El problema es encontrar los rincones donde la vulgaridad aún no lo ha pervertido todo. Las costas que han sobrevivido a la especulación urbanística. Los pueblos marineros que han mantenido su espíritu sin rendirse a la tentación del turismo, que todo lo transforma. Y por supuesto las playas, calas y demás minúsculos reductos del litoral que se mantienen indemnes a la invasión de las hordas vociferantes, incapaces de contemplar el mar sin el persistente retumbar del pumba pumba pumba del regetón de moda.

Difícil es también hallar en las costas de este país sitios donde comer dignamente, en plan sencillo, los productos que surte el generoso mar. Chiringuitos populares y entrañables donde dar buena cuenta de espetos, bienmesabes, pescaítos fritos y demás manjares de toda la vida sin quitarse el bañador y las chanclas.

Pero haberlos, haylos.

Aunque lo que en estas páginas nos ocupa es el no-va-más del chiringuito patrio o la cúspide del restaurante costero vernáculo localizado en un entorno absolutamente privilegiado.

Secretos en la Costa Brava

En la Costa Brava, uno de estos rincones secretos es Cala Jóncols, un reducto de tranquilidad situado en la cala más remota del Cap de Creus, entre Roses y Cadaqués. Aunque la naturaleza domina, los servicios son completos, ya que la propiedad dispone allí de un hotel y un restaurante consagrado a la gastronomía del terruño, abierto del 1 de abril al 2 de noviembre, que permite elegir entre terraza, jardín y comedor. La arquitectura se integra con discreción en el delicioso paisaje y la cocina trabaja con buen tino calamares, anchoas, pulpitos… y algunos platos más elaborados. Cala Jóncols produce incluso su propio vino –blanco y biodinámico–, con la colaboración del viticultor Didier Soto.

Terraza del restaurante del Hotel Cala Jóncols.

Otros destinos con interés gastronómico en la costa del Empordà son La Pelosa, en Roses, chiringuito de difícil acceso con merecida fama gracias a sus notables arroces, que dispone incluso de un servicio de take away para los barcos anclados en la bahía; y Toc al Mar, con un comedor interior y terraza en la playa de Aiguablava, Begur, donde Santi Colominas se luce siempre con magníficos pescados a la parrilla.

Baleares, de isla en isla

En cualquier caso, la mayor concentración de esta suerte de chiringuitos gourmet se da en las islas Baleares. En Ibiza, el representante más soberbio del género es Casa Jondal, en una casa blanca ibicenca situada en la cala del mismo nombre, en el municipio de San José. Sin música machacona y con el mejor producto de mar, la cocina está a cargo de Rafa Zafra, mentor de los templos marineros Estimar, en Barcelona y Madrid. Carta larga y placeres múltiples y mayúsculos.

Formentera también dispone de un chiringuito señero, Es Còdol Foradat, ubicado estratégicamente delante de la playa de Migjorn, con unas vistas impagables. Desde 2020, la gestión de este restaurante playero corre a cuenta del equipo del chef catalán Nandu Jubany, quien sin sofisticar la propuesta –la carta sigue centrada en arroces y platos marineros– ha subido el listón de la cocina.

Comedor del Beach Club del Hotel Gecko en Formentera.

En la más pequeña de las Pitiusas, vale la pena destacar el Beach Club de Gecko Hotel. Basta con un pase de día para disfrutar de uno de los alojamientos más exclusivos de la isla: permite instalarse en sus jardines, apoltronarse en las hamacas y probar los platos del restaurante, de cocina sencilla y saludable, en las mesas de la terraza o donde a uno le venga en gana, acorde al espíritu plácido e indulgente del paraíso balear.

Surcando las aguas hasta la vecina Menorca, el ambiente es muy distinto en En Caragol, un sencillo restaurante con amplia terraza situado en la carretera de Punta Prima a Binibèquer. Su principal reclamo son las sensacionales vistas del mar, además de su impecable cocina marinera. Otra dirección de referencia en la isla es Ses Salines, estratégicamente situado sobre la bahía de Fornells, que debe su fama tanto a su privilegiada ubicación como a sus magníficos arroces (conejo y caracoles a la llauna, pulpo y pimiento rojo) y fideuás (sepia a la bruta y butifarra, raya a la menorquina, caragols amb cranca).

Ca's Patro March, ubicado en un acantilado sobre la cala de Cala Deià, en Mallorca.

