¿Se puede decir algo nuevo de Rafael Nadal, después de casi veinte años protagonizando infinitas crónicas periodísticas, entrevistas reportajes e incluso libros? ¿Se puede añadir algo a la historia de una de las personas más conocidas del mundo –por supuesto, la más popular de España–, después de llevar casi cuatro lustros bajo los focos? Se puede hablar de sus éxitos, porque en cada partido que juega añade una página a su ya larga historia, y pese a que en en los inicios de su carrera se le auguraba una trayectoria brillante, pero fugaz, sigue siendo bastante habitual que sume nuevos éxitos a un palmarés que lleva ya tiempo a la altura de los grandes mitos históricos del tenis y, en muchos aspectos, a la cabeza de estos. Pero quizá sea más interesante tratar de acercarnos en estas líneas a la persona que ha conseguido todo eso.

El tenis ha sido y es siempre, históricamente, uno de los deportes con mejor imagen pública. Si se hace una encuesta, al azar, entre personas privadas en la que se les pregunte por tres deportes preferidos, probablemente el tenis sea uno de los que aparezcan con más profusión aunque, realmente, quien conteste no esté realmente interesado en él. Sin embargo, sí sabe que el tenis es un deporte elegante, limpio, poco dado a estridencias y en el que se considera escándalo lo que en otros ámbitos no merecería ni mención; en el que los tenistas y las tenistas, con muy poco numerosas excepciones, hacen por parecerse a la categoría de damas y caballeros que tenían en los inicios del deporte. De hecho, en Wimbledon, la Catedral del tenis, aún se mantiene ese Ladies y Gentlemen en cuadros de competición y vestuarios, en vez del tosco men y women.

Y Rafael Nadal es un verdadero caballero. Un gentleman a la antigua aunque adaptado a los tiempos actuales, claro: el blanco inmaculado que antes debían llevar todos los asistentes a una pista –el público también– lo reserva para Wimbledon. Ha llevado ropa de todos los colores, con mangas y sin mangas. Pantalones pirata y pantalones normales. Cinta para el pelo, gorra o pañuelo. Pero en cuanto a su comportamiento en pista, Rafael Nadal sirve como modelo: siempre impecable, siempre constructivo. No quiere decir que sea impávido y no sienta ni padezca, que ya le hemos visto tenérselas tiesas a veces con árbitros y algún rival más, sino que su comportamiento es el de un caballero del deporte. No es amigo de estridencias como las de Jimmy Connors, Ilie Nastase y, a veces, Novak Djokovic –quien, por cierto, no llega al nivel de estos en cuanto a dar la nota–; Nadal prefiere convertir en tenis toda su energía.

Federer y Nadal, en primer plano, protagonistas de una rivalidad que aún continúa. Detrás, Bjorn Borg, uno de los más grandes, a quien siempre admiró el español.

Es ese comportamiento una constante en su carrera, ya larga, porque tiene 35 años –cumple el 3 de junio– y porque empezó a cosechar triunfos siendo aún un adolescente –en 2003, con 16 años, se convirtió en el jugador más joven, desde Michael Chang, en ingresar en el top 100 del ranking ATP–. Como es también una característica definitoria su decisión. No era tan común en un circuito que, si en las décadas anteriores –la de los 70 y principios de los 80–, se mostraba huérfano de españoles, ya contaba en los 90 y en los 2000 con una exitosa presencia patria de la que eran muestra, entre otros, los hermanos Vicario, Carlos Moyá, Juan Carlos Ferrero o Albert Costa. Precisamente contra Costa, entonces un top 10, lograría Nadal, en abril de 2003, una de sus primeras grandes victorias, en Montecarlo. Para los pocos periodistas españoles que seguían el circuito internacional de tenis, la decisión era, efectivamente, una de las más destacadas virtudes de quien entonces no era más que un niño: jugaba para divertirse, sí, pero con la firme determinación de ganar, poniendo el alma en ello.

El inicio de una rivalidad legendaria

Fue así como, un año después de despuntar en Montecarlo, conseguiría en Miami –el 28 de marzo de 2004–, en la tercera ronda, su primera victoria ante Roger Federer, entonces ya un grande que acababa de alcanzar el número 1 del tenis mundial. Nadal caería en el siguiente enfrentamiento, aunque ambos, el español y Federer, volverían a verse las caras en la final del torneo del año siguiente, con victoria, trabajada, en cinco sets, para el suizo.

