Pareciera que la creatividad de Miquel Barceló no tiene límites. La exposición que el Museo Picasso de Málaga acoge hasta septiembre, bajo el título de Metamorfosis, es una buena prueba de ello. Cerámicas, pinturas, acuarelas, cuadernos de artista e incluso libros ilustrados –cerca de cien obras en total– forman parte de esta muestra que pone la atención en dos de las características de Barceló: la condición cultural trashumante de un artista que vive entre Mallorca, París y Mali y que crea su propio universo artístico allí donde viaja –hay acuarelas realizadas en Tailandia o la India, y su capacidad de reinvención. “Cada obra es experimental –señala–, cada obra es un ensayo para otra, que quizás no existirá jamás. Y eso creo que es tan válido para mi pintura como para mi cerámica o para cualquier cosa que salga de mi mano”.

imagen de la escultura 'Tonyyna negra', obra en cerámica de 183,4 x 64 x 48 cm, creada en el año 2019.


Admirador confeso de Picasso –“es una especie de influencia genérica, una manera de relacionarse con la vida, de estar en el mundo”–, Barceló (Felanich, Baleares, 1957) se enganchó al arte en un viaje a París cuando era aún adolescente. Tanto que, de vuelta a casa, empezó a estudiar Bellas Artes, aunque apostó luego por una formación autodidacta que le bastó para convertirse, en los 80, en un joven artista de proyección internacional. Numerosos galardones –como un Príncipe de Asturias en 2003– y obras emblemáticas –como la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos del Palacio de las Naciones Unidas en Ginebra– no han hecho más que agrandar su figura. Málaga proporciona ahora una inmejorable oportunidad de acercarse a ella.