OPINIÓN

“Todo va bien”

Mariano Rajoy demuestra un exceso de autocomplacencia y un alejamiento de la realidad muy preocupante. A juzgar por sus palabras, diríase que se considera irremplazable. Y lo mismo cabe decir de sus adversarios y de los líderes secesionistas. Mientras tanto, la confianza entre españoles, lejos de fortalecerse, se deteriora de manera irreversible.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. EFE

Ralph Kauzlarich era el prototipo de militar obediente, con nulo espíritu crítico, que durante décadas fabricó West Point. En 2007, él y el batallón bajo sus mando, fueron destinados a Bagdad. Sobre el papel, se suponía que Kauzlarich iba a Bagdad para proporcionar seguridad en un sector ya pacificado. Su trabajo principal consistiría en coordinar proyectos de reconstrucción proporcionando seguridad y recursos a los líderes locales.

La corrupción local era de tal magnitud que drenaba los recursos proporcionados a Kauzlarich a un ritmo insostenible

Lamentablemente, las cosas resultaron ser muy distintas a lo previsto por Washington. El sector asignado no estaba pacificado. Y las patrullas a menudo terminaban en violentos tiroteos, emboscadas o atentados. En cuanto a la misión de reconstrucción, la corrupción local era de tal magnitud que drenaba los recursos proporcionados a Kauzlarich a un ritmo insostenible. Tenía que sobornar a todo el mundo y, aún así, el material era sustraído sistemáticamente y lo que construían a lo largo de una semana, a la siguiente había sido desmantelado.

No había día en el que no se produjera un sabotaje, un tiroteo, un atentado o las tres cosas simultáneamente. Sin embargo, a pesar de que las emboscadas eran cada vez más cruentas o de que los atentados con artefactos explosivos causaban tremendas carnicerías entre la tropa, para el teniente coronel Kauzlarich “todo iba bien” siempre. Incluso, cuando en Washington ampliaron la permanencia del batallón en ese infierno de 12 a 15 meses, Kauzlarich se mostró públicamente satisfecho y dijo: “más tiempo para ganar”, añadiendo al final el “todo va bien” acostumbrado.

Es de suponer que, a esas alturas, Kauzlarich sospechara que nada iba bien, pero seguramente ya no sabía decir otra cosa

Hasta el último día de despliegue, y para desesperación de sus soldados, Kauzlarich continuó repitiendo “todo va bien”, incluso en los protocolarios funerales de los compañeros muertos o durante las visitas a los mutilados. Es de suponer que, a esas alturas, Kauzlarich sospechara que nada iba bien, pero seguramente ya no sabía decir otra cosa.

El síndrome de Hubris

Es muy probable que Ralph Kauzlarich padeciera el síndrome de Hubris, una afección que acecha a quienes ostentan el poder en el terreno militar, político, empresarial o religioso. “Hubris” tiene su raíz en la palabra griega ‘hybris’, que significa desmesura. Y alude a los actos crueles que cometían los poderosos y que les convertían en seres insensibles, prepotentes e irracionales. En In sickness and in power, David Owen analiza la estabilidad mental de algunos líderes, cuando, según la expresión de Bertrand Russell, el poder les intoxica. Para Owen, el comportamiento “hubrista” se delata en la excesiva confianza, tanto en los políticos como en líderes empresariales o militares, y concurren factores como el aislamiento y la autocomplacencia.

Para desarrollar este síndrome no es condición imprescindible ser incompetente, aunque en no pocas ocasiones se de esta circunstancia, sino creer que uno lo sabe todo y que siempre tendrá la situación controlada

Para desarrollar este síndrome no es condición imprescindible ser incompetente, aunque en no pocas ocasiones se de esta circunstancia, sino creer que uno lo sabe todo y que siempre tendrá la situación controlada. Un líder afectado por el síndrome de Hubris puede tener efectos devastadores sobre la moral del conjunto de la sociedad y minar su confianza de forma irreparable.

Owen pone como ejemplo a George W. Bush, Tony Blair y Margaret Thatcher, por su conducta imprudente, mal juicio, delirio de infalibilidad y cierto entendimiento divino de la responsabilidad política. Y propone soluciones bastante discutibles para mantener a raya los excesos de los políticos afectados por el síndrome de Hubris.

Es probable que a muchos les venga a la cabeza Donald Trump, Marie Le Pen, Geert Wilders o Heinz-Christian Strache como potencialmente “hubristas”

Es probable que a muchos les venga a la cabeza Donald Trump, Marie Le Pen, Geert Wilders o Heinz-Christian Strache como potencialmente “hubristas”. Pero también se podría aplicar perfectamente a otros gobernantes en apariencia mucho más sensatos. Si nos atenemos a los síntomas descritos por Owen, la lista puede ser inquietantemente amplia, y señalar a políticos que a priori parecen equilibrados. Después de todo, el poder tiende a aislar a todos los gobernantes, tengan ideas mejores o peores, convicciones más o menos aceptables.

Por ejemplo, el teniente coronel Ralph Kauzlarich no era originariamente un mal comandante; tampoco insensible o cruel, sino más bien lo contrario. Aún así, terminó sucumbiendo al síndrome de Hubris. Es probable que en su caso la obsesión por cumplir una misión imposible tuviera algo que ver con su progresivo distanciamiento de la realidad. En el caso de otros líderes quizá ocurra algo parecido: que se impongan tareas imposibles de llevar a cabo, como le sucedió a Barack Obama, que al final se mostró alejado de la realidad y con cierta ascendencia divina, como si se considerase a sí mismo un político irrepetible, cuando en realidad fue un presidente del montón, aunque que sus acólitos lo nieguen.

No solo son los políticos los que parecen estar afectados en alguna medida por el síndrome de hubris; muchos prohombres, periodistas y opinadores viven de espaldas a la realidad

En España, también nuestro presidente, Mariano Rajoy, demuestra un exceso de autocomplacencia y un alejamiento de la realidad muy preocupantes. A juzgar por sus palabras, diríase que se considera irremplazable e irrepetible. Y lo mismo cabe decir de sus adversarios y de los líderes secesionistas. Con todo, lo peor es que no solo son los políticos los que parecen estar afectados en alguna medida por el síndrome de hubris; muchos prohombres, periodistas, opinadores y ciudadanos viven de espaldas a la realidad, satisfechos de sí mismos, incapaces de articular la menor crítica cuando se trata de las causas e intereses que a ellos les convienen. Unos y otros, igual que Kauzlarich, repiten incesantemente la misma letanía: “todo va bien”, mientras la confianza entre españoles, lejos de fortalecerse, se deteriora de manera irreversible.


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