Las empresas centenarias se cuentan con los dedos de una mano porque, para resistir a la fuerza arrolladora del tiempo y del mercado, hay que tener raíces fuertes, pasión inquebrantable y ser los mejores en lo que se hace. Lo sabe bien Sastrería Cornejo, desde 1920 referencia mundial en la confección de trajes escénicos: cien años de historia o, mejor dicho, cien años creando historias, dando forma y aspecto a los personajes más emblemáticos del teatro y del cine; un siglo entero vistiendo a las actrices y a los actores más famosos a nivel nacional e internacional: desde Ava Gardner y Sofia Loren a finales de los años 50 y principios de los 60 a, más recientemente, Gwyneth Paltrow y Ben Affleck en Shakespeare in Love, o Russell Crowe en Gladiator, por citar a alguno entre los más destacados, y un sinfín de Don Giovannis, Fígaros, Toscas, Violettas, Cármenes, interpretados por cantantes del calibre de José Carreras, Plácido Domingo o Monserrat Caballé.

A la sastrería Cornejo acuden figurinistas de todo el mundo, de Hollywood, de Francia, de las mejores producciones nacionales, en una especie de peregrinaje al final del cual siempre se cumple el milagro: la imagen esbozada en el papel toma forma; el sueño se hace realidad. Es la chispa que enciende la magia del teatro o del cine. Porque el séptimo arte, para existir, necesita de un octavo, que es el cortar y coser. Ni la Covid ha podido romper el hechizo: en el mundo del espectáculo the show must go on, y donde hay show allí está Cornejo.

Los figurinistas entregan sus diseños a los cortadores, que a partir del boceto tienen que materializar la prenda. Cada trabajo requiere habilidad, precisión y un estudio histórico previo

“Todo empezó hace exactamente un siglo, en la madrileña Cava Baja”, cuenta Humberto Cornejo, dueño de la empresa y nieto del fundador. “Allá por 1920 mi abuelo recibió como regalo de parte de un tío suyo una colección de trajes. Empezaron a alquilarlos para fiestas privadas y la cosa no debió de ir mal, porque más tarde se pusieron a producir otros que fueron alquilando para zarzuelas y representaciones teatrales. El verdadero cambio de paso –continúa Cornejo– lo dimos con la llegada del productor estadounidense Samuel Bronston a España. Hablamos de finales de los años 50; cuando aún nadie lo hacía, él decidió rodar en el país por razones económicas. De esa colaboración nació Orgullo y pasión (1959), con Sofia Loren y Frank Sinatra, la primera película internacional en la que participamos; y a partir de ahí, El Cid, de nuevo con la Loren, 55 días en Pekín, con Ava Gardner, según nuestras modistas el cuerpo más perfecto de la historia del cine, y las grandes producciones wéstern. Desde entonces Hollywood siempre ha sido uno de nuestros clientes más importantes”.

Una modista corta una tela que se convertirá en un vestido del siglo XVIII destinado al parque temático francés Puy du Fou.

Los premios como reconocimiento

En estos cien años de actividad, los trajes confeccionados en Cornejo han ganado 13 Oscar, 25 Goyas, 7 Baftas y 12 César. El taller en la Cava Baja se ha transformado en 12.000 metros cuadrados de almacén, las fiestas caseras en 500 producciones al año y la modesta colección de trajes en 900.000 prendas. Caminar entre ellas es una experiencia única: las filas de ropa colgada se suceden una tras otra y trazan estelas multicolores en los gigantescos espacios de la nave madrileña (hay otra cerca de Guadalajara). Los trajes están ordenados por época y recorrerlos es como viajar en el tiempo: túnicas y peplos romanos –¿les suena Ben-Hur?–, corazas medievales, uniformes napoleónicos, ropaje victoriano… “Estos son los trajes del Doctor Zhivago (Oscar al mejor vestuario en 1966)”, nos comentan, y es como si apareciera Omar Sharif ataviado con su gorro de piel, su parca hasta los pies, andando por los pasillos; o la Juana de Arco de Luc Besson (premio César en el año 2000), o la María Antonieta de Sofia Coppola (Oscar en 2007).

Los trabajos más delicados suelen ser para el teatro, porque la prenda, además de cumplir con su función estética, debe ser cómoda y no tiene que oprimir el diafragma del cantante.

