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El amor según Unidos Podemos

“Todo es de todos”, este es el grito de amor de quienes poco a poco están tomando las instituciones, empezando por los ayuntamientos de las principales ciudades españolas. Es la comunidad, afirman, la que en última instancia debe decidir la titularidad de toda propiedad, de toda riqueza… de todo derecho. Primero, como es lógico, señalan la riqueza más ostentosa, la que se percibe como ilícita. Después, cualquier otra, por modesta que sea, se verá sometida a esta máxima. El bien común manda. ¿Tiene usted un apartamento en la costa, una casita en el campo, dos coches o una parcela donde planta boniatos como entretenimiento? Veremos hasta cuándo. Porque, según dicen sus más aventajados adalides, “la propiedad privada debería orientarse siempre a la protección de los comunes porque toda propiedad es pública en la medida en la que el poder último de decisión sobre la titularidad de un bien pertenece a la comunidad”. Así de simple, así de claro. No es seguidismo a la estrategia del miedo lo que expreso en estas líneas, simplemente copio y pego.

Cuando el fin es el amor fraternal, cualquier medio está justificado, lo que convierte al Estado de Derecho en un artefacto odioso

Es evidente que el “todo es de todos” no admite líneas rojas. Cuando el fin es el amor fraternal, cualquier medio está justificado, lo que convierte el Estado de Derecho en un artefacto odioso. Entonces, se deja sólo en Estado, sin Derecho. No se trata de colocar a “la gente” al margen de la ley. Su amor es más sutil que eso. El quid está en situar la ley al margen de “la gente”. Si la ley es tenida por injusta, contraria a los sentimientos, violentarla no sólo deja de ser delito sino que se convierte en el deber de todo aquel que ame al prójimo.

Este es el amor que prometen los aspirantes a nomenklatura, con el grafismo de un corazón bien grande, para que no haya dudas. Al principio, fue el “derecho a la ciudad”. Lo propagaron en los barrios, después en los distritos y, finalmente, en los consistorios. Tomadas las ciudades, no han sido devueltas a la gente sino que se han convertido en cabeza de puente para el siguiente asalto. Desde ellas se financia la “nueva política”. Por ejemplo, en Ahora Madrid han echado mano de 500 millones de euros del remanente presupuestario del ayuntamiento madrileño para proclamar el amor a los cuatro vientos, con políticas que dicen sociales, donde tanto vale gastar 200.000 euros en el sistema de riego por goteo de una plaza, como convertir en funcionarios vitalicios a quienes sólo eran empleados municipales. Y es que el clientelismo debe ser capilar, y no como se ha practicado hasta la fecha. El amor también es eso.

Ir de lo local y cercano a lo más inaccesible, de tomar el Patio Maravillas a tomar el Estado, no es imposible: tiene su lógica. Cuando el cuerpo institucional ha estado décadas al albur de la discrecionalidad de partidos sin principios, los anticuerpos desaparecen y la infección progresa de forma inexorable. Lo hará aún más velozmente si los destartalados guardianes del viejo statu quo utilizan la infección para para controlar de forma indirecta a sus rivales, jugando a modular la enfermedad en función de sus propios intereses.

Tomar no ya un local sino asediar un barrio ha dejado de ser burdo vandalismo para convertirse en expresión de amor fraterno

Sea como fuere, el derecho a la ciudad, el derecho a decidir, el derecho a expropiar se van convirtiendo, de facto, en nuevas leyes. Por el momento, el proceso ya se ha consumado en diferentes ciudades, entre ellas, las más importantes, porque son las más abiertas y, por tanto, las más vulnerables al contagio. Además, tienen presupuestos mucho más interesantes. En Madrid progresa adecuadamente, pero Barcelona es el paradigma. Allí, tomar no ya un local sino asediar un barrio ha dejado de ser burdo vandalismo para convertirse en expresión de amor fraterno. Y no hay quien ponga orden porque las alcahuetas están dentro de las instituciones. Agredir en plena calle a quien promociona a la Selección Española de Fútbol o apedrear la sede de organizaciones disidentes no es violencia sino los corazones latiendo alocadamente. Es decir, que a dos mujeres las pateen en plena calle no es una vil agresión, sino fruto del amor a raudales. Si acaso, se reprende a los amantes por el exceso de pasión que imbuyen a sus actos, no porque amen. Si los corruptos, los que roban y malversan el dinero público campan por sus respetos, castigar a quienes sienten de forma desmedida –argumentan– sería el colmo de los colmos.

A propósito del amor escribía Dante: "He aquí un Dios, más fuerte que yo, que viniendo me dominará”. Hoy, Pablo Iglesias exclama en Twitter que “con […] el corazón como bandera, salimos a ganar este 26J”. Y usted que lo vea con los ojos de madera. De cara a lo que vendrá después de estas nuevas elecciones generales, solo queda dar las gracias a todos los que han hecho posible que el amor nos inunde hasta el punto que pensemos con la entraña y no con la cabeza. Muy especialmente a los integrantes del establishment, porque sin su colaboración no habría sido posible. Por el momento, mal que les pese a los estrategas del PP, el miedo sigue siendo libre. Es el exceso de amor lo que empieza a resultar agobiante.


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