Reportaje

Dudas e incertidumbres sobre el futuro en la vida post-pandemia

Gentleman aborda cinco reflexiones en torno a los cambios que la pandemia provoca en el día a día.

Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.
Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.

Decía el filósofo Javier Gomá que la humanidad avanza, pero muy lentamente y tras experiencias extremadamente traumáticas. ¿Es una de ellas la pandemia? ¿Suficiente para sacudir los cimientos de las civilizaciones actuales? Veremos. Para provocar cambios reconocibles y duraderos, sin duda. En nuestro entorno más cercano. En el trabajo, por ejemplo, donde el teletrabajo se ha instalado como solución, probablemente no pasajera, para escarmiento de los jefes reticentes y los empleados de horarios inamovibles. O en el consumo. No solo por el auge de las compras online o las consecuencias nefastas del confinamiento para muchos negocios; también por su capacidad para imponer una realidad desmaterializada en la que los bienes no son tan necesarios como creíamos: ¿acaso no le ha ocurrido descubrir de repente lo prescindible que se ha manifestado su amplio ropero? Arquitectos y urbanistas, por su parte, asisten escépticos ante lo que está por venir, contemplando la oportunidad, en el primer caso, de rectificar en nuestras casas todo esas carencias que cien días de encierro destaparon –¿quién impuso esa costumbre de cerrar terrazas para ganar unos metros al salón o por qué dejamos que el despacho deviniera en trastero?–; y, en el segundo, de asentar las bondades descubiertas –el aire puro, el silencio o la vida de barrio–. No hay consuelo, sin embargo, para los amantes de las artes, por mucha y admirable creatividad online desplegada durante este tiempo: sin ellas, la realidad, con pandemia o sin pandemia, se torna gris.

El paraíso del teletrabajador

La así llamada Nueva Normalidad no es normal, sino una manera de impedirnos pensar que las cosas no volverán a ser como siempre. Nacidos en la Era del Progreso y acostumbrados a que todo cambio siempre era a mejor, vamos de cabeza a la Era del Empeoramiento, un proceso que la dichosa pandemia no ha hecho sino acelerar. El Nuevo Trabajo supondrá un deterioro, tangible y cotidiano, de nuestras vidas. Si la ‘normalidad’ que viene es un eufemismo para una pérdida de todo lo bueno que tenía la normalidad antigua, el Nuevo Trabajo será igualmente mucho peor, porque traerá la universalización del teletrabajo para todo lo que no sea fabricación industrial no automatizada o labores agrícolas manuales. Los horarios desaparecerán, pero no se reducirá sino que muy al contrario se ampliará la jornada. No se cerrará nunca la oficina y la disponibilidad será permanente. Sé de lo que hablo. Llevo desde 1998, por voluntad propia, como teletrabajador, cuando me desplacé a vivir lejos de la ciudad. Sé muy bien lo que nos espera. Texto: Enrique Murillo.

Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.
Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.

Ya no somos

No es el dron –maldito moscardón mecánico– con el que el tendero codicioso espera multiplicar sus beneficios sin moverse de su caja registradora, mientras nosotros seguimos consumiendo sin abandonar el puesto de combate frente a la pantalla LCD, lo que viene a pervertir esta pérfida realidad. El problema es otro. Somos nosotros los que ya no somos. Los que, poco a poco, nos hemos dejado ir, obnubilados por la pequeña pantallita que siempre llevamos en las manos u otra más grande y perniciosa, la del falso progreso. Y así hemos llegado hasta la mesa de cualquier restaurante sin saber ya ni siquiera cómo disfrutar, instagramizando (“compartir”, ¡vaya eufemismo!) un plato para zampárnoslo junto a un vino globalizado que no sabe más que a la chequera del dueño de la tonelería. Y así sucesivamente, sin palpar emociones con el de enfrente, con el de al lado. Ya no somos: éramos. Eso es lo que ha cambiado. Hallarán consuelo los seres sensatos de paladar sensible ante la brevedad cada vez más acuciante del tímido otoño, acorralado por un verano año a año más tórrido y extenso, que da paso al frío invernal casi de sopetón, sin permitir que la naturaleza regule al cambio con el ritmo al que estábamos acostumbrados. ¡Ay! ¡Cuán mal hemos obrado para recibir este castigo! Porque hoy nos estamos perdiendo las semanas mágicas de los días lluviosos, de los bosques que cambian de verde al ocre, luego al amarillo y al rojo... de las setas que afloran por doquier... Y, por supuesto, de todo lo que se come en este otoño que se torna cada vez más fugaz. Como se trata de placeres efímeros, es obligado reseñarlos en estas páginas, antes de que haya que esperar hasta la siguiente temporada otoñal –seguramente aún más breve– para dar cuenta de ellos. Texto: Federico Oldenburg.

Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.
Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.

El gran teatro del mundo

Un pérfido bichejo nos obliga a subir los enseres a los carromatos y marchar con la música a otra parte. Por fortuna, el escenario es siempre el mismo, más oscuro, más brillante, más ancho o más estrecho, siempre el mismo que conocemos tan bien. El gran teatro de nuestro mundo. Pero este año de 2020 nos hará recordar las cosas redescubiertas: un zorro cruzando sin miedo la gran avenida, unos pedruscos perfectamente definidos bajo el agua clara del mar, un firmamento limpio y sin polución, el saludo amable entre ciudadanos que no se conocen. Todo a base de un sacrificio permanente por el que deberemos pagar más adelante, cuando las cosas vuelvan a la normalidad ramplona que nos hará suspirar de nostalgia: nuestra vida cotidiana recuperada. Mientras tanto, ah mientras tanto, la humanidad habrá cambiado hasta de gafas: el racismo no podrá pervivir rodeado de buenas palabras, los sátrapas se habrán tentado la ropa (un poco) y los seres corrientes podremos decirnos “¡ah, mira!”. Nada volverá a ser exactamente igual aunque recuperemos los bocinazos irritados que creíamos haber arrinconado. Texto: Fernando Schwartz.

Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.
Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso.

Elogio de la sobriedad

La pandemia ha impuesto a todos nuevos hábitos de vida. El confinamiento nos ha forzado a permanecer en nuestra intimidad, pero también a compartirla de una manera inédita. Ahora nuestros días están medidos por la tecnología, que nos acostumbra a una exposición reveladora, lo que nos vuelve al tiempo prudentes y afectadamente transformados. Desde hace ya varios meses –y no sabemos durante cuántos más– nuestras transacciones son digitales, y así nos vemos obligados a intervenir sobre nuestra imagen catódica, a decidir el fondo de pantalla que transmitir al exterior digital. Es el reino de lo que los especialistas llaman ya “el corona look”. La Covid 19 ha provocado también un brusco despertar: el exceso y la falta de conciencia medioambiental han quedado definitivamente fuera de lugar. Se imponen el minimalismo y la funcionalidad porque hoy la consigna es la asepsia, las implicaciones éticas de nuestras elecciones, de nuestro consumo. Para hacer frente a la Covid 19 es necesario ante todo recuperar la autenticidad, definida por un nuevo lenguaje también visual. En el ámbito del diseño buscaremos espacios abiertos, versátiles, flexibles, superficies fluidas y funcionales, y la sobriedad será ­–como siempre lo fue– signo de modernidad, de nobleza y prudencia. Y, sin duda, ese espíritu de autenticidad nacido de la necesidad permanecerá. Texto: Isabel Vaquero.



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