Cuando surge la palabra saxo, inmediatamente tendemos a asociarlo con la cultura afroamericana, con ciudades como Nueva Orleans o Nueva York, principalmente por su relación con el jazz. Si alguien pensaba que el que es uno de los instrumentos musicales más recientes en la historia, y el más joven de los acústicos –175 años de vida son más bien pocos, comparados con los de la guitarra o el piano–, nació al otro lado del Atlántico, la respuesta es negativa. Fue en Europa y, en concreto, en Francia, de la mano de Adolphe Sax (1814-1894), quien en 1846 registró la patente del primer saxo. Encargo del Ejército galo, que había solicitado un instrumento que fuera un puente entre los de viento y los de cuerda, entre el clarinete y la trompeta, Sax creó el que sería una mezcla de ambos, el saxo.

Pocos conocen, sobre todo los no iniciados en la materia, que existe un nombre histórico en el campo de los instrumentos musicales, y en concreto en el de los saxos, francés y familiar, con 136 años de historia: Henri Selmer Paris, símbolo de la excelencia francesa, que concibe y realiza desde Francia “instrumentos de excepción”, como afirman. ¿La característica de sus productos? Calidad acústica y un acabado perfecto, lo que les ha hecho a lo largo de todo este tiempo merecedores de prestigiosos galardones.

Los saxos que realizan están compuestos de 850 piezas, la mayoría de latón, el material principal, aunque las hay también de nácar, cuero, corcho y fieltro.

Una empresa familiar hasta hace muy poco –en 2018 fue adquirida por un fondo de inversión galo–, cuyo timón ha estado en manos de los herederos, sucediéndose en los diferentes puestos de responsabilidad. “Justo a mediados de junio salía de la empresa Jérôme Selmer (presidente hasta entonces), de la cuarta generación de la familia”, explica a GENTLEMAN Christophe Greze, músico de formación y responsable de las boquillas y accesorios en la casa, en un perfecto español. Lo hace en el showroom de Selmer, muy próximo a la basílica del Sacré Coeur.

Horas de trabajo artesanal

Los saxos que hoy realizan incluyen 850 piezas, la mayoría de latón, el material principal, pero también las hay de nácar, cuero, corcho y fieltro. Los acabados suelen ser de color dorado o plateado, en la mayoría de los casos, aunque también podemos llegar a ver negros. Para hacer realidad un saxofón, se requieren entre 30 y 60 horas de trabajo, dependiendo del modelo, y sus precios oscilan entre los 2.000 y los 7.000 euros. Profundizando en la historia de la casa, el primer nombre que aparece es el de su fundador, Henri Selmer, solista de la Guardia Republicana y clarinetista en las conocidas orquestas Lamoureux y la Ópera de París. Cuando abre taller, en 1885, crea cañas –la parte de madera de bambú que vibra cuando se sopla en el instrumento y que dará el sonido– y boquillas. La década posterior, mientras España perdía sus últimas colonias, se adentra en el terreno de los clarinetes, instrumento realizado igualmente en madera.

El Super Action 80, una de las grandes creaciones de la marca en la década de los 80 del siglo pasado.

Su hermano pequeño, Alexandre, que llegará a ser, como Henri, un destacado músico, también en el clarinete, se traslada pronto a los Estados Unidos, a la Gran Manzana, donde ocupará el puesto de primer clarinetista de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. El siglo XX, y sobre todo el periodo que va de 1915 a 1930, hará que a ese lado del Atlántico el invento de Sax cobre protagonismo en un estilo musical que sobresale con fuerza, el jazz, creando auténticos forofos. Y los Selmer se adentran en el terreno de los saxos, lanzando su primero en 1922 –es decir, hará un siglo el próximo año–, en el que incluirían mejoras para la época. Para entonces su plantilla se había quintuplicado (de diez a cincuenta empleados) y producía 30 ejemplares de saxos por mes en esa década, época en la que consiguen, por la calidad de sus productos, el Gran Premio de la Exposición Internacional de Ginebra.