A lo lejos se oye el rezongo de las máquinas de coser. Entramos en el taller, donde las ideas de los mejores figurinistas del mundo (Yvonne Blake, Franca Squarciapino, Sandy Powell, Pedro Moreno, Gabriella Pescucci, Paco Delgado, entre otros), toman literalmente forma. Entre las telas apiladas, detrás de una mesa repleta de retales, despunta, con el clásico metro colgando del cuello, el busto de Carlos González, el sastre de las creaciones masculinas. Está cortando una tela: un ojo al boceto, otro a las larguísimas tijeras que devoran el tejido con hipnótica rapidez, como si estuvieran teledirigidas. Ha aprendido el oficio de su padre, nos cuenta.

¿Que diferencia hay entre la sastrería normal y la escénica? “Aquí no se puede decir que no a nada. Por muy complicado que sea el trabajo, hay que sacarlo. Y además no basta con saber coser: hay que conocer muy bien la historia del traje. Antes de enhebrar la aguja hay un escrupuloso trabajo de investigación”. Sus homólogas para los trajes femeninos son Vicky Velázquez y María de Luis: están manejando un brocado escarlata que se convertirá en un vestido del siglo XVIII. Cortan, doblan, apuntan alfileres sin pausas y con decisión: los gestos están tan medidos y automatizados que parecen una coreografía. En el departamento de restauración están acondicionando unos trajes de 1960: “Aquí no se tira nada. Todo se arregla y todo se guarda, porque cualquier prenda se alquila, se readapta, se ajusta para lo que nos pidan”.

Las prendas están ordenadas por época, desde el periodo romano hasta las creaciones futuristas para las películas de ciencia ficción.

Un ejército de artesanos

“Son más de 50 las personas que trabajan aquí”, explica Humberto Cornejo, tercera generación al frente de la empresa, y padre de Humberto y Paula, cuarta hornada de Cornejos al mando de esta fábrica de historias. “Hay sastres, patronistas, zapateros, sombrereros, especialistas en piel y cuero, bordadoras, y hasta hay un taller en el que se hacen armaduras, yelmos, corazas. Todo se produce aquí y todo se hace de forma artesanal para adaptar cada detalle a las exigencias de la producción”. ¿Ha cambiado mucho el trabajo desde que empezó? “No demasiado, sigue siendo el mismo en su esencia, aunque ya hemos dejado atrás la época de oro de los años 80, cuando las producciones eran más ambiciosas y había más dinero. Basta decir que para realizar el vestuario de Conan el Bárbaro (1982) nos enviaron desde Estados Unidos, por avión, una reproducción en escayola del cuerpo de Schwarzenegger. También el cine nacional era otro: en la actualidad ha perdido un poco de fuelle. Claro, sigue habiendo cosas estupendas. De hecho, este año una película en la que hemos trabajado, Las niñas, está nominada a los Goya. Pero se trata de producciones pequeñas. Ahora una parte importante del facturado llega de las plataformas de streaming: es una señal de los tiempos que cambian, aunque en lo que respecta a nuestro trabajo, apenas hay diferencia”.

Los trabajos en piel son una de la especialidades de la casa, que cuenta también con un taller de zapatería.

Humberto, con casi 70 años, es la memoria histórica de la empresa. En sus talleres ha visto desfilar actores, figurinistas y directores de arte, y nacer personajes que se han convertido en referencia del imaginario popular. Pero tiene un hijo predilecto, y no es, desde luego, el que uno podría esperarse: “La película a la que le tengo más cariño es Vatel, con Gérard Depardieu y Uma Thurman (nominada al Oscar a la mejor dirección artística en el año 2001). El vestuario lo diseñó Franca Squarciapino, una gran amiga y una de las más grandes figurinistas de siempre”.
Humberto, de formación, es ingeniero de caminos. Estaba trabajando en la construcción de una autopista en el norte del país cuando recibió la llamada para ponerse al frente de la sastrería. ¿Lo volvería a hacer? “Claro. Este trabajo me ha permitido conocer de cerca el mundo del arte y del teatro, que es mi pasión. Nosotros no somos artistas, somos más bien artesanos, pero me gusta la idea de formar parte, de alguna manera, de ese mismo mundo”.