Una de las definiciones con más insistente eco del rugby la dio el tan agudo como poco deportista Winston Churchill:“Un deporte de 'hooligans' jugado por caballeros”. Y cierto es, como se argumentaba en una de las populares comedias de la serie Jeeves del recuperado escritor P. G. Woodhouse, que el objetivo principal del juego es “recorrer el campo con el balón para depositarlo más allá de la línea de marca contraria, y para ello ciertas dosis de agresividad y violencia están permitidas, como hacerles a los contrarios cosas que en cualquier otro ámbito supondrían dos semanas entre rejas y la reprimenda de un juez”.

Divertido, sí, pero como todos los estereotipos un poco simplón. En realidad se trata de un juego de reglas y tácticas complejas, alambicadas, tan ininteligibles en un principio como precisas e inflexibles. Y ya que hablamos de firmeza, ¿qué decir de los valores sobre los que se fundamenta el hermano díscolo del fútbol, cuyo origen mítico está en la rebeldía de un torpe adolescente, William Webb Ellis, que durante un encuentro escolar no solo cogió el balón con las manos, ante la generalizada estupefacción, sino que corrió con él en pos de un insólito e inaugural gol?

El ímpetu de las federaciones australiana y neozelandesa lideró el propósito y ambos países consiguieron organizar conjuntamente el primer torneo en 1987.

Y todo pese a la espectacularización mediática del juego, la vigorexia y una cierta galactización de sus estrellas, efectos no deseados de la profesionalización, a comienzos de los años 90 del siglo pasado, de un deporte otrora romántico, aún hoy exaltante. Lejos quedan ya, claro, el dandismo mitad oxoniense mitad ruso blanco del Príncipe Obolensky, de quien se cuenta que tomaba ritualmente una botella de champagne y una docena de ostras antes de vestir la camiseta del XV de la Rosa (la selección británica) y realizar eslálones imposibles para anotar ensayos. En su primera partido contra Inglaterra anotó dos ensayos contra los temibles All Blacks.

El príncipe ruso Alexander Obolensky (1916-1940), fotografiado el 4 de enero de 1936, en su primer partido contra Inglaterra, en el que anotó dos ensayos contra Irlanda.

En 1910, Francia fue invitada a lo que en adelante sería el Torneo de las Cinco Naciones por haber endosado a los ya entonces temibles All Blacks de Nueva Zelanda 8 puntos en una derrota épica (8-38) en París. Contrariamente a lo que sucedía en muchos otros deportes, antes de su primera edición no existía un torneo internacional global que dirimiera oficialmente la histórica y reñida pugna entre las selecciones nacionales de los dos hemisferios, boreal y austral.

Un equipo de Irlanda sale al terreno de juego en un partido contra Francia, en 1914.

En 1920, la idea de un mundial, pese a remontarse a los atómicos años 50 del pasado siglo, no conciliaba a unos dirigentes demasiado celosos por preservar la tradición 'amateur' del rugby. A partir de finales de los años 80, se inicia una transición profesionalizadora  sin la cual no podríamos disfrutar de uno de los acontecimientos deportivos planetarios, la Copa del Mundo de Rugby. Desde entonces, el dominio del sur resulta aplastante. No hace falta ser un gran aficionado para saberlo: ¿quién no tiene grabada en la retina, gracias al tándem Eastwood-Carlin, la imagen de un extasiado Nelson Mandela entregando la copa al rubio capitán François Pienaar, para muchos con los rasgos de Matt Damon? Y lo mismo sucede con la haka, la danza de guerra tribal maorí con la que los All Blacks amedrentan a sus rivales, sólidamente instalada ya en el imaginario colectivo.

Imagen de un partido del Torneo de las Cinco Naciones disputado en 1959. Se enfrentaban Francia y Escocia en el estadio de Colombes, cerca de París.