La crisis económica de 2008 provocó un descenso de las ventas de libros. Cabe suponer que por razones meramente monetarias. Se extendió hasta 2014, cuando se inició un ligero pero constante repunte que aún perdura. En los últimos meses, la lectura de libros en España ha pulverizado algunas cifras. Leemos más: más personas, más libros y más tiempo. Otra crisis, esta vez sanitaria pero de consecuencias también económicas, ha provocado una respuesta muy diferente en nuestros hábitos de lectura: el libro –junto a las series, sin duda, y el cine en casa– se ha convertido en uno de nuestros refugios. 

Desvela el estudio Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España referido a 2020, editado anualmente por la Federación de Gremios de Editores de España, que al 81% de los lectores le ayudó a llevar mejor el confinamiento. A la gran mayoría leer libros le aportó “entretenimiento”, “desconexión”, “relajación” y “tranquilidad”. Son sentimientos que nombran más del 90% de los encuestados. A otros, “ánimo positivo” y “alegría”. Hay quien incluso consiguió a través de ellos “entusiasmo”, “fuerza mental” o “ilusión”; también “seguridad”. Tal es la magia del libro. 

'Café', fotografía tomada en 2015 en Tenth Avenue, en Chelsea, Nueva York. 

A muchos de nosotros, el hábito de leer ha llegado para quedarse. El  porcentaje de lectores habituales, es decir, aquellos que cogen un libro por ocio al menos una vez a la semana, era del 50% en 2019; en los meses de confinamiento llegó a ser del 57% y, si bien luego la cifra ha decaído, se mantiene en el 52,7%. Leemos, además, más tiempo: antes le dedicábamos al ocio de la lectura 6 horas y 55 minutos a la semana; durante el confinamiento llegaron a ser 8 horas y 25 minutos, y a finales de 2020 se mantuvo en 7 horas y 25 minutos.  

El fotógrafo Lawrence Schwartzwald se declara, también, un lector empedernido. Mientras estudiaba Literatura en la Universidad de Nueva York a finales de los años 70, convirtió la librería Strand en una segunda casa a la que acudía a devorar libros de Jack London, James Baldwin, Kafka o Isak Dinesen. Descubrió también uno de la fotógrafa Diane Arbus, An Aperture Monograph, en cuyas páginas se topó, de repente, con un retrato de una pareja de pausados jubilados a los que años atrás servía desayunos, día tras día, en su etapa como camarero. Esa “yuxtaposición de arte y vida real”, le suscitó un extraño sentimiento de seguridad e inspiración entonces, cuando apenas era un aficionado a la fotografía. En los años siguientes, en los 90, Schwartzwald comenzó a fotografiar a escritores y poetas en eventos literarios a lo largo de la ciudad –Allen Ginsberg, Gwendolyn Brooks, Denise Levertov, entre otros– y vio sus primeras fotos publicadas en la prensa. Nada que ver con la literatura: la ola de calor que sufrió la ciudad en julio de 1993 o la actriz Marisa Tomei, maquillándose para parecer embarazada en el set de rodaje de Detrás de la noticia.  En los siguientes 20 años, Schwartzwald continuó trabajando como periodista freelance para diversos medios, leyendo mucho y, de vez en cuando, tomando fotos de alguien, a veces una celebridad, leyendo el periódico, un libro o cualquier otro material impreso. 

Cellista fotografía tomada en 2014 en la estación de metro de Times Square, en Nueva York. 

En 2001, una cándida imagen de un vendedor de libros leyendo fue publicada por el New York Post e incluso inspiró una columna en otro periódico que se decidió a entrevistar al vendedor ambulante. “Desde entonces –cuenta el autor en el prólogo del libro The Art of Reading, en el que ha reunido decenas de esas fotografías–, he seguido buscando lectores (a pesar de, y a veces debido a, el cierre de librerías y el rápido crecimiento de internet y los impersonales dispositivos de lectura electrónicos) y fotografiando discretamente a mis objetivos, en su mayoría solitarios y a menudo incongruentes, desesperados o vulnerables, pero comprometidos con lo que parece ser un arte en desaparición, el Arte de Leer”, añade. 

En el metro, en una cafetería, en un banco callejero, en los escalones de un portal, en una librería; caminando, tumbados sobre la hierba de un parque, en un descanso del trabajo; en solitario, en pareja; absortos, distraídos; en bañador, en traje; niños, adultos, ancianos; ricos, pobres, mendigos.  El libro The Art of Reading muestra más de cien fotografías tomadas por Schwartzwald, la mayoría de ellas en diversos barrios de Nueva York, pero también algunas en Washington, Massachusetts, Miami, París, Florencia o Venecia. Hombres y mujeres leyendo, hojeando libros, vendiéndolos, transportándolos. 

Edward Snowden, fotografía tomada en 2016 en 6th Avenue and Houston Street, Greenwich Village, Nueva York.

Porque ese arte de leer del que habla Schwartzwald, a pesar de su propio pesimismo, no está en desaparición. Ni la era digital ha acabado con el libro ni las grandes plataformas de venta online, esas sí epítomes de la impersonalidad, acabarán con las librerías. Cada año, hay más de 80.000 títulos nuevos en las calles de nuestro país; 230 millones de ejemplares en total; más de la mitad de nosotros y nosotras, un 51,7%, hemos comprado alguno, más de 160 millones si los sumamos todos; y una gran mayoría, un 71,1%, lo hizo en una librería. “Son (las librerías) un eslabón imprescindible en la cadena del sector del libro –señala Miguel Barrero, presidente de la Federación de Editores de España y de la Asociación de Cámaras del Libro de España–. Ellas se encargan de establecer un vínculo entre el libro, los autores y los lectores”. Son, también, su mejor escaparate, ese lugar al que uno acude a descubrir, a imaginar, a soñar, a entender, a ilusionarse, a entretenerse, a aprender, a subir el ánimo o enjugar la tristeza..., a practicar ese imprescindible e inmortal arte de leer.