OPINIÓN

La crisis política y el drama del periodismo

Hoy, casi una década después del crac político de 2008, los motivos fundamentales que desembocaron en la crisis han vuelto al cajón. Los inanes partidos, con sus perversos sistemas de selección, sus líderes liliputienses, sus patéticas luchas internas y sus cotilleos de salón, copan de nuevo los espacios informativos.

Político rodeado de periodistas.
Político rodeado de periodistas. EFE

Cuando con el estallido de la crisis de 2008 todo pareció tambalearse, los medios de información, especialmente los digitales, parecieron entender el nuevo paradigma. La información convencional, esa que ilustra sobre lo que sucede en el corto plazo, sobre lo inmediato, no bastaba para explicar lo que estaba sucediendo; menos aún para prever el futuro o arrojar alguna luz. Era necesario añadir contenidos más reflexivos. Esa otra información, que podemos denominar “análisis”, no podía ser abordada por el perfil típico del informador centrado en la noticia puntual, en el suceso inmediato Así, durante un tiempo, los nuevos medios, en su afán por ganar influencia, parecieron dar cabida a otro tipo de contenidos de más alcance, más reflexivos e, inevitablemente en muchos casos, políticamente incorrectos, incluso, “antisistema”, en tanto en cuanto ponían en cuestión dogmas hasta entonces inviolables.

La crisis, que aún no ha sido resuelta, difícilmente podía explicarse mediante los actos de un puñado de delincuentes de cuello blanco que actuaban, al parecer, por su cuenta y riesgo

La crisis, que aún no ha sido resuelta, difícilmente podía explicarse mediante los actos de un puñado de delincuentes de cuello blanco que actuaban, al parecer, por su cuenta y riesgo, como los consejeros de las Cajas de Ahorro quebradas, los tesoreros de los partidos que manejaban cuentas en Suiza, los virreyes locales pillados con las manos en la masa, los enjuagues de la realeza o incluso los malos gobernadores del Banco de España que habían hecho lo contrario de lo que era su deber.

El público demandaba explicaciones más consistentes que, por ejemplo, aquella boutade de que la corrupción consistía en casos aislados o que la selección perversa que afloraba detrás de cada protagonista de un grave escándalo era algo aleatorio, circunstancial. Resultaba evidente que no era así. El sentido común y otros sentidos no tan comunes, pero sí racionales, apuntaban a problemas que desbordaban las siempre socorridas e inagotables cabezas de turco.

Había que tener el valor de ir más allá y dar cabida a análisis que no iban a resultar inocuos para el establishment

Había pues que tener el valor de ir más allá y dar cabida a análisis que no iban a resultar inocuos para el establishment, para las instituciones, para las élites, para los partidos políticos o para la propia monárquica. Hacerlo tenía sus riegos, desde luego, pero no hacerlo, no asumir esa tarea, podía acarrear la irrelevancia de los medios y dejar el terreno expedito para que los jugadores de ventaja construyeran su propio relato.

Así, durante un breve espacio de tiempo, otras visiones de más alcance que la información puntual, encontraron su hueco, enriqueciendo y dinamizando el debate y, por así decirlo, transformando la habitual visión de la información de dos dimensiones (inmediata) en otra de tres dimensiones (análisis de fondo). Ya no sólo importaba éste o aquel escándalo, importaban también las razones, los incentivos y, sobre todo, la mecánica perversa que había detrás de ese goteo interminable de malas noticias que, además, se revelaba global.

¿Cómo era posible que súbitamente tuviéramos ante nuestros ojos un panorama desolador, como si de un día para otro una gigantesca ola nos hubiera barrido? Esta era la gran pregunta que no podía ser respondida limitando los contenidos a un puñado de nombres propios, al mal hacer particular o a presuntos delitos individuales. Y los medios, mal que bien, parecieron dispuestos a colaborar en la resolución del enigma. Durante un tiempo recogieron el guante, se abrieron a nuevas formas de información, renunciando en alguna medida al secular control editorial, donde el fulanismo eran la norma; es decir, donde, llegado el caso, se podía poner de vuelta y media a un personaje pero no al sistema.