Rafael Nadal, en las distancias cortas, es próximo y amistoso. Conoce perfectamente su mundo. Sabe quién es quien y qué hace cada cual y tiene a gala ayudar en lo que puede, aunque a veces las circunstancias le impidan hacer más. A servidor de ustedes, cuando en sus primeros tiempos le acompañaba en solitario en muchos torneos –convirtiéndome en testigo privilegiado de aquellas primeras victorias–, siempre le daba trato especial, saltándose a veces las instrucciones de su propio equipo a la hora de conceder entrevistas o entrar en la radio. En un torneo de Acapulco, en el que él era ya la gran estrella mundial que es ahora, me encontró en recepción y no sólo interrumpió su camino para saludarme efusivamente, sino también para acercarse hacia donde se encontraba mi esposa, no especialmente próxima, y saludarla también a ella. Gestos no tan corrientes en quien disfruta de la gloria y que, sin embargo, definen a una persona. No es exagerado afirmar que, si por él fuera, probablemente no negaría jamás una foto o un autógrafo. Cuestiones lógicas de prudencia y seguridad le mantienen, sin embargo, más alejado de la gente de lo que a él le gustaría.

La raqueta como amiga

Su comportamiento en la pista es ya conocido. Se sabe que nunca ha roto una raqueta: su tío, entrenador y creador, Toni Nadal, le explicó hace ya años que la raqueta era, más que una herramienta de trabajo, una amiga, una extensión de su propio cuerpo, y tenía que tratarla con el máximo respeto. Pero es que, además, no se conoce que jamás, ni en entrenamientos ni en partidos, se haya quitado las zapatillas sin antes soltarse los cordones. Y, por supuesto, nadie sabe de que alguna vez haya perdido los nervios en un vestuario, y siendo quien es, si hubiera sucedido, lo sabríamos con total seguridad. No: Nadal, cuando gana, gana y cuando pierde, pierde, dentro de los límites de la elegancia y la deportividad. Y de su carrera se deduce que perder no le sienta precisamente bien. A veces gana, no lo hace como él piensa que debe hacerlo, y se va a una pista a seguir entrenando. Mención aparte merece su relación con las lesiones, que le han estado martirizando gran parte de su carrera. Tampoco se queja más de la cuenta. Se dedica más bien a reinventar su juego para adaptarlo a sus posibilidades, con lo difícil que es eso cuando ya se llevan unos años de carrera explotando fórmulas de éxito.

Para eso, evidentemente, es precisa una enorme capacidad de concentración. Todos los psicólogos deportivos nos dirán que una técnica óptima para buscar y mantener la concentración son los rituales. De todos es sabido el ritual de Rafa con las botellas de bebidas que tiene a su alcance durante los partidos: todas siempre colocadas y recolocadas en la misma posición y al mismo nivel. También su ritual, su largo ritual, al servir cada punto. Es también otra forma de concentración: como sucede con las lesiones, el hecho de que haya cambiado la norma de tiempo de servicio, reduciéndolo, le ha supuesto un problema. Pero aunque ha protestado, como sabemos, ha optado por adaptarse. El asunto es no perder calma y concentración, y alcanzarla de forma menos estridente que John McEnroe, que la hacía a base de rabietas, como recordamos. Da la impresión de que en Nadal hasta el mínimo gesto tiene un porqué.

Y en fin, a Nadal le funciona. Si realizamos un somero repaso por su historial deportivo, nos encontramos que este año 2021 es el número 18, consecutivo, en el que gana al menos un título (lleva dos). Nadie ha conseguido más. Ha conseguido el Grand Slam en la carrera, ganar los cuatro grandes torneos: Open de Australia, Roland Garros –ni hace falta recordar que este lo ha ganado 13 veces–, Wimbledon –lo que parecía un imposible– y el US Open. Y si gana el Open de Australia una segunda vez, será el primero, en el tenis masculino, en repetir victoria en todos desde el mítico Rod Laver, hace casi 60 años. Ha ganado, de momento, 88 torneos, solo por detrás de los 109 de Connors, 103 de Federer y 94 de Ivan Lendl. Lleva 20 títulos de Grand Slam, el máximo de la historia, junto a Roger Federer. Ha ganado 37 Masters 1.000. Ha vencido en 1.022 partidos, solo tras Connors, 1.274, Federer, 1.243, y Lendl, 1.068. Y ha logrado todo esto en todo tipo de superficies, siempre entre los líderes. Y sin duda es el mejor de la actualidad –una actualidad que abarca varias décadas– en tierra batida…

Algunos de esos grandes nombres de la historia del tenis –además de los nombrados, Bjorn Borg o Peter Sampras, entre otros– figuraban entre los ídolos de Nadal cuando empezó a soñar con el tenis. Con otros de sus admirados, los propios Costa o Federer, o Moyá, ahora su entrenador, llegó a competir y a vencer.
En fin. Rafael Nadal es una persona que se define por su nombre. Se ha llegado a hablar de que la RAE debería crear una palabra superlativa basada en el tenista de Manacor. Llegue o no, el hecho es que Rafael Nadal es un deportista total. Un caballero del deporte. Un Gentleman a la antigua pero de los tiempos modernos.