La Economía explicada

Brexit o la pérdida de la libertad de elegir

El desarrollo de una nación está trufado de condiciones necesarias, aunque ninguna de ellas suficiente. Es decir, las experiencias de desarrollo son tan diversas, quizás tantas como naciones existen, que es difícil explicar por qué un país es rico o por qué otro es pobre. De muchas de estas experiencias trascienden factores comunes como, por ejemplo, la existencia de instituciones que promueven y defienden la propiedad privada, la existencia de un mercado más o menos libre donde impere la competencia, la educación, la investigación, el desarrollo tecnológico … Sin embargo, y como he dicho, aunque no se duda que muchas de estas condiciones no pueden faltar en el desarrollo de un país, ninguna de ellas de forma aislada y sin el concurso del resto pueden explicar la heterogeneidad observada.

A pesar de constituirse Estados Unidos en una unión de 13 colonias, éste no dejó nunca de ser un gran mercado común integrado, que no dejaba de crecer

En relación a esto, hace un tiempo nos contaron en un seminario que los Estados Unidos habrían cobrado ventaja en su camino como gran potencia económica gracias a varios accidentes históricos. Uno de ellos podría ser la afluencia a las colonias de grupos poblacionales que huían de la Restauración monárquica al ocaso de la Revolución de Cromwell, y entre cuyos valores religiosos predominaban la ética por el trabajo y la libertad individual. También, las propias instituciones sociales y políticas norteamericanas y que en parte eran heredadas del propio Reino Unido, aunque posteriormente perfeccionadas. Además, a esto habría que unir el deseo de prosperar que insufló a muchos norteamericanos el espíritu de la innovación y del emprendimiento, sin los cuáles es imposible comprender la historia del país más rico del mundo. Todas ellas son indudablemente importantes. Sin embargo, también oí en dicho seminario que uno de los hitos más trascendentales fue que, a pesar de constituirse Estados Unidos en una unión de 13 colonias, éste no dejó nunca de ser un gran mercado común integrado, que no dejaba de crecer, lo cual facilitó el desarrollo de actividades de un modo eficiente, permitiendo por ello mejoras en productividad y bienestar.

La integración de los mercados tiene, por lo tanto, efectos positivos que pueden trascender en el crecimiento y el desarrollo de las naciones que lo componen. Pueden beneficiar a sus ciudadanos. No obstante, existen quienes señalan los procesos de integración como obras megalómanas hechas para el mercado y por el mercado. Paradójicamente no les falta razón. Sí, el proceso de integración europea, por ejemplo, está inicialmente pensado para elevar el tamaño y la eficiencia del mercado. Está hecha para el mercado. Lo que ocurre, y he aquí los sustancial del asunto, es que no necesariamente lo que es bueno para el mercado es malo para el ciudadano.

Hace casi cuatro décadas, Paul Krugman, economista nada sospechoso de ser neoliberal, formuló una nueva teoría para explicar el comercio internacional. En su teoría dos características eran fundamentales. La primera de ellas es que los mercados no son de competencia perfecta, sino imperfecta, algo asumido por la Teoría Económica desde hacía tiempo pero que él supo integrar muy convenientemente en sus modelos económicos. La segunda de ellas, que existen economías de escala crecientes. Ambas cuestiones son fundamentales para entender su postulado.

Poder ir a la compra y poder elegir entre un número elevado de marcas satisface especialmente al consumidor

Los mercados son de competencia imperfecta porque los productos son diferentes. Cada empresa tiene su propio “monopolio” sobre su producto. Es evidente que si no pudiéramos diferenciar los productos por quiénes los fabrican, sería imposible discriminar precios ni intentar capturar a los consumidores. Por el contrario, los mercados de competencia imperfecta cuentan con consumidores “fieles” a unas marcas y cuya decisión de adquirir esa y no otra, no solo se determina por el precio, sino además por una serie de características que diferencialmente satisfacen al consumidor. Poder ir a la compra y saber que podremos elegir entre un número elevado de marcas/variedades de un mismo producto, satisface especialmente al consumidor. Como dice mi gran amigo y compañero José María O’Kean, buscamos sensaciones, y la diferenciación y las marcas nos las ofrecen.

Hay una escena en esa maravillosa película que es Good-Bye Lenin, donde nuestro entregado protagonista busca desesperadamente en la ya Berlín post-comunista, un tarro de pepinillos, los únicos que se fabricaban en la antigua RDA, simplemente porque son los que le gustaban a su convaleciente madre. Su novia, sorprendida, le preguntaba la razón de su abnegación en la búsqueda, cuando tenía la posibilidad de elegir entre una amplia gama de pepinillos capitalistas. ¡Qué cosa más deliciosa podría ofrecer el mercado si no es la libertad de elegir entre diversas marcas de pepinillos! Esa escena representa, para mí, en gran parte, lo que el mercado es: la posibilidad de elegir, de votar, que tenemos los consumidores gracias a la existencia de variedades de un producto. Y curiosamente esto es una cualidad de la competencia imperfecta, no la perfecta.

