OPINIÓN

Condenados a crecer

El crecimiento económico, y en consecuencia el Estado del bienestar, son condiciones necesarias para que podamos seguir avanzando en la buena dirección. Quienes los cuestionan o demonizan están atacando las oportunidades de bienestar de nuestros hijos y nietos.

Condenados a crecer.
Condenados a crecer. Warm Sleepy

Hoy me van a permitir que divague. No voy a mostrarles los resultados de un trabajo académico, o mejor, de toda una literatura para sustentar una afirmación o un discurso. Hoy simplemente me apetecía entrar a trasladarles algunas reflexiones. En particular, y en este caso, me apetecía reflexionar sobre una de esas propuestas que aparecen cada cierto tiempo y que con su ropaje trasgresor nos evangeliza contra el crecimiento económico y el apocalipsis que nos espera si no ponemos coto a nuestro egoísmo consumista. Como una homilía laica, se nos conmina a dejar de avanzar, a retroceder. Solo de esa manera encontraremos la salvación. Sin embargo, y esta es mi reflexión, yerran al pensar que esto es posible. No hay opción al crecimiento, salvo que el objetivo último de estos evangelizadores sea el fin del sistema tal y como lo conocemos. Si por el contrario, este no es el velado objetivo, deben saber, deben entender, que estamos condenados a crecer. No hay opción.

Como la Tierra no es capaz de amamantar a las inmensas hordas de humanos consumistas, la solución propuesta es que nos retiremos a plazas menos agresivas, y reneguemos de nuestros deseos

Como ya he desarrollado en otras ocasiones, lo primero que debemos entender es que el crecimiento económico se sustenta principalmente en el cambio tecnológico. Esto es fundamental. Es el pilar básico de toda la lógica posterior. Sin embargo, aquellos que critican el crecimiento económico centran su obsesión en lo que ellos creen es el motor del mismo, el consumo. Creen, y ahí es donde yerran, que el crecimiento económico se origina en el aumento del gasto de las familias y empresas. Dicho de un modo mucho más simple, según esta corriente del pensamiento, crecemos en base a un consumismo cada vez más exacerbado. Como la Tierra no es capaz de amamantar a las inmensas hordas de humanos consumistas, la solución propuesta es que nos retiremos a plazas menos agresivas, y reneguemos de nuestros deseos, de tendencias acaparadoras que, como si de espectros en la niebla se tratase, nos inducen los capitalistas vendedores de humo.

Pero este razonamiento, como he adelantado, se basa en una premisa errónea: no crecemos porque consumimos cada vez más, sino que consumimos cada vez más porque crecemos. Dicho de otro modo, consumimos porque podemos. Y es que, si el fundamento básico del crecimiento es el cambio tecnológico, es éste el que nos permite acceder a largo plazo a más posibilidades de consumo, y nunca al revés.

Esta riqueza no es oro, ni siquiera fajos de billetes. Esta riqueza se basa en el bienestar creado

Son los avances tecnológicos, aplicados a la vida cotidiana y a la producción, los que posibilitan que tengamos la capacidad de trasladar entre nosotros una dotación cada vez mayor de riqueza. Esta riqueza no es oro, ni siquiera fajos de billetes. Esta riqueza se basa en el bienestar creado. Es nuestra capacidad para satisfacer los deseos del prójimo. Y cada vez mejor, más rápido, más eficiente y más barato. En otra época, cuando el avance tecnológico más avanzado era el arado, los seres humanos tenían la capacidad de generar una riqueza por hora de trabajo infinitamente inferior a la actual. Esto no permitía grandes alharacas. La división del trabajo, en los albores de la civilización, fue un gran invento. Pero no fue suficiente. Solo el cambio tecnológico a muy largo plazo permitió no solo avanzar, sino además permitirnos disfrutar de mejores y mayores cotas de bienestar.

Decrecer implica por lo tanto reducir nuestra capacidad de crear y disfrutar del bienestar. Y aquí está la cuestión y por qué la obsesión que tenemos los economistas con el crecimiento económico. Si existe crecimiento, el bienestar total creado en un período de tiempo dado se eleva. Esto nos lleva a una cuestión secundaria, pero no menos importante, ¿cómo repartir entre aquellos que participamos en dicha creación el mayor bienestar? La respuesta es que es el mercado, corregido convenientemente por el Estado, quien ha demostrado a lo largo de la historia que es el mejor modo de hacerlo. Luego, si aún existe gente “desplazada” de este reparto podemos exigir políticas redistributivas a un Estado justificado por este y otros propósitos.

Cuando una economía crece son muchos los beneficiados, especialmente si este crecimiento es inclusivo

Y ahora piensen, si crecemos y tenemos problemas con la distribución de lo ganado ¿qué pasaría si en vez de resolver un problema de distribución de ganancias, tuviéramos que plantearnos resolver un problema de distribución de pérdidas? Decrecer implica disminuir el bienestar ganado con el tiempo. ¿Cómo se llevaría a cabo? ¿Quién sería el sacrificado?

Cuando una economía crece son muchos los beneficiados, especialmente si este crecimiento es inclusivo. Los mecanismos necesarios para que todos se sientan partícipes de esta ganancia deben diseñarse en el caso en el que el mercado sea incapaz de proveerlos. Pero en el caso en el que no se crezca, tenemos el problema de distribuir unas pérdidas que serán en todo caso para la mayoría de los que participamos en la creación del bienestar social. Y para unos más que para otros.

Existen trabajos que explican cómo después de grandes crisis, en especial las financieras, se reactivan los nacionalismos y la presencia de partidos radicales. Esta aparición es temporal, pero se repite cada vez que un país o un grupo de países sufre una crisis similar. Las razones pueden ser complejas, pero gran parte del surgimiento de estas contestaciones políticas vienen determinadas por la existencia de una sensación de segregación del sistema, de no pertenecer a él, de modelar una posición crítica a la legitimidad de un entramado socioeconómico que te expulsa, que te margina, o por la sensación de que otros vienen a llevarse lo poco que consideras tuyo. Por ello, aquellos que se sienten maltratados por un sistema que supuestamente nos beneficia a todos, llegan a creer que no tienen razones para apoyarlo, e incluso en algunas situaciones, sienten la necesidad de derrocarlos.

El crecimiento económico, y en consecuencia el Estado del bienestar, son condiciones necesarias para que podamos seguir avanzando en la buena dirección

Por este motivo mi reflexión finalmente converge a dos ideas. La primera de ellas, que el sistema capitalista está condenado a crecer, siempre. Es condición necesaria, aunque no suficiente para mantener su legitimidad. Segunda, que al ser el sistema que mayor bienestar ha conseguido alcanzar a largo plazo, el Estado debe procurar ayudar a mantener y sostener este crecimiento y, en el caso que sea necesario, ayudar a una más justa redistribución de sus resultados. En definitiva, el crecimiento económico, y en consecuencia el Estado del bienestar, son condiciones necesarias para que podamos seguir avanzando en la buena dirección. Quienes los cuestionan o demonizan están atacando (quizá inconscientemente) las oportunidades de bienestar económico, político y social de nuestros hijos y nietos.

Nota: este artículo tiene su origen en conversaciones con Guadalupe Sánchez. Agradezco sus ideas y aportaciones.


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