inflación, es un compendio de los incrementos acumulados durante dicho período. Podríamos decir que es una tasa con memoria de un año.

La relevancia de este hecho es máxima. En la segunda mitad de 2015, especialmente entre julio y septiembre, los precios energéticos cayeron un 11 %. Esto provocó una caída del nivel de precios medio en España. Desde entonces, el conjunto de los precios han crecido suavemente (ha habido inflación), pero como el nivel ha sido hasta este último mes de septiembre menor que calculado para el mismo mes de hace un año, al compararlos la inflación interanual seguía saliendo negativa. La prolongación de las tasas negativas en inflación ha sido en gran parte debida al hecho de que durante unos meses de 2015 los precios energéticos cayeron con intensidad. Una vez superados estos mismos meses en 2016, la inflación se ha vuelto positiva. En resumen, la principal razón por la que durante 2016 hemos tenido inflación negativa es por un efecto matemático al aplicar una media sobre las tasas de crecimiento de los doce meses anteriores. Algo tan vulgar como una media tiene la culpa.

Segundo: ¿hay deflación? No. La razón principal por la que los precios mostraron tasas de crecimiento negativas reside en el comportamiento de los precios de la energía. Si correlacionamos la evolución de la inflación total con los cambios en los precios de la energía, tenemos que, desde verano de 2015, al menos el 80 % de la variación de los precios se explica por esta solo partida (figura 1).  Sin embargo, y a pesar de lo que digan definiciones de manuales, la deflación implica que la caída de precios deba ser generalizada. Deben caer los precios del diésel, de los tomates, de la carne de cerdo ibérico y de los billetes de avión. Deben caer la mayoría de ellos. Sin embargo, en último año, más de dos tercios de los precios recogidos por el IPC han subido en términos intermensuales (figura 2). Los mismos que en 2015. Aunque no es posible negar que estos incrementos son anormalmente bajos, no existe en estos momentos un ajuste global y generalizado de los precios a la baja.

distribucion de la tasa de crecimiento de los precios
distribucion de la tasa de crecimiento de los precios M.H.
Relación entre variaciones de precios energeticos e inflacion
Relación entre variaciones de precios energeticos e inflacion M.H.

Tercero: Los economistas no entendemos que con caída de precios o deflación sea posible crecer. Esta negación es absolutamente falaz. ¡Claro que es posible crecer sin inflación! Yo lo llevo explicando 17 años, los mismos que llevo en docencia. Y si quieren vayan a buscar a cualquier libro de Macro 101. Lo que ocurre, es que es necesario entender primero la razón o razones por las que hay deflación. Si, por ejemplo, la caída de precios viene explicada por una mejora sustancial de la oferta de productos, más y mejores productos y más baratos, no encuentro la razón para afirmar que la deflación y el crecimiento deban ser incompatibles. Esta posibilidad está perfectamente incorporada al corpus macroeconómico “mainstream”. El problema es cuando esta deflación viene motivada por una caída de la demanda (la mayor parte de las veces), y no por un aumento sostenido e intenso de la oferta. La caída de precios de 2015 se debió, como se ha comentado, a una caída de los precios energéticos, y los modelos más básicos de macroeconomía explicados en clase nos dicen que este tipo de eventos generan crecimiento. Nada nuevo bajo el sol.

Cuarto: entonces, si en este caso la caída de precios ni es generalizada ni es nociva ¿por qué esa obsesión con crear inflación? Muy sencillo. Porque la economía es más compleja de lo que creemos. Hay quienes nos acusan a los economistas de no querer ver las relaciones económicas como algo complejo y no lineal. Pero a renglón seguido hacen afirmaciones tan simples e ingenuas como que la deflación es buena porque reduce precios a los consumidores ¿y quiénes no quieren que los precios caigan? Precisamente es la no linearidad de la economía lo que implica que no todo es positivo en esa situación. Existen muchas razones, pero sobre todo dos muy importantes para tratar de evitar la deflación. La primera, como he dicho, es que la mayor parte de las veces la deflación es un síntoma de debilidad de demanda. La segunda, y no menos importante, porque distribuye rentas entre individuos que pueden dañar el crecimiento.

Los economistas recelamos de la deflación. Genera ciclos intensos e impide aplicar instrumentos tradicionales de política para evitarlos

Cuando los tipos de interés no pueden traspasar el cero (sólo en algunas décimas) pero la inflación sí puede hacerlo, el coste de financiación real se torna positivo. A veces bastante positivo. Este coste reduce la demanda, en especial el consumo, y por supuesto también puede afectar a la inversión. A corto plazo pueden provocar contracciones de la demanda y por ello puede provocar recesiones. ¡Incluso con un shock de oferta positivo! Todo depende de cómo se redistribuyan las rentas y si en ese caso los salarios crecen. Además, y como he comentado, el cero en los tipos de interés impide aplicar políticas macroeconómicas útiles como son las monetarias tradicionales (ajustes en los tipos). Esto deja a la economía al pie de los caballos si una nueva recesión asoma por el horizonte. Solo en estos casos la política fiscal puede generar un papel fructuoso. Pero esta siempre tiene un límite. Es por ello que los economistas recelamos de la deflación. Genera ciclos intensos e impide aplicar instrumentos tradicionales de política para evitarlos.

Quinto: si hay riesgo de deflación y esta puede ser mala ¿por qué parece que no sabemos combatirla?¿por qué los bancos centrales son incapaces de generar una mayor inflación? Aquí dos apreciaciones. La primera, no es cierto que no se sepa. Se sabe. El problema es que sabemos algunos modos pero recelamos de ellos. Si queremos crear inflación lo que debemos hacer es simplemente inundar la economía real de dinero por canales directos. ¿Recuerdan episodios de hiperinflaciones como los de Alemania en 1923, algunos países latinoamericanos en los ochenta o Venezuela hoy? No es un misterio. El problema es que las consecuencias son excepcionalmente negativas. Por ello hay que crear la inflación poco a poco. Como cuando se arranca un coche en una pista de hielo.

Aunque suene a perogrullada marxista (por Groucho), el modo correcto de crear un poco de inflación es generar expectativas de inflación. Para tal objetivo se debe introducir en las mentes de los agentes, a través de acciones concretas por parte de los bancos centrales, la idea de que los precios van a crecer. Sólo así esta idea se transformará en una realidad a través de mecanismos tales como las subidas salariales o los reajustes en el menú de precios de las empresas. Pero hacer esto en una economía donde los agentes están en cierto modo convencidos que no va a haber inflación es muy difícil. La globalización, los ecos de la Gran Recesión, los ajustes en las políticas fiscales de 2010-2013, han creado un entorno de muy bajo crecimiento de precios del que es complejo rescatar a la economía evitando dañarla.

En resumen, existe un cierto debate maniqueo sobre la inflación, sus efectos y su tratamiento. Mi objetivo en el día de hoy era señalar algunas de las cuestiones que habitualmente suelen centrar dichos debates y explicar por qué, a mi entender y de gran parte de la profesión económica, corresponde a un análisis equivocado. Espero haber servido de ayuda en su entendimiento.


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