Tener contratados a 5.000 trabajadores para envasar tomate es tan absurdo como querer construir aviones de última generación con 150 empleados

En cuanto a las economías de escala, estas nos dicen que no necesitamos la misma factoría (tamaño y empleos) para fabricar tomate envasado que un Airbus 400M. Cada producto tiene un tamaño óptimo diferente. Tener contratados a 5.000 trabajadores para envasar tomate es tan absurdo como querer construir aviones de última generación con 150 empleados. En ambos casos las empresas quebrarían por ineficientes. Una derivada de este argumento es que posiblemente, para un producto, el tamaño óptimo para un mercado de 400 millones de consumidores sea una sola factoría. ¿Cuántas fábricas de Ford Focus necesitamos para satisfacer un mercado como el de la Unión Europea? Posiblemente una solo. Y esta está en Valencia.

Uniendo magistralmente ambas cuestiones, Krugman nos explica por qué hay comercio. La idea es sencilla. Nos gustan los coches alemanes, al igual que hay alemanes que quieren comprar coches españoles o fabricados en España (competencia imperfecta, sensaciones). Como no tiene sentido fabricar en cada país porque es necesario aprovechar las economías de escala, estos coches se comercializarán desde un punto geográfico determinado hacia el resto de los mercados que los quieran comprar. De ahí surge el comercio internacional y explica por qué los españoles les compramos coches a los alemanes y viceversa.

Pero existe una tercera variable que puede modular esta tendencia de las economías de escala a concentrar la producción en pocas factorías: los costes de transportes. Si estos son altos, la producción se dividirá entre varios países, sin que sea posible aprovechar dichas economías. En este caso, las empresas pueden comprender que dividir la producción, aumentando así el coste al no aprovechar las economías de escala, puede ser rentable si así se reducen considerablemente los costes de transporte, al producir más cerca de los mercados de destino. Podemos así suponer que si los costes de transportes son altos, la producción se distribuirá entre los diferentes mercados. Por el contrario, si son bajos, la actividad se concentrará en pocos puntos geográficos y desde allí satisfará los deseos de los consumidores repartidos en el resto de países. Sin embargo, ambas opciones no son igualmente óptimas para un consumidor. En primer lugar, y en el caso en el que los costes de transportes sean altos, si el producto termina por llegar al mercado, éste lo hará a un mayor precio debido a dichos costes de transporte así como por las menores economías de escala. En segundo lugar, puede ocurrir que el coste sea sencillamente imposible de asumir por las empresas y el producto sea retirado del mercado, en cuyo caso el consumidor nuevamente pierde.

Por último, y para cerrar el círculo, tenemos que decir que un coste de transporte muy particular son las barreras comerciales. Aunque no son exactamente costes derivados del transporte del producto, sí son similares. Se asemejan. Es decir, cuanto mayores sean los costes de mover las mercancías entre países (cruzando fronteras) mayor será la probabilidad de que la empresa decida dividir su fabricación entre varios países. También, que en cada país surja un fabricante a salvo de la competencia del resto, lo que le permitirá absorber de forma más intensa y eficiente el excedente de los consumidores a través de precios mayores. En consecuencia, a mayores barreras comerciales, a menos integración, menor variedad de productos y mayores precios. No veo que sea un mundo que los consumidores prefieran.

Con el deseo de romper la integración de los mercados ya no serán ellos los únicos perdedores, sino que el resto de la sociedad también perderá

Así pues, Krugman nos enseña magistralmente las ventajas de un mercado único. Estas son, reducción de costes de producción, de precios, así como una eleva variedad en los productos que disponemos. Estas son ventajas que disponemos los consumidores gracias a la integración económica. ¿Desventajas? Claro que las hay. En particular la deslocalización. Es decir, la concentración de actividades en zonas donde sea más eficiente producir. Habrá perdedores, desde luego. Pero la cuestión es que las ganancias seguro que compensan las pérdidas.

Y ahora razonen. ¿Y si los perdedores consiguen imponer su intención de romper el mercado único? ¿Y si a los perdedores se les suman otros por razones diferentes, pero igualmente contrarias a la integración de los mercados? Pues ya saben lo que es probable que ocurra. Pero una cosa es segura, con el deseo de romper la integración de los mercados ya no serán ellos los únicos perdedores, sino que el resto de la sociedad también perderá. Y ante todo perderemos libertad, la de poder votar por los productos que nos den sensaciones.


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