Game Over

Rajoy el Terrible

Ver a Mariano Rajoy dando saltos en el balcón de Génova 13 la madrugada del domingo al lunes es, quizá, el colofón más cruel que cualquier sociedad medianamente diga puede imaginar. Y no lo digo por compasión, y mucho menos empatía hacia quienes pensaban que aderezar el destartalado comunismo con una sonrisa y el grafismo de un corazoncito podría llevarles a la victoria, porque sí, porque la gente se lo traga todo. Los populistas se han llevado el disgusto que se merecen por haber superado el nivel de alienación intelectual al que desde hace mucho tiempo nos someten los viejos partidos. No, mi compasión es hacia esa minoría ninguneada, pisoteada, señalada, maltratada, insultada y vejada por unos y por otros. Ese grupo cada vez más testimonial que cree en la libertad y en la responsabilidad, que sueña con una España mejor, limpia, honrada, próspera donde algún día se pueda votar “a favor de” y no “en contra de”, donde ser decente sea un valor a salvo de la inexorable regla del mal menor, del plato de garbanzos, del miedo o de cualquier otro vil pretexto.

Terrible también el discurso de un Rajoy que abiertamente reconocía que antes que España está el PP

Terrible también el discurso de un Rajoy que abiertamente reconocía que antes que España está el PP, esa organización dizque partido político a la que se debe en cuerpo y alma y en la que lleva incrustado más de tres décadas, porque ya de jovencito se alistó dispuesto a medrar, apadrinado como es debido, con su oposición de registrador y su canesú. Para quienes ya han olvidado cómo Mariano no tuvo el menor reparo en dejarnos colgados del precipicio para dar prioridad a las elecciones andaluzas en las que se la jugaba el PP de Arenas, ayer lo dijo alto y claro: el PP es España. Nada fuera del partido, todo dentro del partido. Uno para todos y todos para mí. Incluso, aprovechó para dar las gracias a sus leales servidores, por haber aguantado hasta el final, es decir, por haber mantenido sus posaderas en el sillón con la misma determinación que él mantiene las suyas en el suyo, para ir de victoria en victoria hasta la fosilización final; la suya y la nuestra, porque somos uno. Un discurso a la altura de una polarización tan insufrible como rentable, que podría haber causado daños irreparables a esa inteligencia media que, desde su influyente posición, se ha dejado la garganta dando alaridos de alarma. Eso es hacer méritos y lo demás tontería. 

Este 26J hemos tenido que elegir entre el poli bueno y el poli malo, y lo hemos hecho, además, bajo el síndrome de Serpico

La buena noticia, que ayer muchos celebraban, era haber podido parar el avance de un populismo… que el propio PP ha contribuido a exacerbar, por acción y por omisión. La mala, que la transformación de España desaparece del horizonte definitivamente. Ya sabe, querido lector, primero las lentejas y después los principios, porque gobernar, según Mariano, es sobre todo lentejas. Los principios si acaso alimentan a los idiotas, a los temerarios, a los cenizos, a los fracasados que no han llegado siquiera a concejales, en definitiva, a todos los que no tienen ni la más remota idea de lo dificilísimo que es gobernar. Él, en cambio, lo sabe muy bien. Por eso quiere seguir hasta el infinito y más allá. El partido bien lo merece. Y si al PP le va bien, si a Mariano le va bien, a nosotros también. No hay más.

No vamos a discutir si parar en seco la progresión del populismo ha valido la pena. Tampoco nos vamos a poner exquisitos y debatir si es peor morir que perder la vida. La cuestión es si salir del Rajoy para entrar en Rajoyón es el salto cualitativo que este desdichado país necesita. Soy de los que piensa que no, en absoluto. Sin embargo, hay que reconocer que la estrategia ha funcionado, aunque aún está por ver si tendremos gobierno. Este 26J hemos tenido que elegir entre el poli bueno y el poli malo, y lo hemos hecho, además, bajo el síndrome de Serpico, ese que nos hace desconfiar del honrado, porque al fin y al cabo todos somos en alguna medida corruptos. O, al menos, eso nos dicen con la altanería del cacique en cuanto nos ponemos exquisitos. Así que pelillos a la mar y vuelta a las lentejas.

Claro que estrategias tan simples, tan burdas, tan evidentes sólo pueden funcionar en sociedades que hace tiempo han asumido lo anormal como normal, donde tanto las nuevas generaciones como las viejas han llegado a interiorizar que el Gobierno, es decir, la administración de la cosa, lo es todo. Y que el que se mueve no sale en la foto. Sociedades, en definitiva, en las que discurrir por los vericuetos del sistema vale su peso en oro y donde el peor pecado que se puede cometer es decir que no, que no tiene por qué ser así, que ahí fuera las cosas son un tanto distintas.

Aquí quien no es medio socialista es socialista y medio. Y lo que es peor, perdonavidas

De hecho, que Rajoy terminara dando saltos en el balcón y sacando pecho es porque quienes pudieron decir alto y claro que España puede y debe ser mucho mejor, lo han hecho cada vez con la boca más pequeña, hasta terminar mudos, plegándose por completo a lo políticamente correcto y confundiéndose con el paisaje. Quizá en parte haya sido por miedo, pero quizá también porque el mercado es el que es. Y aquí quien no es medio socialista es socialista y medio. Y para colmo, perdonavidas. No hay más que levantar la mirada del suelo para verlo. Sea como fuere, quienes podían no han tenido el valor de mantener el discurso de enmienda a la totalidad que era imprescindible y, al hacerlo, han renunciado a la única arma con la que tomar la iniciativa y sin la cual la polarización era mortal de necesidad. Y han pagado el precio de su cobardía.

Visto lo visto, no ya neutralizar al populismo sino también evitar que un personaje como Rajoy, a pesar de todas sus traiciones, termine vanagloriándose, requiere un valor inusual por estos pagos. Y también, de una constancia no apta para blanditos. La buena noticia es que aún hay muchos españoles que, pese a todo, se han resistido tanto al bipartidismo como al populismo. La mala, que todavía no hay quien los lidere. Y mucho menos quien genere las expectativas para multiplicarlos. En cualquier caso, la esperanza es lo último que se pierde. Nada dura eternamente.


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