El pequeño hotel de Calella de Palafrugell, en Girona, en el que Joan Manuel Serrat se encerró parar escribir algunas de las canciones de su disco Mediterráneo es ahora un edificio de apartamentos. No en vano han pasado 50 años. Era mayo de 1971 y Serrat, entonces con apenas 27, ya se había hecho un nombre en eso que se dio en llamar la Nova Canço catalana: la decisión, en 1969, en su quinto disco, de cantar en castellano frente al catalán de los cuatro primeros le había abierto las puertas de toda España y comenzaba a hacerlo con las de América Latina. Después de poner música a los poemas de Antonio Machado –una generación recita algunos de ellos sin haberlos leído nunca gracias al disco que le dedicó–, Mediterráneo supuso un éxito inmediato y un espaldarazo definitivo. Con capacidad, incluso, de trascender en el tiempo: probablemente sea difícil encontrar a alguien de nuestro entorno que no sepa tararear la canción que da nombre al disco. O Lucía, o Tío Alberto, o Aquellas pequeñas cosas o Pueblo Blanco.

Todas fueron concebidas y escritas por Serrat, salvo Vencidos, que cuenta con letra del poeta León Felipe. Los arreglos de un equipo compuesto por Juan Carlos Calderón, Gian Piero Reverberi y Antonio Ros Marbà, con ligeros aires de bossa nova y jazz, hicieron el resto. En el medio siglo transcurrido desde entonces, Serrat, que cuenta ahora con 77 años, no ha hecho más que consolidar y agrandar su leyenda. Recordar la treintena de discos grabados, las distinciones, reconocimientos y premios recibidos o las multitudinarias giras –también con fieles compañeros de viaje como Joaquín Sabina– solo sirve para constatar una verdad reservada a unos pocos: Joan Manuel Serrat y su Mediterráneo forman parte de la cultura de este país. Y seguirán ahí dentro de otros 50 años.