Ejemplo de ello son algunos de estos célebres personajes, como John F. Kennedy, que hizo de sus Ray-Ban todo un estilo de vida, los grandes Paul Newman y Marlon Brando, cuya fama prácticamente les exigió llevar gafas de sol en sus bolsillos, o el brillante Andy Warhol, que hizo de ellas su atuendo favorito junto a su peluca.

Marlon Brando

La cara de Marlon Brando (arriba en la imagen), ancha y con tendencia a parecer hinchada por alguna clase de exceso, exigía unas gafas de cristales muy oscuros y montura muy envolvente. Las gafas que lleva a su llegada a París en 1959 han sido elegidas con esmero. Las cúpulas de cristal tintado encuentran eco en la redondeada frente, ancha y cada vez más despoblada. La fama ha impuesto la necesidad a los rostros conocidos de ocultarse cuando circulan por lugares públicos, un altísimo precio que se paga por el dinero y la adoración que la fama trae consigo. También la envidia y el odio.

Getty Images.

Errol Flynn

En su madurez, Errol Flynn logró borrar de su imagen cierta cursilería antigua que parecía congénita. La sofisticación de la boquilla larga y, sobre todo, el ángulo inusual de esta instantánea, borran por completo el efecto absurdo que produce el bigotillo que tanto devalúa su rostro en las clásicas fotos frontales. Hay que añadir, además, el magnífico efecto de las gafas de sol, imprescindibles cuando navegas bajo un sol que arranca centelleos en cada ola.

Getty Images.

Andy Warhol

Andy Warhol fue tan bueno en las artes de la reproducción seriada (las serigrafías que le han hecho famoso) como en la producción de su propia imagen. La peluca sempiterna, albina y peinadísima; las habituales gafas de sol muy oscuras; los pómulos salientes, las mejillas en las que parece dibujarse una cuchillada vertical… En la zona Este de Manhattan reunió a músicos, cineastas, poetas y yonkies talentosos, y supo hacerles famosos. Por primera vez en la historia, ese aspecto se convirtió en algo tan importante como la obra. Eran los prodigiosos años 60, cuando las costumbres del mundo cambiaron gracias a algunos como él. El retrato distorsionado es obra de un gran fotógrafo de otra generación: Weegee, el cronista gráfico de sucesos más famoso de la historia del crimen.

Paul Newman

El silencio de las aguas mansas, el rumor del remo al romperlas suavemnete, un lago perdido en las White Mountains, cerca de Boston y no muy lejos de Nueva York, permiten a Paul Newman convertirse en la encarnación misma de la calma mientras pasea en su bote con su hija Clea. La fotos fue tomada durante el rodaje de un documental (The Wild Places) en defensa de la naturaleza. Una imagen veraniega en este bosque situado a no mucha altitud, en el trecho norte de la cordillera de los Apalaches. Las gafas de sol son imprescindibles.

Getty Images.

John F. Kennedy

El primer político de la modernidad, John F. Kennedy, era católico y fue capaz de desafiar a las URSS y estar al borde de desencadenar una guerra nuclear. Pero su estilo desenvuelto, su manera de vestir e incluso aquella esposa elegante e intelectual que se llamaba Jackie configuraron un mito que convirtió en antiguallas a todos sus predecesores (y a muchos de sus sucesores). Era joven, actuaba como los jóvenes y las emblemáticas American Optical Saratoga le sentaban de maravilla.

Douglas MCarthur

Al general no le concebimos sin las gafas tras las que escondió siempre la mirada mientras comandaba la campaña del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. En 1944 recuperó Filipinas, pero la campaña se alargó tanto que al final su jefe decidió echarle una manita en forma de un objeto pesado llamado ‘Little Boy’, que en 1945 remató la faena e inauguró la era del terror atómico.

Igor Stravinski

Desde su juventud fue miembro de ese disperso grupo de artistas de todas las especialidades que convirtió la innovación en su sello. Al lado de los pintores y escritores del arranque del siglo XX, creó el movimiento Moderno, lo que un historiador de arte llamó ‘la tradición de lo nuevo’. Hijo de un cantante de ópera, siempre pareció todo un aristócrata, incluso, ya anciano, protegiéndose de los focos con unas gafas oscuras.

San Giancana

El ‘no sabe, no contesta’ con el que los miembros de las tramas mafiosas responden en los tribunales no es nuevo. San Giancana practicó la misma añagaza, invocando en su caso la Quinta Enmienda, cuando, a finales de los años 50, un comité de investigación senatorial le llamó a declarar sobre sus presuntas actividades mafiosas. Sus gafas en esa imagen son tan oscuras como sus actividades. Era famosa la sangre fría con la que el capo de la Mafia podía matar personalmente o encargar pulcramente un asesinato.

Steve McQueen

Steve McQueen ha sido discreto incluso como mito. En vida, lejos de los sets de rodaje, seguía pareciendo uno de sus papeles de héroe callado, distante, aunque no incapaz de la acción. Tras su muerte prematura pasó a ser, de forma gradual, una de esas estrellas que se van agrandando conforme pasan los años. Y ese mito se basa en una forma no agresiva ni machista de la hombría, una virilidad que no está basada en la fuerza ni la prepotencia, sino en la sensatez, el control de los sentimientos, la discreción. El revólver de la foto no engaña a nadie.