Al menos cuatro de cada diez consumidores están dispuestos a pagar algo más por productos de una marca ‘responsable’, es decir que mide el impacto de su actividad en sus clientes, accionistas y trabajadores, pero también en su entorno y el medioambiente. Si alguna vez fue solo una tendencia, la sostenibilidad es ya una obligación que apela a muy diversos actores: desde los fabricantes, responsables últimos de la introducción en el mercado de todo tipo de bienes y actividades, hasta los consumidores, a quienes nuestras decisiones de compra otorgan un poder más real del que somos conscientes; pasando por diseñadores, investigadores, productores, distribuidores, responsables de marketing y todos los implicados, de una u otra forma, en la cadena productiva.

La realidad no es discutible: el planeta que habitamos no aguanta el nivel actual de consumo, ni el ritmo ni los modos. Hay que cambiar el modelo, según un llamamiento prácticamente unánime que encuentra cada vez más seguidores. Para las instituciones, quizás ellas sí más ancladas en el a veces poco eficaz campo de las intenciones, ha llegado el momento de dibujar el futuro; para las empresas y consumidores, el cambio es cosa del presente. Los procesos de fabricación se racionalizan con productos naturales o sostenibles; los packaging se vuelven reciclables; los motores se electrifican… y, lo que es más importante, el consumidor premia a quien lo hace. El día a día de la sostenibilidad pasa por estas pautas.

Contra los mares de plástico

En medio del Océano Pacífico flota una isla de basura, fundamentalmente plástico, que triplica el tamaño de Francia. Conocida como el séptimo continente, no para de crecer, alimentándose día a día con los millones de toneladas de residuos que se vierten constantemente en los mares. Teniendo en cuenta que una botella de plástico tarda 500 años en descomponerse, el destino parece reservar a semejante fenómeno una larga vida. El plástico es, dice Greenpeace, el enemigo número uno de mares y océanos, también de la vida que habita en ellos e incluso de la que nos llega a los humanos: hay constancia de que los microplásticos, fragmentos de unos 5 mm procedentes de la rotura de trozos más grandes o fabricados así directamente –como las microesferas presentes, por ejemplo, en detergentes–, llegan a nuestra mesa tras haber sido ingeridos por los animales marinos. La reducción de los plásticos que se ponen en circulación, especialmente de los de un solo uso –botellas de agua, envases de refrescos, bolsas de la compra– es solo un paso en un proceso de recuperación del medio marino que exige acciones más amplias: también en el litoral, amenazado por vertidos contaminantes y la ocupación descontrolada de las playas; y en el fondo, castigado por acumulación de basuras –solo el 15% de los residuos plásticos se queda en superficie–, determinadas prácticas pesqueras e, incluso, la minería de aguas profundas, capaz de provocar la extinción de especies únicas.

La guía de las tres r

Los habitantes de la Unión Europea producimos más de 2.500 millones de toneladas de residuos al año. Si seguimos explotando los recursos como lo hacemos ahora, en 2050 necesitaremos tres planetas Tierra para mantener el ritmo de consumo –según cifras del International Resource Panel–. La llamada Economía Circular, resumida en el eslogan de las tres r, Reducir, Reciclar, Reutilizar, se plantea así como un modelo de producción y consumo necesario que implica compartir, alquilar, reparar y renovar materiales y productos existentes todas las veces que sea posible para crear un valor añadido y extender su ciclo de vida. Entre otras razones, porque la materia prima es finita, los recursos, algunos de ellos cruciales para la supervivencia, son escasos y, sin embargo, la demanda no para de crecer. Las ventajas de un cambio de modelo, según palabras del propio Parlamento Europeo, que aspira a implantar una Economía Circular en la UE allá por 2050, son infinitas: “Reducir la presión sobre el medioambiente, mejorar la seguridad de suministro de materias primas y estimular la competitividad, la innovación, el crecimiento económico (un 0,5% adicional del PIB) y el empleo (se crearían unos 700.000 trabajos solo en la UE de cara a 2030)”. También para el consumidor, premiado con productos más duraderos e innovadores y, a largo plazo, más baratos. Baste un ejemplo: si los teléfonos móviles fuesen más fáciles de desmontar, el coste de su fabricación podría reducirse a la mitad.