Por fin, en Mallorca, quien busque un rincón idílico para restaurarse sin perder de vista el azul del Mediterráneo, tiene en Ca’s Patro March el lugar perfecto. Modelo soñado de chiringuito de luxe, se asoma a la recatada Cala Deiá –apenas 70 metros de longitud– desde un acantilado rocoso de la Serra de Tramuntana. La cocina no decepciona, especialmente si el comensal sigue la buena costumbre de apuntarse a la pesca del día: los ejemplares de mero, caproig y demás especies locales suelen ser espectaculares.

No menos idílica es la panorámica que ofrece la terraza del Sea Club del hotel Cap Rocat, también en el catálogo de los Small Luxury Hotels of the World y sin duda uno de los alojamientos más exclusivos y recónditos del Mediterráneo. Localizado en Cala Blava, en un área natural protegida de 30 hectáreas que incluye dos kilómetros de costa, el hotel es un referente del turismo de lujo construido sobre los edificios de la antigua fortaleza de Cap Enderrocat. Cap Rocat cuenta con dos espacios gastronómicos, ambos dirigidos por el chef Víctor García. Tanto en el restaurante La Fortaleza como en la terraza del Sea Club los sabores de la cocina mediterránea –y mallorquina en particular– son el eje de la propuesta: si en el primero la carta ofrece dos menús de degustación, en las mesas situadas frente al mar el protagonismo lo tienen los platos más sencillos: pescados y carnes a la parrilla, calderetas y arroces.

Cap Rocat ofrece la posibilidad de conocer y disfrutar de lo esencial de las cocinas mediterránea y mallorquina.

De la península a Canarias

Otra vez en la España peninsular, en el capítulo de restaurantes situados a pie de playa es obligado mencionar el marbellí La Milla, nacido en 2015 de la inspiración, esfuerzo y ambición conjunta del chef Luis Miguel Menor y el restaurador César Morales y que con los años ha crecido hasta convertirse en el perfecto arquetipo de chiringuito gourmet. La ubicación es perfecta, en una playa algo retirada (Urbanización Los Verdiales); las vistas desde el comedor, impagables (también hay camas de playa para relajarse y tomar un cóctel antes o después de la comida); el producto, excelente y bien tratado (gambas rojas, alistadas, carabineros, sardinas… dependiendo siempre de la pesca del día), y la bodega, una de las más completas del litoral, con un estupendo equipo de sala que acaba de ser reforzado esta temporada por la sumiller sueca Caroline Wästersved.

Cambiando de aguas, aunque sin salir de Andalucía, el entorno impresionante de inmensa playa de Bolonia, ya en tierra gaditana, sugiere otra aventura gastronómica. Es preciso andar un poco, dejar atrás las dunas y las ruinas romanas de Baelo Claudia para adentrarse en el pequeño núcleo urbano llamado El Lentiscal: allí se encuentra el restaurante Las Rejas, santuario del mejor pescado de anzuelo del litoral andaluz, amén de otras especialidades (las tortillitas de camarones son de museo).

Ambientación marinera en Berdó, junto a los pantalanes de Puerto Sherry.

Bien diferente de todos los mencionados es Berdó: no está en la playa, ni en una cala o un acantilado. Pero se puede llegar a sus mesas en barco, atracando en Puerto Sherry. Y la experiencia merece la pena. Allí ejerce David Méndez, artífice de la ‘cocina de entrevientos’, aquella que ‘sale por donde te llegue’, que ya dio a conocer durante su etapa en El Arriate de El Puerto de Santa María. Creatividad sin alharacas con respeto al producto.

Y un último apunte en dirección al más remoto de los paraísos costeros inexplorados donde ha plantado el tenedor un cocinero con algo interesante que decir. Porque si bien son pocos los que alguna vez han dado con sus huesos en la isla canaria de El Hierro –ya están perdiendo el tiempo–, aún son menos los que se atreven a desarrollar un proyecto gastronómico de envergadura en aquel lejano destino del archipiélago. Tenía que ser, pues, un aventurero como Marcos Tavío, valedor de la esencia autóctona de la cocina canaria, quien, y tras el cierre de su restaurante Aborigen de Tenerife (la pandemia le ha llevado al limbo por un tiempo indeterminado), ha elegido la zona costera de La Maceta en El Hierro, rodeada de piscinas naturales, para continuar en Ocho con sus exploraciones en tres espacios: en las cinco mesas del comedor se saborea la tierra y el origen en complicidad con el equipo de cocina; en la vinoteca, se disfruta de una amplia carta de vinos isleños y quesos de productores locales; mientras que la terraza, el espacio más informal, es el lugar ideal para adentrarse en la universo experiencial que propone Tavío en el sensacional marco natural de esta isla volcánica, al borde del Atlántico.