Crear contenidos a la carta, primar unas informaciones respeto a otras, dar salida a unas noticias mientras se dejaban a la espera de acontecimientos las incómodas, era el Santo Grial de la influencia

Sin embargo, abrir esa ventana de oportunidad siempre generó inquietud. Al fin y al cabo, crear contenidos a la carta, primar unas informaciones respeto a otras, dar salida a unas noticias mientras se dejaban a la espera de acontecimientos las incómodas, era el Santo Grial de la influencia, el camino más directo para incrementar la capacidad de negociación en un entorno de acceso restringido, donde el poder político y económico tenían la última palabra.

Además, la duración de la crisis fue reduciendo el pastel publicitario de forma dramática, tanto el privado como el de las administraciones. También limitó el volumen de subvenciones, directas e indirectas, formales o informales, que constituían una forma de pago discrecional. Lo que terminó colocando a los medios de información en una difícil disyuntiva: buscar por su cuenta y riesgo un modelo de negocio incierto dentro de una economía tomada, desafiando así las reglas no escritas, o asegurarse la supervivencia en el corto plazo contemporizando con el poder. Obviamente, la segunda opción era la más fácil. Además, la primera demandaba una visión global del negocio que los usos y costumbres del gremio hacían imposible.

El viejo statu quo, lejos de continuar tambaleándose, fue recuperando el equilibrio, hasta que el centro de gravedad volvió a estar donde solía

Así, el viejo statu quo, lejos de continuar tambaleándose, fue recuperando el equilibrio, hasta que el centro de gravedad volvió a estar donde solía, aunque de manera más precaria que antes de 2008. Periodistas y políticos, si prisa pero sin pausa, reconstruyeron el viejo consenso. Y el control editorial se restableció sin dejar resquicio. Quedó, eso sí, la pátina de modernidad que la revolución tecnológica, el progresismo transnacional y la globalización habían impuesto. Pero más allá de estos matices, los contenidos volvieron a ceñirse a los personajes, a los nombres propios, a los hechos puntuales. Y los nuevos ejes de comunicación, más que desaparecer, mutaron a otros de carácter “social” que el statu quo sí toleraba, incluso, animaba porque servían para generar la ficción de normalidad, de modernidad y avance.

Hoy, en 2017, casi una década después del crac político de 2008, los motivos fundamentales que desembocaron en la crisis han vuelto al cajón. Los inanes partidos, con sus perversos sistemas de selección, sus líderes liliputienses, sus estrechos intereses particulares, sus patéticas luchas internas y sus cotilleos de salón, copan de nuevo los espacios informativos. Es verdad que no faltan los titulares que aluden a la inestabilidad política, el precario Estado de bienestar, la maltrecha cohesión social, la comprometida unidad territorial y la cargante igualdad, pero siempre relacionándolos con nombres propios, como si el problema fueran los personajes, no las ineficiencias de fondo. De esta forma, se dinamiza el voto en periodo electoral y se mantiene otros cuatro años la impostura. En realidad, el ciudadano está pésimamente informado porque por lo general se entera de lo que se dirimía entre bambalinas cuando ya es un hecho consumado.

Cuando no existe una sociedad abierta, no solo las reglas del mercado se pervierten, también las de la información se dan la vuelta

Hoy, para cualquier persona inquieta no puede haber nada más tedioso y deprimente que el tono informativo general. La gran mayoría de las noticias parecen estar hechas para el consumo interno de los partidos y también para asegurar en su entorno la influencia de los medios. Es fácil de entender: cuando no existe una sociedad abierta, no solo las reglas del mercado se pervierten, también las de la información se dan la vuelta. Y un medio de comunicación será tanto o más influyente, no en la medida en que ilustre al gran público, sino en función de su capacidad de distracción. Ese y no otro es, a mi modesto entender, el drama de un periodismo que no encuentra ni su modelo de negocio ni su lugar después de 10 años de crisis.


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