Una alimentación más ecológica

Una docena de huevos de gallinas criadas en jaula puede llegar a costar alrededor de 2 euros; si son camperos, en torno a 3 euros; y entre 4 y 5 si son ecológicos. Es cierto, los productos ecológicos son más caros. Si apostamos por los camperos, y dado que consumimos unas 20 docenas cada año por persona, ese sobrecoste nos supondrá poco más de 20 euros en 12 meses. Cada vez más gente en nuestro país decide asumirlo. En 2019, según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el consumo de productos ecológicos subió un 7,7% respecto al año anterior, en una tendencia al alza que continúa desde hace varias temporadas. Aunque solo supone, de momento, el 2,2% del consumo alimentario total en España, Europa aspira a dedicar un 25% de la superficie agraria a producción ecológica. La diferencia estriba no solo en la calidad del producto ecológico, sino en que el consumidor añada a sus atractivos otros componentes como el impacto medioambiental del modelo de producción, el correcto trato a los animales y, en algunos casos, también un pago justo a los productores que contribuya al desarrollo de las zonas rurales.

El lujo es sostenible

Desde tejidos orgánicos, hasta materiales reciclados, pasando por tintes no contaminantes, packaging biodegradables o incluso diamantes ecológicos. La sostenibilidad está de moda y en la moda. También entre las firmas más prestigiosas del lujo, capaces de convertir en objetos de deseos, incluso con valor añadido, bolsos fabricados con materiales sobrantes de colecciones pasadas o gafas de acetato bio que llegan al consumidor envueltas en papel y cartón reciclables. El cambio adquiere tintes de revolución en el mundo del motor, en el que ni una sola de las principales marcas ha eludido su responsabilidad en la lucha contra la contaminación diseñando y fabricando vehículos de motorización híbrida o eléctrica 100%, mientras la más avanzada tecnología se vuelca, con éxito, en garantizar prestaciones de potencia, velocidad y autonomía –la asignatura más complicada–, equiparables a las que nos tienen acostumbrados los de combustión.

Premio a la responsabilidad

Se conoce con el nombre de greenwashing las prácticas supuestamente sostenibles de las empresas que pueden, mediante su oportuna difusión, ocultar otras que no lo son tanto. No traemos el concepto a estas páginas como una denuncia, sino, muy al contrario, como una ilustración sobre hasta qué punto, también en la cuenta de resultados, la conciencia sostenible tiene consecuencias. Los consumidores premian la responsabilidad social y corporativa, que es la forma de dirigir las empresas que tiene en cuenta el impacto de su actividad alrededor, sobre sus clientes, sus empleados, sus accionistas y también el medioambiente. De hecho, cuatro de cada 10, según un estudio de la Confederación de Consumidores y Usuarios, elegiría marcas responsables aunque el precio fuera ligeramente superior.

Consumo de kilómetro 0

Podría decirse que es una tendencia derivada del llamado movimiento Slow y, a su vez, del Slow Food, una corriente surgida en los años 80 y que, apostando por un ritmo de vida menos vertiginoso y exigente, aconseja también una alimentación más sana, beneficiosa a la vez para el consumidor, el agricultor y el medioambiente. Aunque lo cierto es que siempre estuvo ahí, pues se trata, simplemente, de consumir productos locales (de menos de 100 km del punto de distribución). El precio que hay que pagar no va más allá de renunciar a consumir ciertos manjares fuera de temporada. A cambio, nos garantizamos alimentos frescos y naturales, fomentamos la economía local y ayudamos a los pequeños productores, además de reducir el coste energético y económico que implica, por ejemplo, llenar las fruterías en verano de naranjas de Sudáfrica –más de 11.000 km nos separan– para satisfacer nuestro deseo de beber su zumo los 365 días del año.

El derecho a reparar

Sí, no es una leyenda urbana: algunas empresas fabrican productos condenados a estropearse antes de tiempo; es decir, programan el final de su vida útil para fomentar la compra de uno nuevo. Es lo que se llama obsolescencia programada y, aunque lleva décadas entre nosotros, es ahora, mientras la conciencia sostenible gana terreno, cuando se ha convertido en una práctica condenada por consumidores e incluso instituciones que reclaman algo tan lógico como ‘el derecho a reparar’. Algunas voces proponen una legislación que imponga etiquetas con información sobre la durabilidad de un producto y su capacidad de ser reparado. Mientras tanto, surgen iniciativas como alargascencia.org, una web promovida por Amigos de la Tierra que recopila establecimientos en los que reparar, intercambiar, alquilar y prestar todo tipo de productos. De momento, han encontrado más de 1.500 puntos en toda España.

Ilustraciones: Del Hambre.