OPINIÓN

El PSOE de Pedro Sánchez y el triunfo del infantilismo

Más allá del relato de la traición a la militancia socialista, lo que ha galvanizado la victoria de Sánchez ha sido su exacerbación del infantilismo. Es decir, su triunfo no es el de la democracia sentimental sino el del infantilismo.

El PSOE de Pedro Sánchez y el triunfo del infantilismo.
El PSOE de Pedro Sánchez y el triunfo del infantilismo. EFE

Explicaba acertadamente Manuel Arias, en su artículo “Tótem y tabú”, que sin una historia capaz de galvanizar al público, nadie puede conseguir votos suficientes. Y que ese es precisamente el as que guardaba en la manga Pedro Sánchez y que no tenía Susana Díaz: “una narrativa capaz de dar un sentido a la trayectoria de su partido”.

Así, como continúa explicando Manuel Arias, lo que ha hecho Sánchez es “invocar un tótem capaz de unificar a la tribu y denunciar la violación del tabú por parte de sus rivales internos”. El tótem sería pues la identidad ideológica de la izquierda. Y el tabú, cualquier entendimiento con la derecha y, en su defecto, con todo indicio de liberalismo.

Lo que estigmatiza al Partido Popular no es ser la derecha sino la pesada losa de la corrupción y también su perfil de partido orgánico

Sin embargo, hay que matizar que lo que estigmatiza al Partido Popular no es ser la derecha sino la pesada losa de la corrupción y también su perfil de partido orgánico que, con unos cuadros integrados por numerosos funcionarios, controla las instituciones a capricho.

En realidad, para muchos votantes conservadores, el PP de Rajoy no defiende sus valores sino que contantemente los traiciona. En cuanto a los liberales, el Partido Popular ha devenido en una organización tan estatista y enemiga de la sociedad abierta como pueda serlo el Partido Socialista. En definitiva, el PP no es un partido conservador, de derechas, mucho menos liberal, sino una organización cuyo fin es ella misma, un aparato de poder tan imbricado en las instituciones que, en la práctica, es difícil separar uno de otro.

De hecho, mientras la izquierda tiene varios padres, los votantes conservadores y liberales están huérfanos. Los que votan al PP no lo hacen por convicción sino para evitar que gobierne la izquierda. En cuanto a los incondicionales; es decir, el suelo del PP, lo constituye un voto clientelar sin ideología, que simplemente prefiere mantener el actual equilibrio porque consideran que les reporta algún beneficio.

Más allá del relato de la traición a la militancia socialista, lo que ha galvanizado la victoria de Sánchez ha sido su exacerbación del infantilismo

Sin embargo, el hecho de que el PP tenga muy poco que ver con un partido conservador clásico, y mucho menos con uno de corte liberal, no ha sido obstáculo para que Pedro Sánchez acusara con éxito a sus rivales de cooperar con una derecha que en realidad no existe. Por lo tanto, más allá del relato de la traición a la militancia socialista, lo que ha galvanizado la victoria de Sánchez ha sido su exacerbación del infantilismo. Es decir, su triunfo no es el de la democracia sentimental sino el del infantilismo.

Sucede que desde los baby boomers, pasando por la Generación X hasta llegar a los Millenials, el infantilismo de las sociedades desarrolladas ha sido una constante. Estas tres generaciones han crecido al calor de una sobreprotección creciente. De hecho, se ha dado la circunstancia de que al mismo tiempo que el entorno social se volvía cada vez más seguro, la sensación de peligro iba en aumento. Y tanto familias como instituciones, en su búsqueda de la seguridad absoluta, han impedido que los individuos desarrollaran habilidades sociales esenciales, hasta volverlos incapaces de resolver por sí mismos los más simples conflictos, menos aún de aceptar que el fracaso y el sufrimiento forman parte del aprendizaje.

El resultado es una sociedad inmadura que ha hecho de “justicia social” su bandera, que lamenta el esfuerzo e incentiva el victimismo, que reniega del héroe y ve con simpatía al pusilánime. Con todo, lo peor es que una sociedad que por todas partes ve ofensas e injusticias, que para resolver el conflicto más trivial necesita la intervención de las instituciones, es lo opuesto a esa Gran Sociedad que vislumbraba Hayek, porque renuncia a su espacio y dota al Estado de una capacidad coercitiva sin límites.

La socialdemocracia no colapsó por no ser suficientemente de izquierdas, sino porque era imposible compatibilizar la realidad con los deseos de unos votantes inmaduros

En una sociedad extremadamente dependiente, los políticos carecen de incentivos para hacer lo correcto. Muy al contrario, fomentarán el infantilismo para expandir aún más sus atribuciones, retroalimentando de esta manera el círculo vicioso. De hecho, así han transcurrido los últimos 60 años, con algún que otro pequeño paréntesis, hasta que el shock de la Gran Depresión hizo saltar por los aires un consenso imposible. En realidad, la socialdemocracia no colapsó por no ser suficientemente de izquierdas, sino porque era imposible compatibilizar la realidad con los deseos de unos votantes inmaduros.

Desgraciadamente, tres generaciones sucesivas fomentando el infantilismo y la dependencia son muchas. Así que en vez de aprovechar la crisis para revertir la situación, los partidos, celosos de conservar los mecanismos de poder que el Estado proporciona, han optado por seguir maniobrando dentro de los estrechos márgenes del infantilismo, estableciendo a lo sumo diferentes gradaciones. Así, mientras unos proponen hacer leves ajustes para parchear la maltrecha socialdemocracia, otros ven en la exacerbación del infantilismo el as en la manga con el que ganar la partida.

Pedro Sánchez es de estos últimos.


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