El escultor Jordi Díez conoce las medidas de la caja torácica de Rafa Nadal, de su pelvis, de su húmero, de su fémur, de su cráneo… Pero, por alguna razón, el parecido no siempre obedece a las mediciones. Hay entonces que tirar de intuición, de experiencia, hasta que el rostro del tenista, un minuto antes no, de repente sí, cobra vida en el acero.

Díez, vallisoletano afincado en Barcelona, es el autor de la escultura que, desde el 27 de mayo, acoge Roland Garros, el templo del tenis sobre tierra batida que ha caído rendido a los pies del español. Solo el aviador que da nombre al complejo y los llamados cuatro mosqueteros, los tenistas franceses de una generación única, allá por los años 20 y 30 del siglo pasado, René Lacoste, Jean Borotra, Henri Cochet y Jacques Brugnon –que dan nombre a tribunas de la pista central–, han sido inmortalizados allí.

Detalle de la escultura.

La escultura de Nadal –800 kilos de acero inoxidable, 3 metros de altura, 4,89 de ancho y 2 de profundidad– representa al tenista flotando en el aire, en plena ejecución de uno de sus característicos directos, sujetado por cables a una estructura metálica en la que, aunque inexistente, no es difícil adivinar la pelota golpeada dirigida a toda velocidad hacia el campo contrario. “Está Rafa. Está el impacto que acaba de darse. Está la presencia de la ausencia de la pelota. El espacio vacío ofrece la experiencia de este acontecimiento”, cuenta el escultor en un libro de edición limitada publicado para la ocasión.

 El artista, Jordi Díez, en pleno trabajo de soldadura. 

Jordi Díez, reconoce, ha vivido obsesionado con Nadal desde que su proyecto resultó el elegido por la Federación Francesa de Tenis para inmortalizar al tenista. Artista eminentemente figurativo, el cuerpo humano ha sido la base de sus creaciones a lo largo de toda su carrera. “El cuerpo es el centro del placer, del dolor, de la vida y de la muerte, de la experimentación y de la ciencia, del miedo y de la libertad; es el sitio en el que se viven los sentimientos, las pasiones… –explica–. El cuerpo es el espacio de experimentación único, de lo auténtico y de lo falso, de lo artificial y de lo trascendente”. Para reproducir el de Nadal, viajó a Mallorca, donde tomó medidas y estudió sus movimientos. “Aparte de la potencia extrema –cuenta–, me llamó la atención la economía absoluta: son movimientos, proporciones, que tienen un objetivo definido. No hay lugar para el aspaviento. Son puros. Y, como tal, su belleza nace de la ausencia de objetivos estéticos”.

El resultado final, que ahora se exhibe en las instalaciones de Roland Garros.

Sobre ese concepto decidió, entonces, basar su trabajo: no buscar tanto la belleza como “lo práctico, lo vital, lo explosivo”, Aquella llegaría por añadidura. Comenzó entonces una labor en la que el primer paso fue la construcción de un boceto, una reproducción en pequeño tamaño –quizás medio metro de alto– del que se pretendía como resultado final. Construido como si de crear un cuerpo humano se tratara –primero una ligera estructura a modo de esqueleto; luego, cada barilla dispuesta como un músculo; la piel, el ropaje…–, en el boceto pueden adivinarse algunos de los retos definitivos: la proporción, una auténtica obsesión; la potencia de las piernas; el dinamismo…, incluso tratar de reproducir una camiseta mojada por el sudor que permitiera también entrever la musculatura en tensión. A partir de ahí, la creación. Primero con la escultura tumbada, dado el peso del material en una estructura todavía precaria. Luego, por fin, de pie, sujetada a arneses y accesible mediante andamios, para un proceso de soldadura con precisión y paciencia infinitas. Hasta que empieza a cobrar vida, hasta que el rostro se presenta por fin. “De alguna inconcebible manera, Rafa está en el taller ya hasta el final”.