Este será un acicate añadido para que abran tienda en los Estados Unidos, en la isla de Manhattan, a cargo de la cual estará Alexandre. Su eslogan, You’ll play better with a Selmer (Tocarás mejor con un Selmer), se hace viral en el terreno de la música. Entonces, los instrumentos para el mercado americano llegaban desde Francia despiezados y eran montados in situ. Louis Amstrong, que se convertirá en embajador de la marca, mencionará con orgullo el nombre de Selmer en su canción Laughin’ Louie. Otro fan de estos instrumentos será Coleman Hawkins, que recibe como obsequio el modelo Tenor. Caerá rendido ante él: utilizará los saxos Selmer en su tournée europea.

Imagen del proceso de moldeado y soldado, en las instalaciones de la fábrica en las afueras de París.

Si el año del crack de la bolsa neoyorquina, 1929, había sido desastroso para la economía americana, resulta de lo más positivo para Henri Selmer: adquiere los talleres de Adolphe Sax, ubicados también en el distrito parisino de Montmartre. A partir de ese momento, se convertirá en el sucesor del inventor del saxo. Es evidente que no era una simple compra, sino algo que anunciaba que la empresa comenzaba una nueva etapa, aumentando el número de empleados –175 en total–, al incluir los que ya trabajaban para Monsieur Sax. A mayor número de empleados, mayor número de instrumentos, 300 mensuales.

¿Y por qué no ampliar la gama de productos y adentrarse en otro terreno, como el de las guitarras?, se preguntan en una época los sucesores de Henri Selmer. Para tal menester, se asociarían con el luthier italiano Mario Maccaferri, aunque la producción de guitarras se extendió solo a lo largo de dos décadas: se dieron cuenta de que la dispersión no era la mejor de las recetas, y decidieron recentrarse en clarinetes y saxos. Cada vez, la marca de los laureles –por su logotipo–, se iría haciendo más conocida en el mundo, aparte de en Francia, y por consiguiente el resto de Europa, en los Estados Unidos, América Latina y hasta Asia. La exportación llegará al 80%. Para comienzos de los años 40, ya habían fabricado más de 30.000 saxos. Es periodo de Guerra Mundial, que indudablemente golpea a la empresa, como al conjunto de Francia, aunque por fortuna no será mortal para los Selmer. Después, ya en época de paz y en un París liberado y con deseos de disfrutar de la vida, donde la música tendrá un papel esencial, empiezan a desarrollar una estrecha colaboración con artistas, que se convertirán en sus consejeros, para que el sonido de cada uno de sus instrumentos sea lo más perfecto posible.

Los saxos que realizan están compuestos de 850 piezas, la mayoría de latón, el material principal, aunque las hay también de nácar, cuero, corcho y fieltro.

El instrumento de los grandes

Modelos míticos, como el saxo Mark VI, que utilizaron grandes músicos como John Coltrane, Sonny Rollins, Stan Getz, Wayne Shorter o Paul Desmond; y otros especiales, como el Super Action 80, lanzado en una década dorada en el terreno del jazz, o el Supreme, el más actual. Un maestro como Charlie Parker contaría ya en este milenio con una colección especial, bajo el nombre de Tribute to Bird. “Cuanto más grande es el instrumento, el sonido es más grave, y cuanto más pequeño, más agudo. En Selmer vendemos objetos, pero a la vez vendemos sonido”, señala Greze.

La fábrica de la que sale cada uno de los clarinetes y saxos se puso en pie hace más de un siglo, a las afueras de París, en la región de las Yvelinas. En la actualidad, ocupa 20.000 metros cuadrados y en ella trabajan 500 empleados, previamente formados en la compañía, donde se ha ido transmitiendo de generación en generación un saber hacer único.

En 2020 alcanzaban los 135 años, pero ni ellos ni el mundo estuvo para festejos, a causa de la pandemia y los confinamientos que provocó. “Preparamos sorpresas para el año próximo”, nos adelantan desde la maison. Pasión, trabajo bien hecho y afán por innovar son tres ingredientes que no han faltado en Selmer, y que continuarán inquebrantables. Entre sus proyectos figura la creación de un museo que muestre sus principales creaciones, junto a las de Adolphe Sax.